Homilía Domingo XXI del TO/c

Domingo XXI del TO/C

“Señor: ¿es verdad que son pocos los que se salvan?”

María, Puerta del Cielo

               María, Puerta del Cielo

El Evangelio de hoy nos invita a reflexionar acerca del tema de la salvación. Jesús está subiendo desde Galilea hacia la ciudad de Jerusalén y en el camino —relata el evangelista Lucas— alguien se le acerca y le pregunta: «Señor, ¿son pocos los que se salvan?» (13, 23). Jesús no responde directamente a la pregunta: no es importante saber cuántos se salvan, sino que es importante más bien saber cuál es el camino de la salvación. Y he aquí entonces que, a la pregunta, Jesús responde diciendo: «Esforzaos en entrar por la puerta estrecha, pues os digo que muchos intentarán entrar y no podrán» (v. 24). ¿Qué quiere decir Jesús? ¿Cuál es la puerta por la que debemos entrar? Y, ¿por qué Jesús habla de una puerta estrecha?

La imagen de la puerta se repite varias veces en el Evangelio y se refiere a la de la casa, del hogar doméstico, donde encontramos seguridad, amor, calor. Jesús nos dice que existe una puerta que nos hace entrar en la familia de Dios, en el calor de la casa de Dios, de la comunión con Él. Esta puerta es Jesús mismo (cf. Jn 10, 9). Él es la puerta. Él es el paso hacia la salvación. Él conduce al Padre. Y la puerta, que es Jesús, nunca está cerrada, esta puerta nunca está cerrada, está abierta siempre y a todos, sin distinción, sin exclusiones, sin privilegios. Porque, saben, Jesús no excluye a nadie. Jesús te está esperando para abrazarte, para perdonarte. No tengas miedo: Él te espera. Anímate, ten valor para entrar por su puerta. Todos están invitados a cruzar esta puerta, a atravesar la puerta de la fe, a entrar en su vida, y a hacerle entrar en nuestra vida, para que Él la transforme, la renueve, le done alegría plena y duradera.

Cierto, la puerta de Jesús es una puerta estrecha, porque nos pide abrir nuestro corazón a Él, reconocernos pecadores, necesitados de su salvación, de su perdón, de su amor, de tener la humildad de acoger su misericordia y dejarnos renovar por Él. Jesús en el Evangelio nos dice que ser cristianos no es tener una «etiqueta», sino cristianos de verdad, de corazón. Ser cristianos es vivir y testimoniar la fe en la oración, en las obras de caridad, en la promoción de la justicia, en hacer el bien. Por la puerta estrecha que es Cristo debe pasar toda nuestra vida (Francisco 25 agosto 2016).

Jesús nos dice cuál es el camino de la salvación, la puerta estrecha, Él es la puerta, pero el Espíritu Santo, por boca de los Santos Padres, llama a la Santísima Virgen: la puerta oriental, por donde entra al mundo y sale de él el Sumo Sacerdote, Jesucristo; por ella entró la primera vez y por ella volverá la segunda. Así la hemos invocado tantas veces en las letanías del Santo Rosario: Dios te salve, estrella del mar, // Madre santa de Dios, // y siempre Virgen, // dichosa puerta del cielo.

Ella es la entrada y el acceso a Dios, es la Puerta oriental del templo de la que habla el profeta, porque por allí nos llegó Jesús, el Sol de justicia. Y es a la vez, “la puerta dorada del cielo por la que confiamos entrar algún día en el descanso de la eterna bienaventuranza”. A través de María encontramos siempre a Jesús.

San Alfonso Mª de Ligorio afirma que María es Puerta del Cielo porque, de la misma forma que toda gracia e indulto que otorga el Rey pasa por la puerta de su palacio, de igual modo ninguna gracia desciende del Cielo a la tierra sin pasar por las manos de María. A María la llamamos Puerta del Cielo porque, con su intercesión, nos procura los auxilios necesarios para llegar al Cielo y entrar hasta el mismo trono de Dios, donde nos espera nuestro Padre.

Desde su vida terrena, aparece Nuestra Señora como la dispensadora de las gracias. Por Ella, Jesús santifica al Precursor, cuando visita a su pariente Isabel. En Caná, a instancias de María realizó Jesús su primer milagro, convirtiendo el agua en vino; allí también, por este milagro, sus discípulos creyeron en Él. La Iglesia comienza su camino, a través de la historia de los hombres y de los pueblos, el día de Pentecostés, y “se sabe que al comienzo de este camino está presente María, que vemos en medio de los Apóstoles en el cenáculo ‘implorando con sus ruegos el don del Espíritu Santo’”.

