Homilía XII Domingo Ordinario/A

 

 

XII Domingo Ordinario/A

No tengan miedo

En el fragmento evangélico que hemos escuchado Jesús en varias ocasiones nos invita a no tener miedo, a vivir sin miedo.

En el fragmento evangélico que hemos escuchado Jesús en varias ocasiones nos invita a no tener miedo, a vivir sin miedo.

En el fragmento evangélico que hemos escuchado Jesús en varias ocasiones nos invita a no tener miedo, a vivir sin miedo (Evangelio), porque el Señor ha salvado la vida de su pobre de la mano de los malvados (Primera lectura). Por una parte, “no teman a los hombres”, y por otra “teman” a Dios (cf. Mt 10, 26. 28). Benedicto XVI enseña que podemos distinguir “entre los miedos humanos y el temor de Dios. El miedo es una dimensión natural de la vida. Desde la infancia se experimentan formas de miedo que luego se revelan imaginarias y desaparecen; sucesivamente emergen otras, que tienen fundamentos precisos en la realidad:  estas se deben afrontar y superar con esfuerzo humano y con confianza en Dios. Pero también hay, sobre todo hoy, una forma de miedo más profunda, de tipo existencial, que a veces se transforma en angustia: nace de un sentido de vacío, asociado a cierta cultura impregnada de un nihilismo teórico y práctico generalizado”.

“Ante el amplio y diversificado panorama de los miedos humanos, la palabra de Dios es clara: quien ‘teme’ a Dios ‘no tiene miedo’. El temor de Dios, que las Escrituras definen como “el principio de la verdadera sabiduría”, coincide con la fe en él, con el respeto sagrado a su autoridad sobre la vida y sobre el mundo. No  tener ‘temor de Dios’ equivale a  ponerse en su lugar, a sentirse señores  del bien y del mal, de la vida y de la muerte. En cambio, quien teme a Dios  siente  en  sí  la seguridad que tiene el niño en los brazos de su madre (cf. Sal 131, 2): quien teme a Dios permanece tranquilo incluso en medio de las tempestades, porque Dios, como nos lo reveló Jesús, es Padre lleno de misericordia y bondad”.

El Papa Francisco dice que “Cuando estamos invadidos por el temor de Dios, entonces estamos predispuestos a seguir al Señor con humildad, docilidad y obediencia. Esto, sin embargo, no con actitud resignada y pasiva, incluso quejumbrosa, sino con el estupor y la alegría de un hijo que se ve servido y amado por el Padre. El temor de Dios, por lo tanto, no hace de nosotros cristianos tímidos, sumisos, sino que genera en nosotros valentía y fuerza. Es un don que hace de nosotros cristianos convencidos, entusiastas, que no permanecen sometidos al Señor por miedo, sino porque son movidos y conquistados por su amor. Ser conquistados por el amor de Dios. Y esto es algo hermoso. Dejarnos conquistar por este amor de papá, que nos quiere mucho, nos ama con todo su corazón.

“Quien lo ama no tiene miedo:  “No hay  temor  en el amor -escribe el apóstol san Juan-; sino que el amor perfecto  expulsa  el  temor, porque el temor  mira al castigo; quien teme no ha  llegado  a  la  plenitud en el amor” (1 Jn 4, 18). Por consiguiente, el creyente no se asusta ante nada, porque sabe que está en las manos de Dios, sabe que el mal y lo irracional no tienen la última palabra, sino que el único Señor del mundo y de la vida es Cristo, el Verbo de Dios encarnado, que nos amó hasta sacrificarse a sí mismo, muriendo en la cruz por nuestra salvación”.

