Homilía Domingo XV/A

Domingo XV/A (Is 55, 10-11; Rm 8, 18-23; Mt 13, 1-2)

Diversos tipos ante la Palabra que Dios siembra a diario en el corazón

Y la verdadera protagonista de esta parábola es precisamente la semilla, que produce mayor o menor fruto según el terreno donde cae.

Y la verdadera protagonista de esta parábola es precisamente la semilla, que produce mayor o menor fruto según el terreno donde cae.

El Evangelio nos presenta a Jesús predicando a orillas del lago de Galilea, y dado que lo rodeaba una gran multitud, subió a una barca, se alejó un poco de la orilla y predicaba desde allí. Cuando habla al pueblo, Jesús usa muchas parábolas: un lenguaje comprensible a todos, con imágenes tomadas de la naturaleza y de las situaciones de la vida cotidiana.

La primera que relata es una introducción a todas las parábolas: es la parábola del sembrador, que sin guardarse nada arroja su semilla en todo tipo de terreno. Y la verdadera protagonista de esta parábola es precisamente la semilla, que produce mayor o menor fruto según el terreno donde cae. Los primeros tres terrenos son improductivos: a lo largo del camino los pájaros se comen la semilla; en el terreno pedregoso los brotes se secan rápidamente porque no tienen raíz; en medio de las zarzas las espinas ahogan la semilla. El cuarto terreno es el terreno bueno, y sólo allí la semilla prende y da fruto.  (Homilía de S.S. Francisco, 13 de julio de 2014).

No es problema del sembrador, que es magnífico. No es problema de la semilla, que tiene la potencia de germinar y dar fruto. El problema es el terreno donde cae esa semilla. Diversos tipos de personas ante la Palabra que Dios siembra a diario en el corazón.

Como Jesús mismo explica a sus discípulos, este sembrador representa al Padre, que esparce abundantemente la semilla de su Palabra. La semilla, sin embargo, se encuentra a menudo con la aridez de nuestro corazón, e incluso cuando es acogida corre el riesgo de permanecer estéril.

Esta parábola habla hoy a cada uno de nosotros, como hablaba a quienes escuchaban a Jesús hace dos mil años. Nos recuerda que nosotros somos el terreno donde el Señor arroja incansablemente la semilla de su Palabra y de su amor. ¿Con qué disposición la acogemos? Y podemos plantearnos la pregunta: ¿cómo es nuestro corazón? ¿A qué terreno se parece: a un camino, a un pedregal, a una zarza? Depende de nosotros convertirnos en terreno bueno sin espinas ni piedras, pero trabajado y cultivado con cuidado, a fin de que pueda dar buenos frutos para nosotros y para nuestros hermanos.

El Papa Francisco en la vigilia de oración con los jóvenes (en Río de Janeiro 2013) los cuestionaba así: Jesús nos dice que las simientes que cayeron al borde del camino, o entre las piedras y en medio de espinas, no dieron fruto. Creo que con honestidad podemos hacernos la pregunta: ¿Qué clase de terreno somos, qué clase de terreno queremos ser?

Quizás a veces somos como el camino: escuchamos al Señor, pero no cambia nada en nuestra vida, porque nos dejamos engañar por tantos reclamos superficiales que escuchamos. Yo les pregunto, pero no contesten ahora, cada uno conteste en su corazón: ¿Yo soy una persona seducida por las voces de las sirenas del mundo?

O somos como el terreno pedregoso: acogemos a Jesús con entusiasmo, pero somos inconstantes ante las dificultades, no tenemos el valor de ir a contracorriente. Cada uno contestemos en nuestro corazón: ¿Tengo valor o soy cobarde?

O somos como el terreno espinoso: las cosas, las pasiones negativas sofocan en nosotros las palabras del Señor (cf. Mt 13,18-22). ¿Tengo en mi corazón la costumbre de jugar a dos aguas, y quedar bien con Dios y quedar bien con el diablo? ¿Querer recibir la semilla de Jesús y a la vez regar las espinas y los cardos que nacen en mi corazón? Cada uno en silencio se contesta. 

Hoy, sin embargo, yo estoy seguro de que la simiente puede caer en buena tierra. Pero alguien puede decir: No padre, yo no soy buena tierra, soy una calamidad, estoy lleno de piedras, de espinas, y de todo. Sí, puede que por arriba, pero haz un pedacito, haz un cachito de buena tierra y deja que caiga allí, y vas a ver cómo germina.

