Homilía Domingo Segundo de adviento/A

Domingo Segundo de adviento/A

“Conviértanse, porque está cerca el reino de los cielos” (Mt 3, 1-2).

“Conviértanse, porque está cerca el reino de los cielos” (Mt 3, 1-2).

        “Conviértanse, porque está cerca el reino de los cielos” (Mt 3, 1-2).

La semana pasada Dios al inicio del Adviento nos invitaba a despertar y caminar. Hoy nos invita a convertirnos: “Conviértanse, porque está cerca el Reino de los cielos”. Esta conversión nos exige echar fuera el pecado y trabajar en la santidad de vida, teniendo en nosotros los mismos sentimientos de Cristo Jesús (segunda lectura). ¿Qué tengo que convertir a Dios en este Adviento: mi mente mundana, mi corazón desestabilizado, mi voluntad rebelde?

Hoy, segundo domingo de Adviento, se nos presenta la figura austera del Precursor, su misión fue la de preparar y allanar el sendero al Mesías, exhortando al pueblo de Israel a arrepentirse de sus pecados y corregir toda injusticia. Con palabras exigentes, decía: “El árbol que no da fruto será talado y echado al fuego” (Mt 3, 10). Sobre todo ponía en guardia contra la hipocresía de quien se sentía seguro por el mero hecho de pertenecer al pueblo elegido: ante Dios -decía- nadie tiene títulos para enorgullecerse, sino que debe dar “frutos dignos de conversión” (Mt 3, 8).

Por su parte, Jesús nos enseña que para entrar al Reino de Dios, supone un cambio, un arrepentimiento. La conversión es un cambio radical de actitud y conducta. San Gregorio Magno comenta que el Bautista “predica la recta fe y las obras buenas… para que la fuerza de la gracia penetre, la luz de la verdad resplandezca, los caminos hacia Dios se enderecen y nazcan en el corazón pensamientos honestos tras la escucha de la Palabra que guía hacia el bien” (Hom. in Evangelia, XX, 3: CCL 141, 155). 

Al proclamar Juan “Conviértanse, llama a cambiar de vida, porque ya estaba muy cerca Jesús, y hoy es para nosotros la misma necesidad: transformar nuestras vidas, volvernos a Dios, porque Él se ha vuelto  a los hombres. Y nos pide también hoy “Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos”, ¿Cómo?, con el arrepentimiento. El arrepentirse requiere transformación y exige un cambio de actitud, además es una experiencia necesaria para llegar a conocer a Cristo; en otras palabras, quien no se arrepiente, por mucho que intente conocerle, no lo podrá conocer ni podrá ir al Reino de los Cielos.

La Conversión comienza desde el momento en que se acepta en de corazón, desde la fe, a Jesucristo resucitado. Cuando se ha aceptado la persona de Jesús y su mensaje y fiarse totalmente de Él: decidirse a no volver a escuchar las voces de tantos ídolos que le gritan: “Fíate de mí”. La fe, en cuanto asociada a la conversión, es lo opuesto a la idolatría; es separación de los ídolos para volver al Dios vivo, mediante un encuentro personal. Creer significa confiarse a un amor misericordioso, que siempre acoge y perdona, que sostiene y orienta la existencia, que se manifiesta poderoso en su capacidad de enderezar lo torcido de nuestra vida. La fe consiste en la disponibilidad para dejarse transformar una y otra vez por la Palabra de Dios. He aquí la paradoja: en el continuo volverse al Señor, el hombre encuentra un camino seguro, que lo libera de la dispersión a que le someten los ídolos (LF 13).

Así se ve claro el sentido de la acción que se realizó en nosotros el día de nuestro bautismo, “la inmersión en el agua: el agua es símbolo de muerte, que nos invita a pasar por la conversión del ‘yo’, para que pueda abrirse a un ‘Yo’ más grande; y a la vez es símbolo de vida, del seno del que renacemos para seguir a Cristo en su nueva existencia. De este modo, mediante la inmersión en el agua, el bautismo nos habla de la estructura encarnada de la fe. La acción de Cristo nos toca en nuestra realidad personal, transformándonos radicalmente, haciéndonos hijos adoptivos de Dios, partícipes de su naturaleza divina; modifica así todas nuestras relaciones, nuestra forma de estar en el mundo y en el cosmos, abriéndolas a su misma vida de comunión” (LF 42).