Ya que por esa puerta celestial nos llegó Jesús, vayamos a Ella para encontrarle, pues “María es siempre el camino que conduce a Cristo. Al celebrar a nuestra Patrona y Reina, le pedimos que nos ayude a entrar por la puerta de la fe y a dejar que su Hijo trasforme nuestra existencia como ha trasformado la suya para llevar a todos por la puerta estrecha, por la alegría del evangelio.

Homilía Domingo XX/C

Domingo XX del TO/C (Lc 12, 49 53)

No he venido traer la paz, sino la división

No he venido a traer pazLos verdaderos profetas como Jeremías crearon a su alrededor fuertes divisiones y contradicciones pues no halla lo que se quiere escuchar, sino lo que Dios le dice.

Jesús anuncia las divisiones y contradicciones que cercan a los verdaderos profetas cuando su mensaje, que es de Dios, se extiende entre las familias y los pueblos.

El ejemplo de los antiguos patriarcas es propuesto en la carta a los Hebreos a quienes saben con certeza hacia donde se encaminan, gracias a la nueva fe que comenzó y termina en Cristo.

San Lucas sigue describiendo el camino del cristiano, que es el de Cristo. El domingo pasado era la vigilancia su característica. Hoy es la fortaleza, la opción clara que exige, la decisión firme de seguir o no a Cristo. Ser cristianos en medio del mundo en que vivimos no es fácil.

La palabra de Dios, este domingo contiene una palabra de Jesús que nos pone en crisis, y que hay que explicarla, contrariamente puede generar malentendidos. Jesús le dice a los discípulos: ¿Piensan que yo he venido a traer paz en la tierra? No, en cambio yo les digo, división. ¿Qué significa esto? Significa que la fe no es una cosa decorativa, ornamental. No es decorar la vida con un poco de religión, como si fuera una torta que la decoramos con crema chantilly.

Quien conozca, aunque sea mínimamente, el evangelio de Cristo, sabe que es un mensaje de paz por excelencia; Jesús mismo, como escribe san Pablo, “es nuestra paz” (Ef 2, 14), muerto y resucitado para derribar el muro de la enemistad e inaugurar el reino de Dios, que es amor, alegría y paz. ¿Cómo se explican, entonces, esas palabras suyas? ¿A qué se refiere el Señor cuando dice -según la redacción de san Lucas- que ha venido a traer la ‘división’, o -según la redacción de san Mateo- la “espada”? (Mt 10, 34).

Esta expresión de Cristo significa que la paz que vino a traer no es sinónimo de simple ausencia de conflictos. Al contrario, la paz de Jesús es fruto de una lucha constante contra el mal. El combate que Jesús está decidido a librar no es contra hombres o poderes humanos, sino contra el enemigo de Dios y del hombre, contra Satanás. Quien quiera resistir a este enemigo permaneciendo fiel a Dios y al bien, debe afrontar necesariamente incomprensiones y a veces auténticas persecuciones.

Por eso, todos los que quieran seguir a Jesús y comprometerse sin componendas en favor de la verdad, deben saber que encontrarán oposiciones y se convertirán, sin buscarlo, en signo de división entre las personas, incluso en el seno de sus mismas familias. En efecto, el amor a los padres es un mandamiento sagrado, pero para vivirlo de modo auténtico no debe anteponerse jamás al amor a Dios y a Cristo.

De este modo, siguiendo los pasos del Señor Jesús, los cristianos se convierten en “instrumentos de su paz”, según la célebre expresión de san Francisco de Asís. No de una paz inconsistente y aparente, sino real, buscada con valentía y tenacidad en el esfuerzo diario por vencer el mal con el bien (cf. Rm 12, 21) y pagando personalmente el precio que esto implica.

La Paz de Jesús no es como la del mundo.  La paz que nos ofrece el mundo es una paz ficticia, incompleta, equívoca, engañosa… Porque en el mundo las cosas no son como las de Dios.  En el mundo la paz puede ser un balance entre violencias opuestas.  En el mundo la paz puede ser una serenidad aparente y engañosa. En el mundo la paz puede ser la ley del más fuerte. 

La Paz que Cristo nos vino a traer es muy distinta a la del mundo.  Muy distinta.  Cristo vino a traer la salvación.  Y la salvación puede trastornar la paz según el mundo, porque hay unos que buscan a Cristo y su causa -la salvación de la humanidad-, y hay otros que no.  He allí la división a la cual se refiere Jesús en este Evangelio: los que están con El y su causa, y los que no están con El y con su causa. 

El que se divide es aquél que no sigue a Cristo.  De allí que el seguidor de Cristo se siente apartado de los que no lo están siguiendo.  Y pueden ser amigos, parientes o de la propia familia.  Y esa división significa que alguno o algunos están haciendo lo que hay que hacer, pues le están siguiendo a Él, Camino, Verdad y Vida.