No olvidemos que también nosotros, por nuestro bautismo, somos sembradores; y también aquí podemos plantearnos la pregunta: ¿qué tipo de semilla sale de nuestro corazón y de nuestra boca?, ¿Qué he sembrado en mi familia…? (S.S. Francisco, 13 de julio de 2014).

Levantemos nuestros ojos hacia la Virgen. Ella nos ayuda a seguir a Jesús, nos da ejemplo con su ‘sí’ a Dios: “Aquí está la esclava del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho” (Lc 1,38). Se lo decimos también nosotros a Dios de todo corazón, junto con María: Hágase en mí según tu palabra.

 

Homilía Domingo XIV/A

Domingo XIV/A (Zac 9, 9-10; Rom 8, 9.11-13; Mt 11, 25-30)

“…soy manso y humilde de corazón”

“Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso.

“Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso.

Hoy en el Evangelio el Señor Jesús nos repite esas palabras que conocemos tan bien, pero que siempre nos deberían de conmover: “Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso. Tomen sobre ustedes mi yugo, y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón; y encontrarán descanso para sus almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera” (Mt 11, 28-30).

Veamos los distintos cansancios que sufrimos todos. Está el cansancio físico, propio de nuestro desgaste por el trabajo manual, profesional y ministerial: se cansa el obrero, la madre de familia haciendo las faenas de casa, el profesor dando sus clases, el médico y el enfermero en el hospital, el empresario y el sacerdote, el comunicador y el deportista. Está el cansancio psicológico y afectivo, provocado por personas que nos rodean, tal vez en nuestra propia casa, y que no están de acuerdo con nosotros, que no comparten la misma fe y amor, que nos son hostiles o indiferentes; este cansancio nos agobia y gasta nuestras energías. Está el cansancio espiritual, permitido por Dios para probar nuestra fe, esperanza y caridad; cuántas veces sentimos cansancio en la fe y en la esperanza. Está el cansancio moral de quien lleva a cuestas su conciencia pesada y no logra deshacerse de sus culpas y pecados.

¿Qué hacer con nuestros cansancios? Jesús hoy nos llama: “Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados por la carga, y Yo les daré descanso”. Te espera en la Eucaristía para fortalecer tus fuerzas espirituales. Te espera en la confesión para reponer tus fuerzas rotas. Te espera en la lectura de los santos evangelios para animarte y consolarte. San Pablo te diría hoy en la segunda lectura: “No vivan conforme al desorden egoísta, sino conforme al Espíritu”, es decir, vive una vida honesta y honrada siguiendo los diez mandamientos.

El profeta Zacarías también tiene un consejo para nuestra paz y descanso interior: “Vive en la humildad”, pues no hay vicio que más destruya la paz que la soberbia. Si fuéramos un poco más sencillos, no amantes de grandezas, si tuviéramos “ojos de niño” y un corazón más humilde, tendríamos mayor armonía interior, una paz más serena en nuestras relaciones con los demás, una sabiduría más profunda y una fe más estimulante y activa. Seríamos más felices y encontraríamos paz y descanso en Cristo Jesús. Pues en el Reino de Dios se premia la modestia y la humildad. Por el contrario, en los negocios terrenos, con frecuencia vencen el arribismo y la prepotencia; las consecuencias están ante los ojos de todos: rivalidades, abusos, frustraciones.

Y el Papa Francisco dice que pensemos “…en Jesús cuando le dan una bofetada: qué humildad, qué mansedumbre. Podía insultar y en cambio ha hecho solo una pregunta humilde y mansa. Pensemos en Jesús, en su pasión. El profeta dice de Él: ‘como una oveja que va al matadero, no grita nada’. La humildad. Humildad y mansedumbre: estas son las armas que el príncipe del mundo, el espíritu del mundo no tolera, porque sus propuestas son de poder mundano, propuestas de vanidad, propuestas de riquezas. La humildad y la mansedumbre no las tolera”. Jesús es manso y humilde de corazón y “hoy nos hace pensar en este odio del príncipe del mundo contra nosotros, contra los seguidores de Jesús”. Y pensemos en las armas que tenemos para defendernos: “sigamos siendo ovejitas, porque así tendremos un pastor que nos defienda”.