 “Conviértanse, porque está cerca el reino de los cielos” (Mt 3, 1-2), es decir volvamos a nuestra dignidad de hijos de Dios, y en este adviento ponernos en marcha para transformar nuestra existencia en Cristo. Esta ha de ser la respuesta inicial de quien ha escuchado al Señor con admiración, cree en Él por la acción del Espíritu, se decide a ser su amigo e ir tras de Él, cambiando su forma de pensar y de vivir, aceptando la cruz de Cristo, consciente de que morir al pecado es alcanzar la vida. En el   Bautismo y en el sacramento de la Reconciliación, se actualiza para nosotros la redención de Cristo.

Por tanto, la conversión es el punto central del Evangelio. La síntesis de la predicación de Jesús es la conversión y el anuncio del Reino de Dios, el reconocimiento de nuestro mal comportamiento o conducta desordenada y el arrepentimiento de nuestros pecados, es el primer paso para la conversión. Esto es necesario e indispensable, para llegar a la santidad, con la que hemos de llegar a la Navidad. Este es el modo de vivir la Navidad, lo contrario se llama mundanidad. La ‘voz’ del gran profeta nos pide que preparemos el camino del Señor que viene a salvarnos.

Desde el corazón de María queramos una auténtica conversión del corazón: Señor Jesús, Hijo del Dios vivo, ten compasión de mí que soy pecador! ¡Sálvame, Jesús! Libérame, Señor, de todo yugo de Satanás en mi vida. Libérame, Jesús, de todo vicio y de todo dominio del mal en mi mente. Yo te pido, Señor, que esa vieja naturaleza mía, vendida al pecado, sea crucificada en tu cruz. ¡Lávame con tu Sangre, purifícame, libérame, Señor!

 

Homilía Domingo Primero de adviento/A

CICLO A

Domingo Primero adviento/A

Estar en “vigilia (Mt 24, 37-44)

Adviento, tiempo de esperanza

              Adviento, tiempo de esperanza

Comenzamos hoy una nueva etapa en nuestro caminar, un nuevo año litúrgico, con el Tiempo del ADVIENTO (o tiempo de la “venida” del Señor)… ¡Este es el tiempo de la esperanza! Estar atentos a la dulce expectativa de quien espera la llegada imprevista del ser amado, aquél que llega para colmar nuestros deseos más profundos, aquél de quien nuestra vida necesita.

¡Despertemos! “¡Velen!”, “¡Estén despiertos!” (Mt 24,42), es la nota aguda del anuncio de Jesús en el evangelio de hoy, que es la actitud que hemos de tener ante la venida gloriosa de Jesús al fin del mundo, que es la última de sus cuatro venidas, pero también puede referirse a su venida al fin de la vida de cada uno.

La primera fue su nacimiento en Belén, donde comenzó la redención de la humanidad, con la que nos ha hecho posible el camino hacia la eternidad gloriosa.

Las otras dos venidas de Jesús resucitado marcan nuestra existencia: su venida diaria a nuestra vida, si lo acogemos: “Estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20); y su venida final de nuestra existencia terrena: “Voy a prepararles un puesto… y vendré a buscarlos para que donde yo estoy, estén también ustedes(Jn 14, 2-3).

En realidad, hoy el sentido profundo del Adviento consiste en centrar nuestro gozoso esfuerzo en acoger a Cristo resucitado en su continua venida a nuestra vida de cada día, para que él nos acoja en su venida al final de los tiempos.

Invitemos en serio a Jesús para que venga: “¡Ven, Señor Jesús”!, pues Él nos invita a acogerlo: “Estoy a la puerta llamando: quien me abra, me tendrá consigo a la mesa” (Ap 3, 20). “Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, que yo lo aliviaré” (Mt 11, 28-30). Se trata de una venida y un encuentro mutuo.

Jesús compara a los hombres de su tiempo – y los de hoy- a los paisanos de Noé, que pasaron de improviso de la seguridad y del disfrute pervertido a la destrucción total. La vigilia que nos corresponde es una vigilia llena de esperanza, no de temores y angustias, no de desesperación y desconcierto; sino la vigilia de la laboriosidad como Noé en su tiempo; la vigilia de la fortaleza de ánimo en medio de las dificultades del mundo. El verdadero peligro no se encuentra en las dificultades y tentaciones de este mundo, sino en el vivir como si el Señor no hubiese de venir, como si la eternidad fuese un sueño.

Es necesario vivir en vigilancia y en preparación permanente para lograr, con la muerte y la resurrección, el éxito de la vida terrena: alcanzar la vida eterna. Por eso la “vigilancia” está estrechamente conectada con el “estar preparados”. Quien está preparado vive en paz con Dios, con todos y consigo mismo, con la lámpara de la fe encendida durante la noche. ¿Cuál es el acontecimiento para el cual hay que prepararse? El acontecimiento que no nos debe encontrar impreparados es el retorno de Cristo.