Toda división trae sufrimiento y ese sufrimiento purifica a quien pretende seguir a Cristo y ve que los suyos no hacen lo mismo.  Sufre porque los suyos no están en el Camino que es Cristo.  Sufre porque no puede compartir con ellos la Verdad que es Cristo.  Sufre porque los suyos no viven la Vida que es Cristo.

De allí que el Señor nos diga antes de hablarnos de esta dolorosa división, en el comienzo del Evangelio de hoy: “Vine a traer fuego a la tierra.  Y cómo quisiera que estuviera ya ardiendo”  (Lc. 12, 49).  Es el fuego purificador de su Palabra.  Es el fuego purificador de la acción del Espíritu Santo en el mundo y en cada uno de nosotros.  Es el fuego purificador del sufrimiento, cualquiera que sea, pero muy especialmente del causado por seguirlo a Él.

La Virgen María, Reina de la paz, compartió hasta el martirio del alma la lucha de su Hijo Jesús contra el Maligno, y sigue compartiéndola hasta el fin de los tiempos. Invoquemos su intercesión materna para que nos ayude a ser siempre testigos de la paz de Cristo, sin llegar jamás a componendas con el mal.

 

Homilía Domingo XIX del TO/C

Domingo XIX del TO/C (Lc. 12, 32-48)

“Fe es seguridad de lo que se espera…

         “Fe es seguridad de lo que se espera…

“En confiada y vigilante espera”, así podemos resumir el contenido principal del mensaje litúrgico de hoy. Esta es la actitud de Abrahán y Sara, y de todos aquellos que murieron en espera de la promesa hecha por Dios (segunda lectura). Esta es la actitud de los descendientes de los patriarcas, esperando con confianza, en medio de duros trabajos, la noche de la liberación (primera lectura). Esta es la actitud del cristiano en este mundo, entregado a sus quehaceres diarios, esperando con corazón vigilante la llegada de su Señor (Evangelio).

 “La fe es seguridad de lo que se espera y prueba de lo que no se ve” (Hb 11,1). Con estas palabras nos habla el autor de la Carta a los Hebreos, en la segunda lectura de la Misa de hoy. La fe, que hace pasar al hombre del mundo de las cosas visibles a la realidad invisible de Dios y a la vida eterna, asemeja a aquel camino al que fue llamado por Dios a Abraham (calificado por eso como “padre de todos los creyentes”, cfr. Rm 4,11; 4,12). A continuación leemos en la Carta a los Hebreos: “Por la fe obedeció Abraham a la llamada, y salió hacia la tierra que iba a recibir en heredad. Salió sin saber dónde iba. Por fe vivió como extranjero en la tierra prometida… (Hebr 11,8-9). Sí; así es. La fe es el peregrinaje espiritual en el que el hombre se encamina, siguiendo la Palabra de Dios viviente, para llegar a la tierra de la paz prometida y de la felicidad, a la unión con Dios cara a cara; a esa unión que llenará, en el corazón humano, el hambre y la sed más profundas: el hambre de la verdad y la sed del amor”.

Por eso, como escuchamos seguidamente en la liturgia de este domingo, la actitud de espíritu, que debe tener el creyente, es la actitud de vigilancia: “Esten preparados, porque a la hora que menos piensen vendrá el Hijo del hombre” (Lc 12,40). Una vigilancia así es también la expresión de la aspiración espiritual hacia Dios mediante la fe.

Aprendamos ese andar más allá del horizonte de las cosas visibles hacia la realidad invisible de Dios, para abrazar, con nuestro corazón humano, “las grandes obras de Dios” (He 2,11). Aprendamos la fe sencilla, incluso como de niños y, al mismo tiempo, consciente, madura y comprobada. La fe que esta nuestra época exige de nosotros los cristianos. La fe manifiesta y valiente. La fe llena de esperanza. La fe que produce las buenas obras: “la fe mediante la caridad” (cfr. Gal 5,6).

Jesús nos exhorta a la vigilancia porque el amor nunca duerme (Cf Cant 5,2), y, no debemos olvidarlo, el enemigo está siempre al acecho (Cf 1 Pe 5, 8). Quien ama de verdad está siempre pendiente del ser querido, velando el sueño del hijo enfermo… El cristiano debe aguardar confiadamente al Señor que puede presentarse en cualquier momento. “Y como no conocemos ni el día ni la hora, es necesario, según la amonestación del Señor, que vigilemos constantemente para que, terminado el plazo de nuestra vida terrena (Heb 9,27), merezcamos entrar con Él a las bodas y ser contados entre los elegidos” (L. G., 48).

“A la vigilancia se opone la negligencia o falta de solicitud que procede de cierta desgana de la voluntad” (S. Tomás de Aquino). Estamos vigilantes cuando hemos adquirido el hábito de preguntarnos a lo largo de la jornada: ¿estoy haciendo lo que debo y estoy en lo que hago poniendo los cinco sentidos?