Todos, pues, ¡tenemos muchos problemas!, que nos dan miedo. Lo importante es estar siempre atentos para escuchar en el corazón la palabra consoladora de Cristo: “No tengan miedo”. No tengamos miedo a que Cristo se vaya metiendo en nuestro corazón, y nos pida cosas, sino más bien “tomemos la mano que él nos tiende: es una mano que no nos quiere quitar nada, sino sólo dar…”. “Teman más bien al que puede hacer perder alma y cuerpo en el infierno”. Al que hemos de temer es al demonio -que nos tienta casi sin que nos demos cuenta-, y al pecado, que nos quita la gracia. “No debemos desconfiar de Dios ni desesperar de su misericordia; no dudemos ni desesperemos de poder ser mejores: porque, aunque el demonio nos haya podido precipitar desde las alturas de la virtud a los abismos del mal, ¿cuánto mejor podrá Dios volvernos a la cumbre del bien, y no solamente reintegrarnos al estado que teníamos antes de la caída, sino también hacernos más feliz de lo que parecías antes?” (Rábano Mauro).

No debemos tener miedo porque estamos en las manos de Dios; si Él lleva cuenta hasta de los cabellos de nuestra cabeza y de los gorriones del campo, cuánto más no cuidará de nosotros, que somos sus hijos. No tengamos miedo, no, pues los que persiguen a los discípulos de Jesús podrán matar el cuerpo, pero no el alma ni la libertad interior. No tengamos miedo, pues el mismo Jesús, ante su Padre, dará testimonio de nosotros si nosotros le somos fieles. ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abramos, abramos de par en par las puertas a Cristo, y encontraremos la verdadera vida.

 

 

Homilía XI Domingo del tiempo ordinario/A

XI Domingo del tiempo ordinario/A

El programa misionero de Jesús. (Mt 9, 36-10, 8)

El programa misionero de Jesús. (Mt 9, 36-10, 8)

     El programa misionero de Jesús. (Mt 9, 36-10, 8)

Este domingo nos encontramos, en el evangelio, con la vocación y la misión de los doce. Jesús llama a sus discípulos y los envía a llevar el Evangelio: es Él quien llama. El Evangelio dice que los llamó, los envió y les dio autoridad: en la vocación de los discípulos, el Señor da el poder: el poder de expulsar los espíritus impuros para liberar, para curar. Este es el poder que da Jesús. Él, en efecto, no da el poder de proyectar o hacer grandes empresas; el poder, el mismo poder que tenía Él, el poder que Él había recibido del Padre, se lo entrega. Y lo hace con un consejo claro: vayan en comunidad, pero para el viaje no lleven nada más que un bastón, ni pan, ni alforja, ni dinero: ¡siendo pobres!

El contenido fundamental de esa misión, se resume en el “Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos. Curen a los leprosos y demás enfermos; resuciten a los muertos y echen fuera a los demonios”. Y todo, desinteresadamente: “gratuitamente han recibido este poder, ejérzanlo, pues, gratuitamente”. Son las dos grandes líneas de la misión evangelizadora, que también hoy tenemos que revisar cómo la llevamos a cabo en nuestra familia, en nuestra parroquia y en cada uno de nosotros, en nuestra vida de cada día: predicar y curar; anunciar la buena noticia de la salvación de Dios y concretarla en signos explícitos.

Jesús realizó la misión que el Padre le encomendó y, también enseñó a sus discípulos cómo debían continuar esa misión. Nosotros, amigos de Jesús y discípulos suyos, sabemos que la misión de Jesús debemos continuarla.

En efecto, no solamente son misioneros los que van lejos; lo somos “también nosotros, misioneros cristianos, que decimos una palabra buena de salvación. Ese es el don que nos da Jesús con el Espíritu Santo. Este anuncio: “El Reino de Dios está cerca de ustedes porque Jesús nos ha acercado a Dios. Dios se ha hecho uno de nosotros; en Jesús reina entre nosotros y su amor misericordioso derrota al pecado y a la miseria humana.

Y la buena noticia que los “obreros” deben llevar a todos es un mensaje de esperanza y consuelo, de paz y de caridad al igual que Jesús que cuando mandaba a los discípulos a las aldeas les decía: “…curen enfermos, resuciten muertos, limpien a los leprosos, echen demonios”. Todo esto significa que el Reino de Dios se construye día a día y da ya, en esta tierra, sus frutos de conversión, de purificación, de amor y de consuelo entre los hombres (Papa Francisco, Ángelus, 3 de julio de 2016).