Hay que decidirse en serio a llevar una vida coherente como hijos de Dios, en medio de la superficialidad y perversidad de la sociedad de hoy, que imita a la insensata generación del diluvio. ¿En qué consiste esa preparación?  Las Lecturas de este Primer Domingo del Año Litúrgico nos lo indican: “Caminemos en la luz del Señor”, nos dice el Profeta Isaías. ”Desechemos las obras de las tinieblas y revistámonos con las armas de la luz… Nada de borracheras, lujurias, desenfrenos; nada de pleitos y envidias.  Revístanse más bien de nuestro Señor Jesucristo (Rm. 13, 11-14).

El modelo de esta actitud espiritual, de este modo de ser y de caminar por el camino es la Virgen María. Una sencilla joven de pueblo, que lleva en su corazón toda la esperanza de Dios. En su vientre, la esperanza de Dios ha tomado carne, se ha hecho hombre, se ha hecho historia: Jesucristo. Su Magníficat es el cántico del pueblo de Dios en camino, y de todos los hombres y mujeres que esperan en Dios, en la potencia de su misericordia.

Dejémonos guiar por Ella que es madre, que es mamá y sabe cómo guiarnos, dejémonos guiar por Ella en este tiempo de espera y de vigilancia”.

 

HOMILÍA Solemnidad de Cristo como Rey del Universo

Solemnidad de Cristo Rey del Universo

“Jesús es el Señor”

“Jesús es el Señor”

                            “Jesús es el Señor”

Hoy celebramos la Solemnidad de Cristo Rey. Así cerramos no sólo el año de la Misericordia, sino también el año litúrgico. El próximo domingo comenzamos el Adviento del ciclo A, preparación a la Navidad. La palabra de Dios nos habla del Reino de Dios, del Reino de Jesucristo. En el Evangelio (Lc. 23, 35-43), vemos el bellísimo y conmovedor relato del “buen ladrón”, crucificado al lado del Señor: cuando estés en tu reino, acuérdate de mí… hoy estará conmigo en el Paraíso. En la Segunda Lectura (Col. 1, 12-20), San Pablo nos brinda un himno bellísimo de alabanza al poder de Cristo Rey. 

El pasaje evangélico es el de la muerte de Cristo, porque es en ese momento cuando Cristo empieza a reinar en el mundo. La cruz es el trono de este rey. “Había encima de él una inscripción: “Este es el Rey de los judíos”. Aquello que en las intenciones de los enemigos debía ser la justificación de su condena, era, a los ojos del Padre celestial, la proclamación de su soberanía universal.

Pero, ¿en qué consiste el “poder” de Jesucristo Rey? No es el poder de los reyes y de los grandes de este mundo; es el poder divino de dar la vida eterna, de librar del mal, de vencer el dominio de la muerte. Es el poder del Amor, que sabe sacar el bien del mal, ablandar un corazón endurecido, llevar la paz al conflicto más violento, encender la esperanza en la oscuridad más densa. Este Reino de la gracia nunca se impone y siempre respeta nuestra libertad. Cristo vino “para dar testimonio de la verdad” (Jn 18, 37) —como declaró ante Pilato—: quien acoge su testimonio se pone bajo su ‘bandera’, según la imagen que gustaba a san Ignacio de Loyola.

Por lo tanto, es necesario —esto sí— que cada conciencia elija: ¿a quién quiero seguir? ¿A Dios o al maligno? ¿La verdad o la mentira? Elegir a Cristo no garantiza el éxito según los criterios del mundo, pero asegura la paz y la alegría que sólo él puede dar. Lo demuestra, en todas las épocas, la experiencia de muchos hombres y mujeres que, en nombre de Cristo, en nombre de la verdad y de la justicia, han sabido oponerse a los halagos de los poderes terrenos con sus diversas máscaras, hasta sellar su fidelidad con el martirio. Por esto, “El reino de Dios es Dios mismo que se hace presente en medio de nosotros y reina por medio de nosotros”. (Benedicto XVI)

Cada uno de nosotros debemos esforzarnos personalmente por ser súbditos de Cristo Rey con la mayor perfección posible de mente, voluntad y corazón, porque fuimos comprados al precio de su preciosísima Sangre. Cristo es Rey del hogar y de la sociedad. Jesús nos pide creer en Él, poner en Él nuestra esperanza y amarle de todo corazón; siguiendo el ejemplo del buen ladrón: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”. Este hombre ha creído en Jesús como Rey, a pesar de que le está viendo en un momento de mínima credibilidad, a punto de morir, como él, ajusticiado en la cruz. Allí mismo está también la Madre, María, y unos pocos discípulos. Pero lo sorprendente es que el ladrón exprese así su fe. Por lo que escucha la respuesta que quisiéramos todos escuchar un día: “Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso”. Él nos ha dicho “El que cree al Hijo tiene la vida eterna” (Jn 3, 35-36).