Espíritu de examen que nos lleve igualmente a dedicar unos minutos, antes de entregarnos al descanso, para hacer balance del día y analizar cómo nos hemos comportado con Dios, con los demás, y con qué intensidad y sentido de la justicia hemos realizado nuestro tarea cotidiana.

“Mira tu conducta con detenimiento, aconseja S. Josemaría Escrivá. Verás que estás lleno de errores, que te hacen daño a ti y quizá también a los que te rodean. Recuerda, hijo, que no son menos importantes los microbios que las fieras. Y tú cultivas esos errores, esas equivocaciones -como se cultivan los microbios en el laboratorio-… Y, después, esos focos infectan el ambiente”.

¡Cuántas veces los pequeños y continuos descuidos han llevado a fracasos ruidosos! “Nadie atribuya su descarrío, nos dice Casiano, a un repentino derrumbamiento… El derrumbamiento -se lee en los Proverbios- viene precedido de un deterioro, y éste por un mal pensamiento (Prov 16,18). Sucede lo mismo que con una casa: se viene abajo un buen día sólo en virtud de un antiguo defecto en los cimientos, o por una desidia prolongada de sus moradores. Gotitas muy pequeñas penetran imperceptiblemente corroyendo los soportes del techo; y gracias a esa falta de atención repetida, se agrandan los boquetes y los desperfectos. Después la lluvia y la tempestad penetran a mares”.

La Virgen María, que desde el cielo vela sobre nosotros, nos ayude a no olvidar que aquí, en la tierra, estamos sólo de paso, y nos enseñe a prepararnos para encontrar a Jesús, que “está sentado a la derecha de Dios Padre todopoderoso y desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos”.

Homilía Domingo XVIII TO/C

Domingo XVIII TO/C

“Guárdense de toda codicia”. Ante los bienes materiales, ni desprecio, ni apego, sino el “tanto cuanto” de san Ignacio de Loyola.

“Guárdense de toda codicia”. Ante los bienes materiales, ni desprecio, ni apego, sino el “tanto cuanto” de san Ignacio de Loyola.

Guárdense de toda codicia”. Ante los bienes materiales, ni desprecio, ni apego, sino el “tanto cuanto” de san Ignacio de Loyola. “La avaricia rompe el saco”. Esta frase proverbial parte de la imagen de un ladrón que iba poniendo en un saco cuanto robaba y cuando, para que la cupiera más, apretó lo que iba dentro, el saco se rompió. El corazón del codicioso no reposa ni siquiera de noche (evangelio). Busquemos las cosas de arriba (2ª lectura), pues las de acá abajo no sacian y son perecederas (1ª lectura).

En primer lugar, ante los bienes materiales no cabe el despreciarlos. Jesús no nos está invitando a despreciar los bienes de la tierra (evangelio). Son buenos y lícitos, y si conseguidos honestamente nos ayudan a llevar una vida digna y desahogada, en orden a tener una casa confortable y un trabajo remunerado, alimentar y sostener la familia, ofrecer una buena educación a los hijos y ayudar a los necesitados. La riqueza en sí no es buena ni mala: lo que puede ser malo es el uso que hacemos de ella y la actitud interior ante ella. Si Jesús llamó necio o insensato al rico del evangelio, no es porque fuera rico, o porque hubiera trabajado por su bienestar y el de su familia, sino porque había programado su vida prescindiendo de Dios y olvidando también la ayuda a los demás. La codicia lleva a los hombres a expresar un profundo amor por las posesiones, lo que los constituye en idólatras.

En segundo lugar, ante los bienes materiales nos haría muy mal el apegarnos o idolatrarlos. Basta abrir la Sagrada Escritura: Judas fue codicioso y entregó a su Maestro; Ananías y Safira mintieron y murieron. La codicia es un pecado tan antiguo como sutil. En el mundo en que vivimos, materialista por excelencia, no es nada raro que nos veamos tentados por la codicia. La Palabra de Dios nos habla del origen de la codicia, de sus efectos y de cómo enfrentarla. Este dicho esta ligado a la fábula de Esopo que habla del perro y el reflejo en el río. Un perro que iba con un pedazo de carne en su hocico y al pasar por un puente vio su imagen reflejada en el agua… pensó que era otro perro que tenía un pedazo más grande y quiso quitárselo…El resultado: se quedó sin nada. Qohelet (1ª lectura) nos invita a relativizar los diversos afanes que solemos tener con su tono pesimista: “vanidad, todo es vanidad”, que podemos también traducir así: “vaciedad, todo es vaciedad”.