“En este mundo no hay lugar para los débiles”, es una máxima aprendida a sangre y fuego, a dolor y experiencia por muchos de los niños y jóvenes de nuestros tiempos. Estamos en la ley de la selva o del asfalto: el grande se come al pequeño, el fuerte somete al débil y todos buscan sacar provecho del otro. ¿No es cierto que las naciones poderosas explotan los recursos de las naciones pobres? ¿No es verdad que las grandes empresas se van comiendo a las pequeñas hasta dejarlas en la ruina? Lo mismo sucede en los barrios y en las familias. El hombre fuerte, el insensible, el que aplasta, aparece como modelo para la juventud. Por el contrario Jesús va a contracorriente y parece descontrolarnos con sus frases profundas y cuestionantes: “gracias… por la gente sencilla… aprendan de Mí que soy manso y humilde de corazón”.

Pero no sólo pensemos en lo que nos puedan hacer, sino también en nuestras opresiones: Dios hoy también nos compromete a ayudar a nuestros hermanos, a ser cireneos, pues muchos de ellos sufren cansancios más duros que los nuestros. Date tiempo y diálogo con esos que están en la cuneta con cansancio del alma y del corazón. Acércate a ellos para ayudarles a llevar ese fardo pesado, como hace Cristo con nosotros. Y sobre todo, no eches en las espaldas de los otros tus sacos de disgustos y reclamos, tus rebeldías y enojos. Al contrario, pon tu espalda para que otros te carguen sus penas y dolores.

¿Cuáles son mis cansancios? ¿Qué hago ante mis cansancios? ¿Ayudo a mis hermanos para aliviar sus cansancios o les hundo más en ellos? Invoquemos a María santísima, que acoge bajo su mato a todas las personas cansadas y acabadas, para que a través de una fe iluminada, testimoniada con la vida, podamos ser alivio para quienes necesitan ayuda, ternura y esperanza”.

 

Homilía Domingo XIII Ordinario

Domingo XIII Ordinario/A

2 Re 4,8-11. 14-16ª; Sal 88,2-3. 16-17. 18-19; Rom 6,3-4.8-11;

Mt 10,37-42

“El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mi; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mi”.

“El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mi; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mi”.

Jesús no nos lo pone fácil, no! El evangelio de hoy empieza con unas frases muy fuertes: “El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mi; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mi”.

Jesús habla así, y da la impresión como si fuera un rival, un adversario de las personas que tenemos a nuestro lado, de las personas que nos sentimos llamados a amar más: nuestra familia. ¿Qué quiere decir esto?, ¿acaso Jesús está en contra de la familia, y nos pide que la dejemos de lado y no nos preocupemos de ella?

Realmente, ¡nos resultaría muy extraño que Jesús nos pidiera semejante cosa! Sería inhumano… Jesús no nos pide que dejemos de lado a la familia, o que no nos preocupemos de ella. Pero sí nos advierte de los peligros que tenemos a la hora de pensar en nuestra familia y en las demás cosas que tenemos cerca y queremos. Jesús nos advierte de esto porque lo que él quiere, lo que él sí nos exige, es que, en todo lo que vivimos, en todo lo que hacemos, pongamos por encima de todo sus criterios: lo pongamos a él, a su Evangelio, por encima de todo.

El amor a Jesucristo no anula el amor a la propia sangre. La clave está en recordar los mandamientos ya conocidos: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos, y no al revés: querer poner en la vida primero a los de la propia sangre, a nosotros mismos y lo nuestro, antes que a Dios. Primero es el Creador y luego la creatura: Jesús nos recuerda que él es el Señor y centro de nuestra vida y que, porque él está en nosotros podemos y demos amar a los nuestros y al prójimo. De hecho, si no ponemos el amor de Dios el centro de la vida, no podremos amar debidamente a nadie, pues él es la fuente del amor, es el amor.