Refiriéndose al espíritu con que los discípulos deben desempeñar esta misión, el evangelio advierte de que deben ser conscientes de la realidad difícil y a veces hostil que les espera. “Jesús no ahorra palabras en este sentido cuando dice: “Los envío como corderos en medio de lobos”. La hostilidad está siempre en  el inicio de las persecuciones contra los cristianos porque Jesús sabe que la misión está obstaculizada por la obra del maligno. Por eso, el obrero del evangelio se esforzará en ser libre de condicionamientos humanos de cualquier tipo, sin llevar bolsa, ni alforja, ni sandalias, como recomendaba Jesús, para confiar solamente en la potencia de la Cruz de Cristo. Esto significa abandonar cualquier motivo de vanidad personal, de carrerismo o sed de poder y hacerse humildemente instrumentos de la salvación obrada por el sacrificio de Jesús”.

La del cristiano  en el mundo es una misión…destinada a todos, es una misión de servicio; requiere tanta generosidad, y sobre todo, tener la mirada y el corazón, dirigidos a las alturas para invocar la ayuda del Señor. Todos estamos llamados a establecer el Reino en nuestro corazón y en el corazón de los más próximos…

Pidamos la intercesión de la Virgen María… para que no falten en la Iglesia corazones generosos que trabajen para llevar a todos el amor y la ternura del Padre celestial.

 

Homilía Solemnidad de la Santísima Trinidad/A

Solemnidad de la Santísima Trinidad/A

(Ex 34, 4.6.8-9; 2Co 13, 11-13; Jn 3, 16-18)

Jesús nos reveló que Dios es amor “no en la unidad de una sola persona, sino en la Trinidad de una sola sustancia” (Prefacio)

Jesús nos reveló que Dios es amor “no en la unidad de una sola persona, sino en la Trinidad de una sola sustancia” (Prefacio)

Hoy es el domingo de la Santísima Trinidad. La luz del tiempo pascual y de Pentecostés renueva cada año en nosotros la alegría y el estupor de la fe: reconocemos que Dios no es una cosa vaga, nuestro Dios no es un Dios «spray», es concreto, no es un abstracto, sino que tiene un nombre: «Dios es amor». No es un amor sentimental, emotivo, sino el amor del Padre que está en el origen de cada vida, el amor del Hijo que muere en la cruz y resucita, el amor del Espíritu que renueva al hombre y el mundo. Pensar en que Dios es amor nos hace mucho bien, porque nos enseña a amar, a darnos a los demás como Jesús se dio a nosotros, y camina con nosotros. Jesús camina con nosotros en el camino de la vida (Papa Francisco, 26 de mayo de 2013).

Jesús nos reveló que Dios es amor “no en la unidad de una sola persona, sino en la Trinidad de una sola sustancia” (Prefacio): es Creador y Padre misericordioso; es Hijo unigénito, eterna Sabiduría encarnada, muerto y resucitado por nosotros; es Espíritu Santo, que lo mueve todo, el cosmos y la historia, hacia la plena recapitulación final. Tres Personas que son un solo Dios, porque el Padre es amor, el Hijo es amor y el Espíritu es amor. Dios es todo amor y sólo amor, amor purísimo, infinito y eterno. No vive en una espléndida soledad, sino que más bien es fuente inagotable de vida que se entrega y comunica incesantemente.

En la Trinidad reconocemos también el modelo de la Iglesia, en la cual estamos llamados a amarnos como Jesús nos ha amado. Es el amor el signo concreto que manifiesta la fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Es el amor el distintivo del cristiano, como nos ha dicho Jesús: “En esto conocerán todos que son discípulos míos: si se tienen amor los unos a los otros” (Jn 13, 35).

Es una contradicción pensar en cristianos que se odian. Es una contradicción. Y esto busca siempre el diablo: hacer que nos odiemos. Porque él siembra siempre la cizaña del odio. Él no conoce el amor, el amor es de Dios.