La riqueza no nos lo da todo en la vida, ni es lo principal: la muerte lo relativiza todo. Es sabio reconocer los límites de lo humano y ver las cosas en el justo valor que tienen, transitorio y relativo. Tanto afán y tanta angustia, incluso del trabajo, no puede llevarnos a nada sólido. Nuestra vida es como la hierba que está fresca por la mañana y por la tarde ya se seca (Salmo). Jesús en el evangelio nos invita al desapego del dinero porque no es un valor absoluto ni humana ni cristianamente. Por encima del dinero está la amistad, la vida de familia, la cultura, el arte, la comunicación interpersonal, el sano disfrute de la vida, la ayuda solidaria a los demás. Hay que tener tiempo para sonreír, jugar, “perder tiempo” con los familiares y amigos.

Finalmente, ante los bienes materiales sigamos la consigna de san Ignacio de Loyola: “en tanto cuanto”. La regla del «tanto cuanto» es importante para todos los mortales. No se trata de una doctrina filosófica, ni de una planificación económica, ni de un proyecto político, pero pudiera servir para todo. El gran San Ignacio de Loyola, en sus Ejercicios Espirituales, lo presenta con las siguientes expresiones. “El hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y, mediante esto, salvar su alma; y las otras cosas sobre la haz de la tierra son creadas para el hombre y para que le ayuden en la prosecución del fin para que es creado. De donde se sigue, que el hombre tanto ha de usar de ellas, cuanto le ayuden para su fin, y tanto debe privarse de ellas, cuanto para ello le impiden. Por lo cual es menester hacernos indiferentes a todas las cosas creadas, en todo lo que es concedido a la libertad de nuestro libre albedrío, y no le está prohibido; en tal manera, que no queramos, de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y por consiguiente en todo lo demás; solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos creados” (Ejercicios, nº 23).

Esta regla, de alguna forma la emplean todas las personas, pero no en el sentido en el que exige San Ignacio, porque todos buscan las criaturas, tanto en cuanto lo puedan enriquecer, deleitar, distraer, divertir. Es una óptica totalmente diversa, ya que la mayoría emplea la filosofía del tanto cuanto, sólo en logros terrenos, humanos, materiales, olvidando aplicar esta fórmula en nuestras relaciones con Dios, en el negocio más importante: la salvación del alma. Sólo cuando tenemos a Cristo como Señor de nuestras vidas, podemos estar seguros de que moriremos más y más al pecado y viviremos más y más para El, interesándonos por la salvación del alma.

Concluyo con una cita de la Primera carta a Timoteo: “A los ricos de este mundo recomiéndales que no sean altaneros ni pongan su esperanza en lo inseguro de las riquezas sino en Dios, que nos provee espléndidamente de todo para que lo disfrutemos; que practiquen el bien, que se enriquezcan de buenas obras, que den con generosidad y con liberalidad; de esta forma irán atesorando para el futuro un excelente fondo con el que podrán adquirir la vida verdadera” (1Tim 6,17-19).

Homilía Domingo XVII

Domingo XVII TO/C

Pidan y se les dará

En medio de la actividad el Señor se muestra como un hombre de oración

En medio de la actividad el Señor se muestra como un hombre de oración

El Domingo pasado, desde la experiencia con Jesús de Marta y María, que nuestra vida cristiana ha de ser una vida de oración y acción. Ahora el Evangelio nos dice que Jesús estaba “orando en cierto lugar”. En medio de la actividad el Señor se muestra como un hombre de oración (Cfr. CEC 2599-2606), constituyéndose en modelo que “con su oración atrae a la oración” (CEC 520), ya que el discípulo que contempla a su Maestro en oración experimenta él mismo la necesidad de orar, experimenta el deseo de aprender de quien es el Maestro. Por ello que cuando Jesús termina de orar le dijo uno de sus discípulos: “Señor, enséñanos a orar”.

El Señor no enseña “cómo” orar, no establece un método de oración, sino que enseña qué decir en el momento de orar y propone una plegaria muy breve y concreta, cuyo contenido va a lo esencial: “Cuando oren digan: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan cotidiano, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos ofenden, y no nos dejes caer en la tentación”.

Dios, a quien el Señor Jesús me enseña a dirigirme con confianza filial, no sólo es mi Padre: es también Padre de Jesucristo, Padre mío y tuyo, de todos los que hemos recibido la vida nueva en Cristo, es “Padre nuestro”. Sí, el Señor nos enseña que su Padre es también Padre nuestro y eso nos hace a ti y a mí hermanos, verdaderamente hermanos, unidos por un vínculo más profundo que el de la sangre, el vínculo del Espíritu que hemos recibido el día de nuestro Bautismo. Y si somos hijos de un mismo Padre, no podemos consentir divisiones entre quienes somos de Cristo, más aún, somos responsables los unos de los otros, somos responsables de trabajar por nuestra unidad, por vivir reconciliados en el amor del Señor. No hay fraternidad más profunda y real que ésa: la que se sustenta en la dignidad y condición de ser hijos de un mismo Padre, que es Dios.