El espíritu del Evangelio debe impregnar nuestra vida entera. Estos son los peligros que Jesús nos dice que tenemos con la familia: olvidarnos de Él y quedar atrapados en el egoísmo y sin capacidad de amar y ser amos y salvados. Dudar, tener miedo de amar primero a la persona, la vida y el mensaje de Jesús, querría decir que no creemos suficientemente en él, que no queremos realmente que el espíritu de su Evangelio impregne de verdad toda nuestra vida. Porque se trata de que el Evangelio nos llene totalmente, impregne todos los poros de nuestra piel. Por eso, Jesús, después de hablar de los padres y los hijos, añade: “El que no carga su cruz y me sigue no es digno de mí”.

Y aquí el meollo de la cuestión. “Coger la cruz” no quiere decir únicamente aguantar con espíritu sereno aquellos males que no podemos resolver. “Coger la cruz” quiere decir seguir el camino de Jesús como él nos enseñó, afrontando los esfuerzos, sufrimientos y renuncias que este seguimiento comporta. Amar, ser generoso, trabajar al servicio de los demás, luchar por la justicia…; cargar la cruz es hacer la voluntad del Padre, que nos ama, ya trabajemos, ya descansemos, en la salud y en la enfermedad; en los éxitos y en los aparentes tropiezos…

Cuesta el ir detrás de Jesús y cargar su cruz y, a veces, comporta rupturas, y puede llegar a significar persecución como lo significó para Jesús. Pero este es el camino de la felicidad y de la vida. Es el camino que nosotros queremos seguir. Es el camino que a nosotros nos ha tocado el corazón y nos ha cautivado por dentro.

Jesús, la noche antes de llegar al final de su camino, el día antes de la cruz, se ha quedado con nosotros en la Eucaristía por siempre, como señal de su amor eterno, que es más fuerte que la muerte, que el mal, que el pecado, que todo egoísmo. Y nosotros, cuando cada domingo nos reunimos aquí para recibir este alimento, experimentamos su presencia, el don de su mismo Espíritu que nos empuja en su camino.

Demos gracias, por manos de María, por ello y queramos corresponder a la presencia de Jesús y a su amor, poniéndolo en el centro de nuestra vida, que él sea “el mero, mero” en nuestra vida, él es nuestro Salvador y Señor, en él está el amor y la paz, la luz y la verdad.

 

Homilía XII Domingo Ordinario/A

 

 

XII Domingo Ordinario/A

No tengan miedo

En el fragmento evangélico que hemos escuchado Jesús en varias ocasiones nos invita a no tener miedo, a vivir sin miedo.

En el fragmento evangélico que hemos escuchado Jesús en varias ocasiones nos invita a no tener miedo, a vivir sin miedo.

En el fragmento evangélico que hemos escuchado Jesús en varias ocasiones nos invita a no tener miedo, a vivir sin miedo (Evangelio), porque el Señor ha salvado la vida de su pobre de la mano de los malvados (Primera lectura). Por una parte, “no teman a los hombres”, y por otra “teman” a Dios (cf. Mt 10, 26. 28). Benedicto XVI enseña que podemos distinguir “entre los miedos humanos y el temor de Dios. El miedo es una dimensión natural de la vida. Desde la infancia se experimentan formas de miedo que luego se revelan imaginarias y desaparecen; sucesivamente emergen otras, que tienen fundamentos precisos en la realidad:  estas se deben afrontar y superar con esfuerzo humano y con confianza en Dios. Pero también hay, sobre todo hoy, una forma de miedo más profunda, de tipo existencial, que a veces se transforma en angustia: nace de un sentido de vacío, asociado a cierta cultura impregnada de un nihilismo teórico y práctico generalizado”.

“Ante el amplio y diversificado panorama de los miedos humanos, la palabra de Dios es clara: quien ‘teme’ a Dios ‘no tiene miedo’. El temor de Dios, que las Escrituras definen como “el principio de la verdadera sabiduría”, coincide con la fe en él, con el respeto sagrado a su autoridad sobre la vida y sobre el mundo. No  tener ‘temor de Dios’ equivale a  ponerse en su lugar, a sentirse señores  del bien y del mal, de la vida y de la muerte. En cambio, quien teme a Dios  siente  en  sí  la seguridad que tiene el niño en los brazos de su madre (cf. Sal 131, 2): quien teme a Dios permanece tranquilo incluso en medio de las tempestades, porque Dios, como nos lo reveló Jesús, es Padre lleno de misericordia y bondad”.