Todos estamos llamados a testimoniar y anunciar el mensaje que “Dios es amor”, que Dios no es lejano o insensible a nuestras situaciones humanas. Él está cerca, está siempre a nuestro lado, camina con nosotros para compartir nuestras alegrías y nuestros dolores, nuestras esperanzas y nuestras fatigas. Nos ama tanto y hasta tal punto que se ha hecho carne, ha venido al mundo no para juzgarlo sino para que el mundo se salve por medio de Jesús (cfr Jn 3, 16-17). Y esto es el amor de Dios en Jesús, este amor que es tan difícil de entender, pero nosotros lo sentimos cuando nos acercamos a Jesús y Él nos perdona siempre, Él nos espera siempre, Él nos ama tanto. Y el amor de Jesús que nosotros sentimos, es el amor de Dios.

El Espíritu Santo, don de Jesús Resucitado, nos comunica la vida divina y así nos hace entrar en el dinamismo de la Trinidad, que es un dinamismo de amor, de comunión, de servicio recíproco, de compartir. Una persona que ama a los otros por la alegría misma de amar es reflejo de la Trinidad. Una familia en la que se aman y se ayudan los unos a los otros es un reflejo de la Trinidad. Una parroquia en la que se quieren y se comparten los bienes espirituales y materiales es un reflejo de la Trinidad.

El amor verdadero no tiene límites para ir al encuentro del otro, para respetar la libertad del otro. Los domingos venimos a misa, celebramos juntos la eucaristía. Y la Eucaristía es como la “zarza ardiente” en la que humildemente habita y se comunica la Trinidad. Por esto la Iglesia ha puesto la fiesta del Corpus Domini después de la de la Trinidad. El próximo jueves, aquí, antes de la Misa de 7pm, a las 6:30, haremos la procesión con el Santísimo Sacramento. Los invito a participar para expresar nuestro deseo de ser un pueblo “reunido en la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (San Cipriano). Los espero a todos el próximo jueves para la misa y la procesión del Corpus Christi…

La Virgen María, criatura perfecta de la Trinidad, nos ayude a hacer de toda nuestra vida, en los pequeños gestos y en las elecciones más importantes, un himno de alabanza a Dios que es Amor.

 

Homilía Solemnidad de Pentecostés/A

Solemnidad de Pentecostés/A (He 2, 1-11; 1Co 12, 3-7.12-13; Jn 20, 19-23)

...efusión del Espíritu Santo sobre los Apóstoles reunidos junto con María, la Madre del Señor,...

…efusión del Espíritu Santo sobre los Apóstoles reunidos junto con María, la Madre del Señor,…

Celebramos hoy la gran fiesta de Pentecostés, con la que se completa el Tiempo de Pascua, cincuenta días después del domingo de Resurrección. Esta solemnidad nos hace recordar y revivir la efusión del Espíritu Santo sobre los Apóstoles y los demás discípulos, reunidos en oración con la Virgen María en el Cenáculo (cf. Hch 2, 1-11). Jesús, después de resucitar y subir al cielo, envía a la Iglesia su Espíritu para que cada cristiano pueda participar en su misma vida divina y se convierta en su testigo en el mundo.

El Espíritu Santo hoy se manifiesta como viento, como soplo vivificador. El Espíritu Santo es como el alma de la Iglesia, que infunde santidad y estabilidad, a pesar de todos los pecados y miserias de sus integrantes. Es soplo que barre toda escoria para dejar en cada corazón el aroma del cielo. Si la Iglesia fuera solamente una institución humana, hace tiempo que se hubiera corrompido y desaparecido totalmente; como sucedió a tantas empresas e imperios humanos. La Iglesia, a pesar de retrocesos, contramarchas y crisis terribles, permanece siempre con el aroma de lo esencial, pues el Espíritu es soplo que limpia y purifica. El Espíritu Santo, irrumpiendo en la historia, derrota su aridez, abre los corazones a la esperanza, estimula y favorece en nosotros la maduración interior en la relación con Dios y con el prójimo.