Por esto San Cipriano decía: “Ante todo, el Doctor de la paz y Maestro de la unidad no quiso que hiciéramos una oración individual y privada, de modo que cada cual rogara sólo por sí mismo. No decimos: “Padre mío, que estás en los cielos”, ni: “El pan mío dámelo hoy”, ni pedimos el perdón de las ofensas sólo para cada uno de nosotros, ni pedimos para cada uno en particular que no caigamos en la tentación y que nos libre del mal. Nuestra oración es pública y común, y cuando oramos lo hacemos no por uno solo, sino por todo el pueblo, ya que todo el pueblo somos como uno solo”.

Luego de enseñar a sus discípulos esta fundamental plegaria el Señor continúa su instrucción sobre la oración. La persistencia y la confianza han de ser sus principales características. Con la parábola del amigo importuno enseña cuán insistente debe ser la súplica dirigida al Padre. También Abraham muestra esa terca insistencia al suplicar a Dios que no destruya las ciudades inicuas de Sodoma y Gomorra, en consideración a los pocos justos que allí pudiera haber (1ª. lectura). Jesús por su parte concluye su parábola dándoles la certeza a los discípulos de que serán atendidos por Dios en sus plegarias: “Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá; porque quien pide recibe, quien busca encuentra, y al que llama se le abre”.

Sin embargo, el Señor deja entrever que si no reciben lo que piden, es porque están pidiendo algo que no conviene. La razón de no recibir lo que se pide hay que buscarla no en que Dios no escucha, sino en que como Padre Él no dará a sus hijos lo que no es conveniente. Y a veces, aunque no se comprenda de momento, lo más conveniente será la Cruz a la que el Padre en sus misteriosos designios invita al discípulo a abrazarse con firmeza. En esas circunstancias el Hijo por excelencia será también Modelo y Maestro de cómo se ha de rezar: “Padre mío, si es posible, que pase de mí esta copa, pero no sea como yo quiero, sino como quieras tú” (Mt 26, 39).

Por consiguiente, como dice san Cipriano: “Dios nos enseñó a orar no sólo con palabras, sino también con hechos, ya que Él oraba con frecuencia, mostrando, con el testimonio de su ejemplo, cuál ha de ser nuestra conducta en este aspecto; leemos, en efecto: Jesús solía retirarse a despoblado para orar; y también: Subió a la montaña a orar, y pasó la noche orando a Dios.

María Madre y modelo de la oración de la Iglesia, tú que representas al pueblo de Dios, enséñanos a tus hijos cómo dirigirnos a Dios para invocar su ayuda y su apoyo en las varias situaciones de nuestra vida.

Marta y María

Homilía Domingo XVI TO/C

Domingo XVI TO/C (Lc 10,38-42)

“María, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra” (Oración y trabajo)

Marta y MaríaEl evangelio de hoy nos narra que mientras Marta se desvive en el servicio por su divino Huésped, María, su hermana, se sienta a sus pies para escuchar sus enseñanzas. Tanto Marta como María son mujeres de fe profunda, intensa. Ambas creen que el Señor es el Mesías Salvador y Reconciliador. Creen en Jesús y le creen a Jesús. Tienen una piedad fuerte, un amor grande e intenso y ambas, cada una a su modo y según su personalidad, actúan movidas por su amor al Señor.

Marta y María representan dos dimensiones de la vida de todo discípulo de Cristo: la dimensión contemplativa de oración en María y la dimensión activa de servicio concreto y específico en Marta. Pero hay que decir que la acción no está ausente en María ni la oración en Marta. Al centrar su servicio en el Señor, toda la actividad de Marta se hace oración. Su trabajo es una forma de oración, mientras no pierda de vista lo esencial. El problema surge cuando dividida interiormente y agitada por muchas cosas pretende excluir los momentos fuertes de oración, los momentos de estarse a los pies del Señor en actitud de reverente escucha. Sin esos momentos fuertes de oración (Cfr. CEC 2697) su acción corre el peligro de convertirse en un activismo que roba a la acción de su capacidad de realizar a la persona dando con sus actos gloria a Dios.

María por su parte mantiene un silencio activo escuchando al Señor, en lo que podemos llamar momento fuerte de oración que la prepara para la acción, que sostiene y hace fecunda la vida activa. Lejos, pues, de ver una oposición entre la vida contemplativa y la vida activa, Marta y María muestran un camino de síntesis concreto para la realidad personal de todo discípulo del Señor. El Señor al corregir a Marta no establece una oposición, sino una prioridad de momentos fuertes de oración que nutren y fecundan la vida activa.