Por tanto, el interrogante importante que hay que hacernos en la solemnidad de Cristo Rey no es si reina o no en el mundo, sino si reina o no dentro de mí con más intensidad en el fin de este Año de la Misericordia; no si su realeza está reconocida por los Estados y por los gobiernos, sino si es reconocida y vivida por mí. ¿Cristo es Rey y Señor de mi vida? ¿Quién reina dentro de mí, quién fija los objetivos y establece las prioridades: Cristo o algún otro?

Cristo demuestra su amor a través de su cercanía, pues nunca nos abandona aunque pequemos; demuestra su misericordia porque vino a salvar a los pecadores y sanar a los enfermos; y demuestra su servicio porque Él mismo nos dijo que vino a servir y no a ser servido. Nosotros también estamos invitados a ser reyes del amor, del servicio y de la misericordia. Conviene, pues que Él reine en nuestro corazón: su reinado es eterno y universal, es un reinado de verdad y de vida, de santidad y de gracia, de justicia, de amor y de paz.

La promesa de Jesús al buen ladrón nos da una gran esperanza: nos dice que la gracia de Dios es siempre más abundante que la plegaria que la ha pedido. El Señor siempre da  más, es muy generoso, da siempre más de lo que nos pide: pidámosle que se acuerde de nosotros y nos lleva a su Reino.

Que Santa María Reina nos enseñe a acoger al Rey de la Gloria, en nuestro corazón.

 

Homilía Domingo XXXIII del tiempo ordinario

Domingo XXXIII del tiempo ordinario/C

La Segunda Venida de Cristo

...el Fin de los Tiempos, la Segunda Venida de Cristo.

…el Fin de los Tiempos, la Segunda Venida de Cristo.

Estamos terminando el año litúrgico y el jubileo de la misericordia, y no es extraño que los textos de la misa de hoy nos hagan mirar al futuro de la humanidad y del nuestro: Recordemos que las Lecturas del Domingo pasado nos hablaban de nuestra resurrección, haciéndonos reflexionar sobre lo que nos espera después de esta vida terrena; y las de hoy continúan esa línea y nos hablan del Fin de los Tiempos, la Segunda Venida de Cristo.

El Fin de los Tiempos es el momento de la resurrección de los muertos, de la Segunda Venida de Cristo y del Juicio Final: “Cuando se dé la señal por la voz del Arcángel, el propio Señor bajará del Cielo, al son de la trompeta divina. Los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar” (1Ts. 4, 16). Y continúa San Pablo: “Después nosotros, los vivos, los que todavía estemos, nos reuniremos con ellos llevados en las nubes al encuentro del Señor, allá arriba. Y para siempre estaremos en el Señor” (1Ts. 4, 17). (cf. CEC 1001).

La Segunda Venida de Jesús se llevará a cabo mientras la gente está ocupada con los acontecimientos de la vida diaria: de comer, beber, casarse, comprar, vender, sembrar, construir. Los que estén unidos a Dios con una vida de justicia y santidad participarán en esta definitiva etapa de la Iglesia y del mundo, también llamada la Jerusalén celestial, en la cual “no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado” (Ap 21, 4).

Por esto, hoy Jesús nos orienta en el evangelio a mirar hacia el futuro con realismo y seriedad. Jesús no quiere infundirnos miedo, sino una esperanza serena. Nos pone sobre aviso de falsas alarmas y, sobre todo, nos invita a ver en este anuncio un mensaje de salvación: “No tengáis pánico… ni un cabello de su cabeza perecerá: con su perseverancia salvarán sus almas”.

El final de los tiempos no es inminente. Pero sí es serio, y nos orienta a una vida comprometida, vida de peregrinos que avanzan hacia una meta y no quedarnos distraídos en el camino. “La espera de una tierra nueva no debe debilitar, sino más bien avivar la preocupación de cultivar esta tierra, donde crece aquel cuerpo de la nueva familia humana, que puede ofrecer ya cierto esbozo del siglo nuevo” (CEC.-1049). Por tanto, la felicidad en la otra vida se corresponde con la felicidad en ésta: el que, por no saber darse a los demás, no tiene capacidad de amar y ser feliz aquí, se autoexcluye de la felicidad eterna en el Cielo.