En uno de sus sermones, san Agustín llama a la Iglesia “Societas Spiritus”, sociedad del Espíritu (Serm. 71, 19, 32: PL 38, 462). Pero ya antes de él san Ireneo había formulado esta otra verdad: “Donde está la Iglesia, allí está el Espíritu de Dios, y donde está el Espíritu de Dios, allí está la Iglesia y toda gracia, y el Espíritu es la verdad; alejarse de la Iglesia significa rechazar al Espíritu” y por eso “excluirse de la vida” (Adv. haer. III, 24, 1).

El Espíritu Santo también se manifiesta como fuego. Ese viento se convierte también en fuego que arde por dentro y nos lleva a salir fuera a todas las periferias existenciales, como diría el Papa Francisco, para incendiar este mundo con la palabra del Evangelio. En Pentecostés nace la Iglesia misionera y ardorosa, lanzada a llevar el calor divino a todos los lugares del mundo. Siempre tendremos la tentación de volver al Cenáculo y a cerrar la puerta, especialmente cuando fuera soplan vientos de contradicción. Solamente el Espíritu nos dará fuerza para vencer esos miedos y parálisis, como hizo con los primeros apóstoles, que de apocados y miedosos, los convirtió en intrépidos y audaces mensajeros de la Buena Nueva, que llevaron con ardor misionero el mensaje de salvación de Jesús.

El Espíritu Santo se manifiesta como lengua. La lengua del Espíritu Santo es una: la caridad, que nos une a todos en un mismo corazón y una misma alma. Y con esa lengua, la caridad, formamos un solo cuerpo en Cristo por el Espíritu (segunda lectura); y con esa lengua podemos hacernos entender por todas partes, como sucedió a los apóstoles, y llevar a todo el mundo el mensaje del amor y perdón traído por Cristo a este mundo (primera lectura y evangelio). Lo que destruye esta lengua del Espíritu son los mil dialectos ideológicos que a veces queremos hablar en las relaciones con los demás para defender nuestro egoísmo, nuestros intereses y nuestras ambiciones. En el Cenáculo, donde el Espíritu Santo es infundido, las diferencias y las divisiones son superadas. La verdadera unidad sólo proviene de Dios Espíritu que es principio de cohesión (segunda lectura).

Por consiguiente, en el gran “abrazo” de Pentecostés, la misma persona de Jesús, Resucitado y Ascendido al cielo, se hace presente, hasta el fin de los tiempos, en todos sus discípulos y, a través de ellos, por obra del mismo Espíritu, se dilata en un eterno respiro de misericordia. Para esta obra divina la realidad de la Persona y del Amor salvífico de Cristo no permanece “lejana”, ésta presencia es la raíz misma de nuestro ser, la nueva realidad en la cual vivimos, aquella fuerza de Amor que “habita” en nosotros y que pide, durante la peregrinación terrena, poder actuar en el mundo a través de nosotros.

Este es el misterio de Pentecostés:  el Espíritu Santo ilumina el corazón humano y, al revelar a Cristo crucificado y resucitado, indica el camino para llegar a ser más semejantes a él, o sea, ser “expresión e instrumento del amor que proviene de él” (Deus caritas est, 33). Reunida con María, como en su nacimiento, la Iglesia hoy implora: “Veni, Sancte Spiritus!”, “¡Ven, Espíritu Santo! Llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor”.

 

Homilía Solemnidad de la Ascensión del Señor

Solemnidad de la Ascensión del Señor

Hch 1,1-11; Sal 46,2-3. 6-7. 8-9; Ef 1,17-23; Mt 28,16-20

La Ascensión Del señor

                La Ascensión Del señor

Hoy la Santa Iglesia celebra el misterio de la Ascensión del Señor. En el Credo encontramos afirmado que Jesús “subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre”. La vida terrena de Jesús culmina con el acontecimiento de la Ascensión, es decir, cuando Él pasa de este mundo al Padre y es elevado a su derecha.