¿Quién no tiene infinidad de “cosas que hacer”? Como Marta, cada día andamos de un lado para otro, “a las carreras”, “estresados” por tanto trabajo, estudio y exámenes, actividades sociales, sin poder o saber hacernos un tiempo para “sentarnos a los pies del Señor” para escuchar y meditar tranquilamente su Palabra…

Y cuando logramos darnos un tiempo, ¡qué difícil es hacer silencio en nuestro interior! La agitación y las distracciones nos persiguen, nos sacan de lo que debemos hacer en ese momento: escuchar al Señor, dialogar con Él, dejar que la luz que brota de sus enseñanzas ilumine nuestra vida y conducta, nutrirnos de su Presencia, de su amor y fuerza para poder poner por obra lo que Él nos dice (Cfr. Jn 2,5).

En medio de tanto quehacer, abandonar, postergar o descuidar el encuentro y diálogo íntimo con el Señor aun cuando nuestras actividades buscan servirlo a Él, es caer en lo que el Señor reprocha tiernamente a Marta: “te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola”. En aquella circunstancia concreta de la vida el Señor enseña a Marta que debe aprender a dar la debida prioridad a las cosas: mientras Él está allí no es lo más importante organizarle a Él y a los discípulos que lo acompañan una comida abundante o llenarlo de todas las atenciones posibles, sino que lo más importante es escucharlo, aprender de Él, atesorar sus enseñanzas para ponerlas luego en práctica.

También nosotros debemos aprender a dar un lugar prioritario en nuestra jornada al encuentro con el Señor, buscando un tiempo adecuado para la escucha y meditación de la Palabra del Señor. Sólo en este diario y perseverante ejercicio podremos permitir al Espíritu que nos vaya “cristificando”, es decir, que nos vaya haciendo cada vez más semejantes al Señor Jesús en su modo de pensar, sentir y actuar: “La oración restablece al hombre en la semejanza con Dios” (CEC 2572).

Al nutrirnos diariamente de estos momentos fuertes e intensos de encuentro con el Señor podremos hacer que toda nuestra acción se vaya haciendo cada vez más acción según el Plan de Dios, tornándose la acción misma un continuo acto de alabanza al Padre. Es justamente a esto a lo que debemos aspirar si queremos ser verdaderos discípulos de Cristo que sean luz del mundo y sal de la tierra: a una oración sin interrupción, por la que permanecemos siempre en presencia de Dios.

La oración es como el oxígeno para el ser humano. Ella va acompañando nuestra vida, nuestra lucha por responder al llamado, nuestro creciente proceso de conversión, que termina con el último suspiro. Que María nos enseñe a vivir bajo la inspiración del Espíritu Santo, buscando siempre y en todo momento luchar contra cuanto pueda estar en nuestra vida en contraste con el Plan de Dios, purificando nuestras intenciones, y acogiendo la gracia que ha sido derramada en nuestros corazones para que no sea estéril en nuestro corazón.

Homilía Domingo XV del TO/C: el buen samaritano

Domingo XV del TO/C

(Cfr. Papa Francisco, audiencia general, 27 de abril de 2016)

Esta parábola es un regalo maravilloso para todos nosotros, y ¡también un compromiso!

     Esta parábola es un regalo maravilloso para todos nosotros, y ¡también un compromiso!

En pleno año jubilar de la misericordia nos sorprende este evangelio de Lucas sobre el buen samaritano, que recoge todos los rasgos de la caridad misericordiosa, predicados y vividos por Cristo durante su vida terrena, para que también nosotros le imitemos. Recordemos la parábola (cf. Lc 10, 25-37): un doctor de la Ley pone a prueba a Jesús con esta pregunta: “Maestro, ¿qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?” (v. 25). Jesús le pide que se dé a sí mismo la respuesta y aquel, la da a la perfección: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo” (v. 27). Y Jesús concluye: “Haz eso y vivirás” (v. 28).

Entonces aquel hombre hace otra pregunta, que se vuelve muy valiosa para nosotros: “¿Quién es mi prójimo?” (v. 29), y sobrentiende: “¿mis parientes? ¿Mis connacionales? ¿Los de mi religión?…”. En pocas palabras, él quiere una regla clara que le permita clasificar a los demás en ‘prójimo’ y ‘no-prójimo’, en los que pueden convertirse en prójimo y en los que no pueden convertirse en prójimo.

Y Jesús responde con una parábola en la que convergen un sacerdote, un levita y un samaritano. Las dos primeros son figuras relacionadas al culto del templo; el tercero es un judío cismático, considerado como un extranjero, pagano e impuro, es decir, el samaritano.