Esta mirada hacia el horizonte futuro no pretende aguarnos la fiesta de la vida, sino ayudarnos a ser sabios. La vida hay que vivirla en plenitud, sí, pero responsablemente, siguiendo el camino que nos ha señalado Dios, y sin dejarnos engañar por presuntos mesías que nos ofrecen recetas salvadoras más apetitosas. Jesús nos advierte que encontraremos, en nuestro camino, persecuciones y dificultades, si queremos en verdad ser fieles y dar testimonio de él. Cuando Lucas escribía esto, ya la comunidad cristiana tenía experiencia de cárceles, envidias, odios y muertes. Jesús nos dice que sólo “con nuestra perseverancia” salvaremos nuestras vidas.

Cada Eucaristía nos hace vivir una cierta tensión entre el pasado y el futuro, concentrados ambos en el presente. En una de las aclamaciones que más veces repetimos se condensa esta situación: “anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección: ven, Señor Jesús”. Y se nos hacen también familiares otras expresiones de esta mirada al mañana: “mientras esperamos la gloriosa venida de Nuestro Señor Jesucristo”… Nuestro destino y el del mundo está en el futuro, y se llama Dios. Pero el futuro ya está en el hoy de cada día. Y la Eucaristía es nuestro alimento para el camino.

En la Eucaristía, todo expresa la confiada espera: “mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo”. Quien se alimenta de Cristo en la Eucaristía no tiene que esperar el más allá para recibir la vida eterna: la posee ya en la tierra como primicia de la plenitud futura, que abarcará al hombre en su totalidad. En efecto, en la Eucaristía recibimos también la garantía de la resurrección corporal al final del mundo: “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día” (Jn 6, 54). Esta garantía de la resurrección futura proviene, de que la carne del Hijo del hombre, entregada como comida, es su cuerpo en el estado glorioso del resucitado. Con la Eucaristía se asimila, por decirlo así, el ‘secreto’ de la resurrección. Por eso san Ignacio de Antioquía definía con acierto el Pan eucarístico ‘fármaco de inmortalidad, antídoto contra la muerte’.

Así, nuestro camino de cada día, de cada semana, ha de ser este avanzar hacia la plenitud que Dios quiere, hacia aquel DÍA DE VICTORIA “que sólo el Padre sabe”. Aquel Día que anunciamos siempre que celebramos domingo a domingo en la fiesta de la Eucaristía. Este mensaje de Jesús nos hace reflexionar sobre nuestro presente y nos da la fuerza para afrontarlo con coraje y esperanza, en compañía de la Virgen, que camina siempre con nosotros.

 

Homilía Domingo XXXII del tiempo ordinario

Domingo XXXII del tiempo ordinario/C

La resurrección de los muertos

La resurrección de los muertos

                La resurrección de los muertos

El evangelio de este domingo nos presenta a Jesús que se enfrenta a los saduceos, quienes negaban la resurrección. Y es justamente sobre este tema que ellos interrogan a Jesús, para ponerlo en dificultad y ridiculizar la fe en la resurrección de los muertos. Parten de un caso imaginario: ‘Una mujer tuvo siete maridos, muerto uno después del otro’, y le preguntan a Jesús: ‘¿De quién será esposa esta mujer después de su muerte?’.

En respuesta a la pregunta capciosa de los saduceos sobre el destino de la mujer que ha tenido siete maridos en la tierra, Jesús reafirma sobre todo el hecho de la resurrección, corrigiendo, a la vez, la representación materialista y caricaturesca que se hacen de ella los saduceos. La bienaventuranza eterna no es sencillamente una potenciación y prolongación de las alegrías terrenas, con disfrutes de la carne y de la mesa a placer. La otra vida es de verdad otra vida, una vida de calidad diferente. Es, sí, el cumplimiento de todas las esperanzas que el hombre tiene sobre la tierra -e infinitamente más–, pero en un plano distinto. “Los que alcancen a ser dignos de tener parte en aquel mundo y en la resurrección de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, ni pueden ya morir, porque son como ángeles”.

En la parte final del Evangelio, Jesús explica el motivo por el que debe haber vida después de la muerte. “Que los muertos resucitan lo ha indicado también Moisés en lo de la zarza, cuando llama al Señor “el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob”. No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos viven”. ¿Dónde está en ello la prueba de que los muertos resucitan? Si Dios se define “el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob” y es un Dios de vivos, no de muertos, entonces quiere decir que Abraham, Isaac y Jacob viven en algún lugar, si bien, en el momento en que Dios habla a Moisés, aquellos están muertos desde hace siglos.

Interpretando de manera errada la respuesta que Jesús da a los saduceos, algunos han sostenido que el matrimonio carece de toda continuidad en el cielo. Pero con esa frase Jesús rechaza la idea caricaturesca que los saduceos presentan del más allá, como si fuera una sencilla continuación de las relaciones terrenas entre los cónyuges; no excluye que estos puedan reencontrar, en Dios, el vínculo que les ha unido en la tierra.