Con la Ascensión, Jesús no partió, no se ha “ausentado”; sólo ha desaparecido de la vista. Quien parte ya no está; quien desaparece puede estar aún allí, a dos pasos, sólo que algo impide verle. En el momento de la ascensión Jesús desaparece, sí, de la vista de los apóstoles, pero para estar presente de otro modo, más íntimo, no fuera, sino dentro de ellos. Sucede como en la Eucaristía; mientras la hostia está fuera de nosotros la vemos, la adoramos; cuando la recibimos ya no la vemos, ha desaparecido, pero para estar ya dentro de nosotros. Se ha inaugurado una presencia nueva y más fuerte.

San Lucas al inicio de los Hechos de los Apóstoles, pone de relieve que este acontecimiento es como el eslabón que engancha y une la vida terrena de Jesús a la vida de la Iglesia. Aquí san Lucas hace referencia también a la nube que aparta a Jesús de la vista de los discípulos, quienes siguen contemplando al Cristo que asciende hacia Dios (cf. Hch 1, 9-10). Intervienen entonces dos hombres vestidos de blanco que les invitan a no permanecer inmóviles mirando al cielo, sino a nutrir su vida y su testimonio con la certeza de que Jesús volverá del mismo modo que le han visto subir al cielo (cf. Hch 1, 10-11). Es precisamente la invitación a partir de la contemplación del señorío de Cristo, para obtener de Él la fuerza para llevar y testimoniar el Evangelio en la vida de cada día: contemplar y actuar, ora et labora -enseña san Benito-; ambas son necesarias en nuestra vida cristiana.

La presencia de Jesús nos urge a caminar, no podemos quedarnos “ahí parados mirando al cielo”. Necesitamos ponernos a trabajar en la personal salvación y en la salvación de los hermanos; desde al trabajo, desde la propia realidad…, Jesús nos quiere testigos de su presencia. Así nos podemos preparar para ser bautizados con el Espíritu Santo”, Él es fuerza de Dios en nuestra debilidad. Esta semana es tiempo de oración y reconciliación para prepararnos a Pentecostés, a tener la experiencia de la presencia del divino Consolador, y llenarnos de serenidad, ciencia y fortaleza.

Se ha hecho célebre la afirmación de Pablo VI: «El mundo tiene necesidad de testigos más que de maestros». Es relativamente fácil ser maestro, bastante menos ser testigo. De hecho, el mundo bulle de maestros, verdaderos o falsos, pero escasea de testigos. Entre los dos papeles existe la misma diferencia que, según el proverbio, entre el dicho y el hecho… Los hechos, dice un refrán inglés, hablan con más fuerza que las palabras.

El testigo es quien habla con la vida. Un padre y una madre creyentes deben ser, para los hijos, “los primeros testigos de la fe” (esto pide para ellos la Iglesia a Dios, en la bendición que sigue al rito del matrimonio). Pongamos un ejemplo concreto. En este período del año muchos niños [y jóvenes] se acercan a la primera comunión y a la confirmación. Una madre o un padre creyentes pueden ayudar a su hijo a repasar el catecismo, explicarle el sentido de las palabras, ayudarle a memorizar las repuestas. ¡Hacen algo bellísimo y ojalá fueran muchos los que lo hicieran! Pero ¿qué pensará el niño si, después de todo lo que los padres han dicho y hecho por su primera comunión, descuidan después sistemáticamente la Misa los domingos, y nunca hacen el signo de la cruz ni pronuncian una oración? Han sido maestros, no testigos.

El testimonio de los padres no debe, naturalmente, limitarse al momento de la primera comunión o de la confirmación de los hijos. Con su modo de corregir y perdonar al hijo y de perdonarse entre sí, de hablar con respeto de los ausentes, de comportarse ante un necesitado que pide limosna, con los comentarios que hacen en presencia de los hijos al oír las noticias del día, los padres tienen a diario la posibilidad de dar testimonio de su fe. El alma de los niños es una placa fotográfica: todo lo que ven y oyen en los años de la infancia se marca en ella y un día «se revelará» y dará sus frutos, buenos o malos.