El Papa Francisco dice que “Cuando estamos invadidos por el temor de Dios, entonces estamos predispuestos a seguir al Señor con humildad, docilidad y obediencia. Esto, sin embargo, no con actitud resignada y pasiva, incluso quejumbrosa, sino con el estupor y la alegría de un hijo que se ve servido y amado por el Padre. El temor de Dios, por lo tanto, no hace de nosotros cristianos tímidos, sumisos, sino que genera en nosotros valentía y fuerza. Es un don que hace de nosotros cristianos convencidos, entusiastas, que no permanecen sometidos al Señor por miedo, sino porque son movidos y conquistados por su amor. Ser conquistados por el amor de Dios. Y esto es algo hermoso. Dejarnos conquistar por este amor de papá, que nos quiere mucho, nos ama con todo su corazón.

“Quien lo ama no tiene miedo:  “No hay  temor  en el amor -escribe el apóstol san Juan-; sino que el amor perfecto  expulsa  el  temor, porque el temor  mira al castigo; quien teme no ha  llegado  a  la  plenitud en el amor” (1 Jn 4, 18). Por consiguiente, el creyente no se asusta ante nada, porque sabe que está en las manos de Dios, sabe que el mal y lo irracional no tienen la última palabra, sino que el único Señor del mundo y de la vida es Cristo, el Verbo de Dios encarnado, que nos amó hasta sacrificarse a sí mismo, muriendo en la cruz por nuestra salvación”.

Todos, pues, ¡tenemos muchos problemas!, que nos dan miedo. Lo importante es estar siempre atentos para escuchar en el corazón la palabra consoladora de Cristo: “No tengan miedo”. No tengamos miedo a que Cristo se vaya metiendo en nuestro corazón, y nos pida cosas, sino más bien “tomemos la mano que él nos tiende: es una mano que no nos quiere quitar nada, sino sólo dar…”. “Teman más bien al que puede hacer perder alma y cuerpo en el infierno”. Al que hemos de temer es al demonio -que nos tienta casi sin que nos demos cuenta-, y al pecado, que nos quita la gracia. “No debemos desconfiar de Dios ni desesperar de su misericordia; no dudemos ni desesperemos de poder ser mejores: porque, aunque el demonio nos haya podido precipitar desde las alturas de la virtud a los abismos del mal, ¿cuánto mejor podrá Dios volvernos a la cumbre del bien, y no solamente reintegrarnos al estado que teníamos antes de la caída, sino también hacernos más feliz de lo que parecías antes?” (Rábano Mauro).

No debemos tener miedo porque estamos en las manos de Dios; si Él lleva cuenta hasta de los cabellos de nuestra cabeza y de los gorriones del campo, cuánto más no cuidará de nosotros, que somos sus hijos. No tengamos miedo, no, pues los que persiguen a los discípulos de Jesús podrán matar el cuerpo, pero no el alma ni la libertad interior. No tengamos miedo, pues el mismo Jesús, ante su Padre, dará testimonio de nosotros si nosotros le somos fieles. ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abramos, abramos de par en par las puertas a Cristo, y encontraremos la verdadera vida.

 

 

Homilía XI Domingo del tiempo ordinario/A

XI Domingo del tiempo ordinario/A

El programa misionero de Jesús. (Mt 9, 36-10, 8)

El programa misionero de Jesús. (Mt 9, 36-10, 8)

     El programa misionero de Jesús. (Mt 9, 36-10, 8)

Este domingo nos encontramos, en el evangelio, con la vocación y la misión de los doce. Jesús llama a sus discípulos y los envía a llevar el Evangelio: es Él quien llama. El Evangelio dice que los llamó, los envió y les dio autoridad: en la vocación de los discípulos, el Señor da el poder: el poder de expulsar los espíritus impuros para liberar, para curar. Este es el poder que da Jesús. Él, en efecto, no da el poder de proyectar o hacer grandes empresas; el poder, el mismo poder que tenía Él, el poder que Él había recibido del Padre, se lo entrega. Y lo hace con un consejo claro: vayan en comunidad, pero para el viaje no lleven nada más que un bastón, ni pan, ni alforja, ni dinero: ¡siendo pobres!