¿Es posible que dos esposos, tras una vida que les ha asociado a Dios en el milagro de la creación, en la vida eterna, ya no tengan nada en común, como si todo estuviera olvidado, perdido? ¿No estaría esto en contradicción con la palabra de Cristo de que no se debe dividir lo que Dios ha unido? Si Dios les ha unido en la tierra, ¿cómo podría separarles en el cielo? ¿Toda una vida juntos puede acabar en la nada sin que se desmienta el sentido mismo de la vida aquí abajo, que es el de preparar la venida del Reino, los cielos nuevos y la tierra nueva?

Es la Escritura misma -no sólo el natural deseo de los esposos- la que apoya esta esperanza. El matrimonio, dice la Escritura, es “un gran sacramento” porque simboliza la unión entre Cristo y la Iglesia (Ef 5, 32). ¿Es posible, entonces, que desaparezca precisamente en la Jerusalén celeste, donde se celebra el eterno banquete nupcial entre Cristo y la Iglesia, del que aquel es imagen?

Según esta visión, el matrimonio no acaba del todo con la muerte, sino que se transfigura, se espiritualiza, se sustrae a todos los límites que marcan la vida en la tierra, igual que, por lo demás, no se olvidan los vínculos existentes entre padres e hijos, o entre amigos. En el prefacio de la Misa de difuntos la liturgia dice que con la muerte “la vida no termina, se transforma”; lo mismo se debe decir del matrimonio, que es parte integrante de la vida.

Pero ¿qué decir a quienes han tenido una experiencia negativa, de incomprensión y de sufrimiento, en el matrimonio terreno? ¿No es para ellos motivo de miedo, más que de consuelo, la idea de que el vínculo no se rompa ni con la muerte? No, porque en el paso desde el tiempo a la eternidad el bien permanece, el mal cae. El amor que les unió, tal vez por breve tiempo, persiste; no los defectos, las incomprensiones, los sufrimientos que se han causado recíprocamente. Muchísimos cónyuges experimentarán sólo cuando se reúnan “en Dios” el amor verdadero entre sí y, con él, el gozo y la plenitud de la unión que no disfrutaron en la tierra. Es también la conclusión de Goethe sobre el amor entre Fausto y Margarita: “Sólo en el cielo lo inalcanzable (o sea, la unión plena y pacífica entre dos criaturas que se aman) será realidad”. En Dios todo se entenderá, todo se excusará, todo se perdonará.

¿Y qué decir de quienes estuvieron legítimamente casados con varias personas, como los viudos y las viudas que volvieron a contraer matrimonio? (Fue el caso presentado a Jesús de los siete hermanos que habían tenido, sucesivamente, como esposa a la misma mujer). También para ellos debemos repetir lo mismo: aquello que hubo de auténtico amor y donación con cada uno de los esposos o de las esposas, siendo objetivamente un “bien” y viniendo de Dios, no será suprimido. Allá arriba no habrá rivalidades en el amor o celos. Estas cosas no pertenecen al amor verdadero, sino al límite intrínseco de la criatura.

 

Homilía Domingo XXXI del tiempo ordinario

Domingo XXXI del tiempo ordinario/C

Jesús encuentra a Zaqueo

Dios, no sólo nos perdona, sino que quiere entrar y comer en nuestra casa, como hizo con Zaqueo (evangelio).

Dios, no sólo nos perdona, sino que quiere entrar y comer en nuestra casa, como hizo con Zaqueo (evangelio).

Estamos acercándonos al final del año litúrgico y también terminando el año de la misericordia. Nunca más oportuno el mensaje consolador de este domingo: el perdón de Dios que toma la iniciativa. Ambas lecturas (1ª lectura y evangelio) nos animan a todos, que somos pecadores y que tanto necesitamos de la misericordia de Dios, a confiar en Él. “A todos perdonas, porque son tuyos, Señor, amigo de la vida” (1ª lectura), “porque el Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad” (Salmo). Dios, no sólo nos perdona, sino que quiere entrar y comer en nuestra casa, como hizo con Zaqueo (evangelio).

Meditemos el episodio evangélico del encuentro de Jesús con Zaqueo en la ciudad de Jericó. ¿Quién era Zaqueo? Un hombre rico, que ejercía el oficio de ‘publicano’, es decir, de recaudador de impuestos por cuenta de la autoridad romana, y precisamente por eso era considerado un pecador público. Al saber que Jesús pasaría por Jericó, aquel hombre sintió un gran deseo de verlo, pero, como era bajo de estatura, se subió a un árbol. Jesús se detuvo precisamente bajo ese árbol y se dirigió a él llamándolo por su nombre: “Zaqueo, baja en seguida, porque hoy debo alojarme en tu casa” (Lc 19, 5). ¡Qué mensaje en esta sencilla frase!