La Ascensión, por tanto, no indica la ausencia de Jesús, sino que nos dice que Él vive en medio de nosotros de un modo nuevo; ya no está en un sitio preciso del mundo como lo estaba antes de la Ascensión; ahora está en el señorío de Dios, presente en todo espacio y tiempo, cerca de cada uno de nosotros. En nuestra vida nunca estamos solos: contamos con este abogado que nos espera, que nos defiende. Nunca estamos solos: el Señor crucificado y resucitado nos guía; con nosotros se encuentran numerosos hermanos y hermanas que, en el silencio y en el escondimiento, en su vida de familia y de trabajo, en sus problemas y dificultades, en sus alegrías y esperanzas, viven cotidianamente la fe y llevan al mundo, junto a nosotros, el señorío del amor de Dios, en Cristo Jesús resucitado, que subió al Cielo, abogado para nosotros.

 

Homilía VI Domingo/A

 

VI Domingo/A

Mi Padre les dará otro Paráclito

“Yo le pediré al Padre que les envíe otro Paráclito, que esté siempre con ustedes” (Jn 14,16).

“Yo le pediré al Padre que les envíe otro Paráclito, que esté siempre con ustedes” (Jn 14,16).

Hemos escuchado en el Evangelio un pasaje de los sermones de despedida de Jesús, que el evangelista Juan nos ha dejado en el contexto de la Última Cena: “Yo le pediré al Padre que les envíe otro Paráclito, que esté siempre con ustedes” (Jn 14,16). El primer Paráclito es el mismo Jesús; el “otro” es el Espíritu Santo. Jesús promete a los discípulos la presencia continua del Espíritu como remedio a la tristeza provocada por su partida (cf. Jn 16, 6-8). Por su parte, también la primera lectura de hoy, donde se nos narra la venida del Espíritu Santo sobre la comunidad de Samaria por la oración y la imposición de las manos de Pedro y Juan, nos invita a todos nosotros a esperar y desear la venida del Espíritu Santo en Pentecostés.

Cristo en el Evangelio expresa al Espíritu Santo como el Paráclito o Consolador. El Espíritu Santo no sólo es luz y consejo. Ni tampoco es sólo fuerza. El hombre tiene necesidad sobre todo de consuelo para vivir. Muchas veces estamos inquietos, sentimos la soledad, el cansancio; el futuro nos da miedo y los amigos nos fallan.

Este consuelo de Dios se encarnó primero en Jesús. Pasó toda su vida pública consolando todo tipo de sufrimiento, físicos y morales, y predicando el consuelo de las bienaventuranzas: “Felices los pobres, los mansos, los misericordiosos, los hambrientos y sedientos, los sufridos…”. Y antes de partir de este mundo, Jesús le pidió a su Padre que nos mandara otro Consolador, que permaneciera con nosotros siempre como Dulce Huésped del alma. Este otro Consolador es el Espíritu Santo, el Espíritu de Jesús, tercera persona divina de la Santísima Trinidad, que mora dentro de nosotros consolando nuestras tristezas, curando nuestras heridas y ayudándonos a sufrir haciendo el bien (segunda lectura).

Por tanto, el Espíritu Santo es nuestro Paráclito, es decir, “aquel que es llamado en nuestra defensa”, aquel del que se busca el Consuelo. ¡Cuántas veces acudimos a otras fuentes de consuelo, a cisternas rotas como pueden ser las riquezas, los placeres, las distracciones mundanas y mil futilidades, o mendigamos consuelos humanos que no nos consuelan el alma y el corazón, sino que nos dejan más heridos y vacíos! El Espíritu Santo es el auténtico Consuelo que necesitamos en esta vida que a veces se nos presenta tan cruel, tan sin sentido, tan injusta. ¡Qué hermoso sería que después de llenarnos de ese Consuelo de Dios en la oración seamos también nosotros paráclitos para nuestros hermanos, es decir, que seamos personas que sepamos aliviar la aflicción, confortar la tristeza, ayudar a superar el miedo y disipar la soledad.