El contenido fundamental de esa misión, se resume en el “Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos. Curen a los leprosos y demás enfermos; resuciten a los muertos y echen fuera a los demonios”. Y todo, desinteresadamente: “gratuitamente han recibido este poder, ejérzanlo, pues, gratuitamente”. Son las dos grandes líneas de la misión evangelizadora, que también hoy tenemos que revisar cómo la llevamos a cabo en nuestra familia, en nuestra parroquia y en cada uno de nosotros, en nuestra vida de cada día: predicar y curar; anunciar la buena noticia de la salvación de Dios y concretarla en signos explícitos.

Jesús realizó la misión que el Padre le encomendó y, también enseñó a sus discípulos cómo debían continuar esa misión. Nosotros, amigos de Jesús y discípulos suyos, sabemos que la misión de Jesús debemos continuarla.

En efecto, no solamente son misioneros los que van lejos; lo somos “también nosotros, misioneros cristianos, que decimos una palabra buena de salvación. Ese es el don que nos da Jesús con el Espíritu Santo. Este anuncio: “El Reino de Dios está cerca de ustedes porque Jesús nos ha acercado a Dios. Dios se ha hecho uno de nosotros; en Jesús reina entre nosotros y su amor misericordioso derrota al pecado y a la miseria humana.

Y la buena noticia que los “obreros” deben llevar a todos es un mensaje de esperanza y consuelo, de paz y de caridad al igual que Jesús que cuando mandaba a los discípulos a las aldeas les decía: “…curen enfermos, resuciten muertos, limpien a los leprosos, echen demonios”. Todo esto significa que el Reino de Dios se construye día a día y da ya, en esta tierra, sus frutos de conversión, de purificación, de amor y de consuelo entre los hombres (Papa Francisco, Ángelus, 3 de julio de 2016).

Refiriéndose al espíritu con que los discípulos deben desempeñar esta misión, el evangelio advierte de que deben ser conscientes de la realidad difícil y a veces hostil que les espera. “Jesús no ahorra palabras en este sentido cuando dice: “Los envío como corderos en medio de lobos”. La hostilidad está siempre en  el inicio de las persecuciones contra los cristianos porque Jesús sabe que la misión está obstaculizada por la obra del maligno. Por eso, el obrero del evangelio se esforzará en ser libre de condicionamientos humanos de cualquier tipo, sin llevar bolsa, ni alforja, ni sandalias, como recomendaba Jesús, para confiar solamente en la potencia de la Cruz de Cristo. Esto significa abandonar cualquier motivo de vanidad personal, de carrerismo o sed de poder y hacerse humildemente instrumentos de la salvación obrada por el sacrificio de Jesús”.

La del cristiano  en el mundo es una misión…destinada a todos, es una misión de servicio; requiere tanta generosidad, y sobre todo, tener la mirada y el corazón, dirigidos a las alturas para invocar la ayuda del Señor. Todos estamos llamados a establecer el Reino en nuestro corazón y en el corazón de los más próximos…

Pidamos la intercesión de la Virgen María… para que no falten en la Iglesia corazones generosos que trabajen para llevar a todos el amor y la ternura del Padre celestial.

 

Homilía Solemnidad de la Santísima Trinidad/A

Solemnidad de la Santísima Trinidad/A

(Ex 34, 4.6.8-9; 2Co 13, 11-13; Jn 3, 16-18)

Jesús nos reveló que Dios es amor “no en la unidad de una sola persona, sino en la Trinidad de una sola sustancia” (Prefacio)

Jesús nos reveló que Dios es amor “no en la unidad de una sola persona, sino en la Trinidad de una sola sustancia” (Prefacio)

Hoy es el domingo de la Santísima Trinidad. La luz del tiempo pascual y de Pentecostés renueva cada año en nosotros la alegría y el estupor de la fe: reconocemos que Dios no es una cosa vaga, nuestro Dios no es un Dios «spray», es concreto, no es un abstracto, sino que tiene un nombre: «Dios es amor». No es un amor sentimental, emotivo, sino el amor del Padre que está en el origen de cada vida, el amor del Hijo que muere en la cruz y resucita, el amor del Espíritu que renueva al hombre y el mundo. Pensar en que Dios es amor nos hace mucho bien, porque nos enseña a amar, a darnos a los demás como Jesús se dio a nosotros, y camina con nosotros. Jesús camina con nosotros en el camino de la vida (Papa Francisco, 26 de mayo de 2013).