‘Zaqueo’: Jesús llama por su nombre a un hombre despreciado por todos. ‘Hoy’: sí, precisamente ahora ha llegado para él el momento de la salvación. “Tengo que alojarme”: ¿por qué ‘debo’? Porque el Padre, rico en misericordia, quiere que Jesús vaya a “buscar y a salvar lo que estaba perdido” (Lc 19, 10). La gracia de aquel encuentro imprevisible fue tal que cambió completamente la vida de Zaqueo: “Mira -le dijo a Jesús-, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más” (Lc 19, 8). Una vez más el Evangelio nos dice que el amor, partiendo del corazón de Dios y actuando a través del corazón del hombre, es la fuerza que renueva el mundo.

Lo que ocurre entre Jesús y el “jefe de publicanos” de Jericó se asemeja a ciertos aspectos de la celebración del Sacramento de la misericordia. Zaqueo parece impulsado sólo por la curiosidad al encaramarse sobre el sicómoro. A veces, el encuentro de Dios con el hombre tiene también la apariencia de la casualidad. Pero nada es ‘casual’ por parte de Dios. Muchos cristianos a menudo, se acercan a los Sacramentos de modo superficial. En efecto, algunos fieles van a confesarse sin ni siquiera saber bien lo que quieren. Para algunos de ellos, la decisión de ir a confesarse puede estar determinada sólo por la necesidad de ser escuchados… Para otros, por la exigencia de recibir un consejo. Para otros, incluso, por la necesidad psicológica de librarse de la opresión del “sentido de culpa”. Muchos sienten la necesidad auténtica de restablecer una relación con Dios, pero se confiesan sin tomar conciencia suficientemente de los compromisos que se derivan, o tal vez haciendo un examen de conciencia muy simple a causa de una falta de formación sobre las implicaciones de una vida moral inspirada en el Evangelio.

Para Zaqueo debió ser una experiencia sobrecogedora oír que le llamaban por su nombre. Era un nombre que, para muchos paisanos suyos, estaba cargado de desprecio. Ahora él lo oye pronunciar con un acento de ternura, que no sólo expresaba confianza sino también familiaridad y un apremiante deseo ganarse su amistad. Sí, Jesús habla a Zaqueo como a un amigo de toda la vida, tal vez olvidado, pero sin haber por ello renegado de su fidelidad, y entra así con la dulce fuerza del afecto en la vida y en la casa del amigo encontrado de nuevo: “baja pronto; porque conviene que hoy me quede yo en tu casa” (Lc 19, 5).

Esto es lo que sucede en todo encuentro sacramental. No es el pecador, con su camino autónomo de conversión, quien se gana la misericordia. Al contrario, es la misericordia lo que le impulsa hacia el camino de la conversión. El hombre no puede nada por sí mismo. Y nada merece. La confesión, antes que un camino del hombre hacia Dios, es una visita de Dios a la casa del hombre. Toda celebración de la penitencia debería suscitar en el ánimo del penitente el mismo sobresalto de alegría que las palabras de Cristo provocaron en Zaqueo, el cual “se apresuró a bajar y le recibió con alegría” (Lc19, 6).

El perdón concedido en el sacramento de la Reconciliación es un encuentro auténtico y real del penitente con Dios, que restablece la relación de amistad quebrantada por el pecado. La ‘verdad’ de esta relación exige que el hombre acoja el abrazo misericordioso de Dios, superando toda resistencia causada por el pecado.

Que María santísima nos enseñe el don de la misericordia de Dios en Cristo, en los sacramentos, y sobre todo en el sacramento de la reconciliación, sacramento de la misericordia y de la alegría.

 

Homilía Domingo XXX del tiempo ordinario

 

 

El fariseo encarna una actitud que no manifiesta la acción de gracias a Dios por sus beneficios y su misericordia, sino más bien la satisfacción de sí.

El fariseo encarna una actitud que no manifiesta la acción de gracias a Dios por sus beneficios y su misericordia, sino más bien la satisfacción de sí.