En el camino de Jerusalén a Jericó, el sacerdote y el levita se encuentran con un hombre moribundo, que los ladrones habían asaltado, saqueado y abandonado. La Ley del Señor en situaciones símiles preveía la obligación de socorrerlo, pero ambos pasan de largo sin detenerse. Tenían prisa… El sacerdote, tal vez, miró su reloj y dijo: ‘Pero, llego tarde a la misa… Tengo que celebrar la misa’. Y el otro dijo: ‘Pero, no sé si la ley me lo permite, porque hay sangre y seré impuro…’. Se van por otro camino y no se acercan.

Y aquí la parábola nos da una primera enseñanza: no es automático que quien frecuenta la casa de Dios y conoce su misericordia sepa amar al prójimo. ¡No es automático! Puedes conocer toda la Biblia, puedes conocer todas las rúbricas litúrgicas, puedes aprender toda la teología, pero de conocer no es automático el amar: amar tiene otro camino, es necesaria la inteligencia pero también algo más… El sacerdote y el levita ven, pero ignoran; miran, pero no proveen. Sin embargo, no existe un verdadero culto si no se traduce en servicio al prójimo.

No olvidemos nunca: frente al sufrimiento de mucha gente agotada por el hambre, la violencia y las injusticias, no podemos permanecer como espectadores. Ignorar el sufrimiento del hombre, ¿qué significa? ¡Significa ignorar a Dios! Si yo no me acerco a ese hombre, a esa mujer, a ese niño, a ese anciano o a esa anciana que sufre, no me acerco a Dios.

Pero vamos al centro de la parábola: el samaritano, que es precisamente aquel despreciado, aquel por el que nadie habría apostado nada, y que igualmente tenía sus compromisos y sus cosas que hacer, cuando vio al hombre herido, no pasó de largo como los otros dos, que estaban ligados al templo, sino que ‘tuvo compasión’ (v. 33). Así dice el Evangelio: “Tuvo compasión”, es decir, ¡el corazón, las entrañas se conmovieron! Esa es la diferencia. Los otros dos ‘vieron’, pero sus corazones permanecieron cerrados, fríos. En cambio, el corazón del samaritano estaba en sintonía con el corazón de Dios.

De hecho, la ‘compasión’ es una característica esencial de la misericordia de Dios. Dios tiene compasión de nosotros. ¿Qué quiere decir? Sufre con nosotros y nuestros sufrimientos Él los siente. Compasión significa ‘padecer con’. El verbo indica que las entrañas se mueven y tiemblan ante el mal del hombre. Y en los gestos y en las acciones del buen samaritano reconocemos el actuar misericordioso de Dios en toda la historia de la salvación. Es la misma compasión con la que el Señor viene al encuentro de cada uno de nosotros: Él no nos ignora, conoce nuestros dolores, sabe cuánto necesitamos ayuda y consuelo. Nos está cerca y no nos abandona nunca.

Cada uno de nosotros, que se haga la pregunta y responda en el corazón: “¿Yo lo creo? ¿Creo que el Señor tiene compasión de mí, así como soy, pecador, con muchos problemas y tantas cosas?”. Piensen en esto, y la respuesta es: ‘¡Sí!’. Pero cada uno tiene que mirar en el corazón si tiene fe en esta compasión de Dios, de Dios bueno que se acerca, nos cura, nos acaricia. Y si nosotros lo rechazamos, Él espera: es paciente y está siempre a nuestro lado.

El samaritano actúa con verdadera misericordia: venda las heridas de aquel hombre, lo lleva a una posada, se hace cargo personalmente y provee para su asistencia. Todo esto nos enseña que la compasión, el amor, no es un sentimiento vago, sino que significa cuidar del otro hasta pagar en persona. Significa comprometerse realizando todos los pasos necesarios para «acercarse» al otro hasta identificarse con él: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Este es el mandamiento del Señor.

Concluida la parábola, Jesús da la vuelta a la pregunta del doctor de la Ley y le pregunta: “¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?” (v. 36). La respuesta es finalmente inequívoca: “El que practicó la misericordia con él” (v. 37). Tú puedes convertirte en prójimo de cualquier persona en necesidad, y lo serás si en tu corazón hay compasión, es decir, si tienes esa capacidad de sufrir con el otro.

Esta parábola es un regalo maravilloso para todos nosotros, y ¡también un compromiso! A cada uno de nosotros, Jesús le repite lo que le dijo al doctor de la Ley: “Vete y haz tú lo mismo” (v. 37). Todos estamos llamados a recorrer el mismo camino del buen samaritano, que es la figura de Cristo: Jesús se ha inclinado sobre nosotros, se ha convertido en nuestro servidor, y así nos ha salvado, para que también nosotros podamos amarnos los unos a los otros como Él nos ha amado, del mismo modo.