Jesús nos reveló que Dios es amor “no en la unidad de una sola persona, sino en la Trinidad de una sola sustancia” (Prefacio): es Creador y Padre misericordioso; es Hijo unigénito, eterna Sabiduría encarnada, muerto y resucitado por nosotros; es Espíritu Santo, que lo mueve todo, el cosmos y la historia, hacia la plena recapitulación final. Tres Personas que son un solo Dios, porque el Padre es amor, el Hijo es amor y el Espíritu es amor. Dios es todo amor y sólo amor, amor purísimo, infinito y eterno. No vive en una espléndida soledad, sino que más bien es fuente inagotable de vida que se entrega y comunica incesantemente.

En la Trinidad reconocemos también el modelo de la Iglesia, en la cual estamos llamados a amarnos como Jesús nos ha amado. Es el amor el signo concreto que manifiesta la fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Es el amor el distintivo del cristiano, como nos ha dicho Jesús: “En esto conocerán todos que son discípulos míos: si se tienen amor los unos a los otros” (Jn 13, 35).

Es una contradicción pensar en cristianos que se odian. Es una contradicción. Y esto busca siempre el diablo: hacer que nos odiemos. Porque él siembra siempre la cizaña del odio. Él no conoce el amor, el amor es de Dios.

Todos estamos llamados a testimoniar y anunciar el mensaje que “Dios es amor”, que Dios no es lejano o insensible a nuestras situaciones humanas. Él está cerca, está siempre a nuestro lado, camina con nosotros para compartir nuestras alegrías y nuestros dolores, nuestras esperanzas y nuestras fatigas. Nos ama tanto y hasta tal punto que se ha hecho carne, ha venido al mundo no para juzgarlo sino para que el mundo se salve por medio de Jesús (cfr Jn 3, 16-17). Y esto es el amor de Dios en Jesús, este amor que es tan difícil de entender, pero nosotros lo sentimos cuando nos acercamos a Jesús y Él nos perdona siempre, Él nos espera siempre, Él nos ama tanto. Y el amor de Jesús que nosotros sentimos, es el amor de Dios.

El Espíritu Santo, don de Jesús Resucitado, nos comunica la vida divina y así nos hace entrar en el dinamismo de la Trinidad, que es un dinamismo de amor, de comunión, de servicio recíproco, de compartir. Una persona que ama a los otros por la alegría misma de amar es reflejo de la Trinidad. Una familia en la que se aman y se ayudan los unos a los otros es un reflejo de la Trinidad. Una parroquia en la que se quieren y se comparten los bienes espirituales y materiales es un reflejo de la Trinidad.

El amor verdadero no tiene límites para ir al encuentro del otro, para respetar la libertad del otro. Los domingos venimos a misa, celebramos juntos la eucaristía. Y la Eucaristía es como la “zarza ardiente” en la que humildemente habita y se comunica la Trinidad. Por esto la Iglesia ha puesto la fiesta del Corpus Domini después de la de la Trinidad. El próximo jueves, aquí, antes de la Misa de 7pm, a las 6:30, haremos la procesión con el Santísimo Sacramento. Los invito a participar para expresar nuestro deseo de ser un pueblo “reunido en la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (San Cipriano). Los espero a todos el próximo jueves para la misa y la procesión del Corpus Christi…

La Virgen María, criatura perfecta de la Trinidad, nos ayude a hacer de toda nuestra vida, en los pequeños gestos y en las elecciones más importantes, un himno de alabanza a Dios que es Amor.

 

Homilía Solemnidad de Pentecostés/A

Solemnidad de Pentecostés/A (He 2, 1-11; 1Co 12, 3-7.12-13; Jn 20, 19-23)

...efusión del Espíritu Santo sobre los Apóstoles reunidos junto con María, la Madre del Señor,...

…efusión del Espíritu Santo sobre los Apóstoles reunidos junto con María, la Madre del Señor,…

Celebramos hoy la gran fiesta de Pentecostés, con la que se completa el Tiempo de Pascua, cincuenta días después del domingo de Resurrección. Esta solemnidad nos hace recordar y revivir la efusión del Espíritu Santo sobre los Apóstoles y los demás discípulos, reunidos en oración con la Virgen María en el Cenáculo (cf. Hch 2, 1-11). Jesús, después de resucitar y subir al cielo, envía a la Iglesia su Espíritu para que cada cristiano pueda participar en su misma vida divina y se convierta en su testigo en el mundo.