Domingo XXX del tiempo ordinario/C

Las Lecturas de hoy continúan la línea de los anteriores domingos: nos hablan de la oración.  Esta vez, de una oración humilde.  En el Evangelio hemos escuchado la parábola del “el fariseo y el publicano” (cf Lc 18, 9-14), que se refiere a la  humildad del corazón que ora: El fariseo, “tan seguro de sí mismo”, ante el altar da gracias a Dios por no ser como el publicano que en cambio solo pide la misericordia del Señor, reconociéndose pecador. “Oh Dios, ten compasión de mí que soy pecador”. La Iglesia no cesa de hacer suya esta oración: ¡Kyrie eleison!

El texto del Evangelio pone en evidencia dos modos de orar, uno falso – el del fariseo – y el otro auténtico – el del publicano. El fariseo encarna una actitud que no manifiesta la acción de gracias a Dios por sus beneficios y su misericordia, sino más bien la satisfacción de sí. El fariseo se siente justo, se siente en orden, y juzga a los demás desde lo alto de su pedestal. El publicano, por el contrario, no utiliza muchas palabras. Su oración es humilde, sobria, imbuida por la conciencia de su propia indignidad, de su propia miseria: este hombre se reconoce necesitado del perdón de Dios.

Es imposible que haga oración verdadera quien se jacta de ser justo, que cree no tener nada de qué arrepentirse y nada que agradecer a Dios. El fariseísmo es el cáncer de la oración, de la vida cristiana y de toda religión. Jesús tenía ante sus ojos el espectáculo de los escribas y fariseos, los cuales eran especialistas en las sagradas Escrituras y frecuentaban el templo con asiduidad, pero su corazón era frío, gélido, pues no había sido transformado por el encuentro con Dios.

 “Todos nosotros podemos llevar un poco de incredulidad, dentro”. Es necesaria “una oración fuerte, y esta oración humilde y fuerte hace que Jesús pueda obrar el milagro de nuestra conversión. Por esto Jesús hoy nos presenta el cuadro negativo de una religiosidad vacía, formalista, caracterizada por un legalismo cruel, dominada por hombres ávidos de poder, de honores y éxitos, Jesús contrapone la visión de una comunidad radicalmente diferente. El cuadro que Jesús presenta es el de una comunidad en la que la grandeza es proporcional a la humildad, de una vida oculta y fecunda.

Es necesario verificar si ese mal convive con nosotros, pues sólo reconociendo la enfermedad se puede desear, pedir y recibir la curación. La autosuficiencia hipócrita induce a creer que se puede ser cristianos sin creer en Cristo, sin estar unidos a él, sin amar al prójimo; sin oración amorosa de presencia mutua con él, sin humildad, sinceridad y confianza. La oración es tiempo del corazón, tiempo de amistad y de relación personal con Dios.

La oración verdadera nunca es tiempo perdido, sino el más rentable, porque renta para la vida eterna. Cuando oramos de corazón, Dios trabaja por nosotros, dando eficacia divina, liberadora y salvífica a nuestra vida y a las obras humanas de nuestras pequeñas manos, pues “Quien está unido a mí, produce mucho fruto” (Jn 15, 5).

Debemos tener un tiempo de oración en el que nos presentamos ante Dios libres de preocupaciones y trabajos, para que Dios pueda entrar en nuestras vidas, preocupaciones y trabajos, y les confiera valor eterno de salvación. Claro está, sin olvidar el Domingo: es decir, cada ocho días: “Venir temprano a la iglesia, acercarse al Señor y confesar sus pecados, arrepentirse en la oración […] Asistir a la sagrada y divina liturgia, acabar su oración y no marcharse antes de la despedida […] Lo hemos dicho con frecuencia: este día nos es dado para la oración y el descanso. Es el día que ha hecho el Señor. En él exultamos y nos gozamos” (Pseudo-Eusebio de Alejandría, Sermo de die Dominica).

Seremos publicanos mirados y bendecidos por Dios, cuando acudimos a orar a Dios para alabarle, adorarle, bendecirle, pedirle perdón por nuestros pecados; cuando consideramos a los demás mejores que nosotros, e incluso los perdonamos sin rencor cuando no nos asisten o nos abandonan, como le pasó a san Pablo (2ª lectura); cuando cumplimos por amor a Dios.

¿En cuál de los dos personajes nos sentimos reflejados: en el que está contento y seguro de sí mismo y desprecia a los demás, o en el pecador que invoca el perdón de Dios? ¿Cuánto tengo de fariseo y cuánto de publicano? ¿Voy a la oración con humildad, confianza y anhelo de ser perdonados y perdonar?

Que por intercesión de la Virgen María, nuestra oración y nuestra Eucaristía sea como la del publicano: que nos provoque siempre seguir al Señor cada día, y exclamar desde dentro y llenos de humildad: “Oh Dios, ten compasión de mí que soy pecador”. Entonces nuestra existencia será una permanente conversión, una vida verdaderamente fecunda.