El Espíritu Santo hoy se manifiesta como viento, como soplo vivificador. El Espíritu Santo es como el alma de la Iglesia, que infunde santidad y estabilidad, a pesar de todos los pecados y miserias de sus integrantes. Es soplo que barre toda escoria para dejar en cada corazón el aroma del cielo. Si la Iglesia fuera solamente una institución humana, hace tiempo que se hubiera corrompido y desaparecido totalmente; como sucedió a tantas empresas e imperios humanos. La Iglesia, a pesar de retrocesos, contramarchas y crisis terribles, permanece siempre con el aroma de lo esencial, pues el Espíritu es soplo que limpia y purifica. El Espíritu Santo, irrumpiendo en la historia, derrota su aridez, abre los corazones a la esperanza, estimula y favorece en nosotros la maduración interior en la relación con Dios y con el prójimo.

En uno de sus sermones, san Agustín llama a la Iglesia “Societas Spiritus”, sociedad del Espíritu (Serm. 71, 19, 32: PL 38, 462). Pero ya antes de él san Ireneo había formulado esta otra verdad: “Donde está la Iglesia, allí está el Espíritu de Dios, y donde está el Espíritu de Dios, allí está la Iglesia y toda gracia, y el Espíritu es la verdad; alejarse de la Iglesia significa rechazar al Espíritu” y por eso “excluirse de la vida” (Adv. haer. III, 24, 1).

El Espíritu Santo también se manifiesta como fuego. Ese viento se convierte también en fuego que arde por dentro y nos lleva a salir fuera a todas las periferias existenciales, como diría el Papa Francisco, para incendiar este mundo con la palabra del Evangelio. En Pentecostés nace la Iglesia misionera y ardorosa, lanzada a llevar el calor divino a todos los lugares del mundo. Siempre tendremos la tentación de volver al Cenáculo y a cerrar la puerta, especialmente cuando fuera soplan vientos de contradicción. Solamente el Espíritu nos dará fuerza para vencer esos miedos y parálisis, como hizo con los primeros apóstoles, que de apocados y miedosos, los convirtió en intrépidos y audaces mensajeros de la Buena Nueva, que llevaron con ardor misionero el mensaje de salvación de Jesús.

El Espíritu Santo se manifiesta como lengua. La lengua del Espíritu Santo es una: la caridad, que nos une a todos en un mismo corazón y una misma alma. Y con esa lengua, la caridad, formamos un solo cuerpo en Cristo por el Espíritu (segunda lectura); y con esa lengua podemos hacernos entender por todas partes, como sucedió a los apóstoles, y llevar a todo el mundo el mensaje del amor y perdón traído por Cristo a este mundo (primera lectura y evangelio). Lo que destruye esta lengua del Espíritu son los mil dialectos ideológicos que a veces queremos hablar en las relaciones con los demás para defender nuestro egoísmo, nuestros intereses y nuestras ambiciones. En el Cenáculo, donde el Espíritu Santo es infundido, las diferencias y las divisiones son superadas. La verdadera unidad sólo proviene de Dios Espíritu que es principio de cohesión (segunda lectura).

Por consiguiente, en el gran “abrazo” de Pentecostés, la misma persona de Jesús, Resucitado y Ascendido al cielo, se hace presente, hasta el fin de los tiempos, en todos sus discípulos y, a través de ellos, por obra del mismo Espíritu, se dilata en un eterno respiro de misericordia. Para esta obra divina la realidad de la Persona y del Amor salvífico de Cristo no permanece “lejana”, ésta presencia es la raíz misma de nuestro ser, la nueva realidad en la cual vivimos, aquella fuerza de Amor que “habita” en nosotros y que pide, durante la peregrinación terrena, poder actuar en el mundo a través de nosotros.

Este es el misterio de Pentecostés:  el Espíritu Santo ilumina el corazón humano y, al revelar a Cristo crucificado y resucitado, indica el camino para llegar a ser más semejantes a él, o sea, ser “expresión e instrumento del amor que proviene de él” (Deus caritas est, 33). Reunida con María, como en su nacimiento, la Iglesia hoy implora: “Veni, Sancte Spiritus!”, “¡Ven, Espíritu Santo! Llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor”.