Los discípulos reciben de su Maestro y Señor la promesa de la presencia del Espíritu Santo y poco a poco van descubriendo el dinamismo de su presencia y asistencia en medio de todas las vicisitudes de una Iglesia que inicia sus caminos. A pesar de los riesgos que los apóstoles corrían cuando Jesús los dejó “solos”, siguieron conservando su identidad y su tarea porque contaban con la fuerza del Espíritu Santo. Cada paso, cada nueva crisis, siempre es resuelta con la presencia de Jesús y con la asistencia del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo es la presencia viva de Dios en la Iglesia. Es quien hace andar a la Iglesia, el que hace caminar a la Iglesia. El Espíritu Santo, con sus dones, guía a la Iglesia. No se puede entender la Iglesia de Jesús sin el Paráclito, que el Señor nos envía para eso. Y toma decisiones ¡impensables! El Espíritu Santo es quien actualiza la Iglesia y la hace avanzar.

Los cristianos debemos pedir al Señor la gracia de la docilidad y el consuelo al Espíritu Santo. La docilidad a este Espíritu que nos habla en el corazón, que nos habla en las circunstancias de la vida, que nos habla en la vida eclesial y en las comunidades cristianas, que nos habla siempre. También pidamos al Padre “que nos unja para que seamos plenamente hijos suyos, cada vez más conformados con Cristo, para sentirnos todos hermanos y así alejar de nosotros rencores y divisiones, y poder amarnos fraternamente. Así nos lo pide Jesús en el Evangelio: ‘Si me aman, guardarán mis mandamientos. Yo le pediré al Padre que les dé otro Paráclito, que esté siempre con ustedes’” (Jn 14,15-16). Y San Pablo nos llama a ser consoladores unos de otros, con estas palabras: “Consuélense mutuamente” (1Tes 5, 11).

María, unida en oración a los Apóstoles en el Cenáculo, nos acompañe especialmente durante estas semanas antes de Pentecostés, y nos obtenga una nueva efusión del Espíritu Santo, que consuele e inflame nuestros corazones.

 

 

Homilía V Domingo de Pascua/A

V Domingo de Pascua/A (He 6, 1-7; 1 Pe 2, 4-9; Jn 14, 1-12)

Sin Cristo que es Camino, nos extraviamos.

     Sin Cristo que es Camino, nos    extraviamos.

El Evangelio de este quinto domingo de Pascua nos relata que Jesús, prediciendo su muerte inminente, anuncia que irá a preparar un lugar para los discípulos a fin de que también ellos estén donde él se encuentre; y especifica: “Y a donde voy ya saben el camino” (Jn 14, 4). Entonces Tomás interviene diciendo: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?” (Jn 14, 5). Estas palabras de Tomas ofrecen a Jesús la ocasión para pronunciar la célebre definición de sí: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6).

Sin Cristo que es Camino, nos extraviamos. Sin Cristo que es Verdad, caemos en la mentira y en la ideología. Sin Cristo que es Vida, nos alcanzará la muerte. Sin Cristo que es Piedra angular, el edificio de la Iglesia se derrumba.

Cristo no sólo enseña la verdad, sino que es la Verdad encarnada. Desde la Encarnación Cristo Verdad acampa entre nosotros. Así dice san Agustín: “Esta verdad se vistió de carne por nosotros y nació de María virgen para que se cumpliera la profecía: la Verdad brotó de la tierra”. Cristo, la verdad eterna, se hizo verdad en el tiempo. En un mundo plagado de mentiras aberrantes, mentiras en el campo social, en la política, en lenguaje de medias verdades y sofismas, que tantas veces disfrazan la cobardía, sigamos siempre la verdad plena que es Cristo. No pequemos contra Cristo.

Cristo no sólo tiene vida, sino que es la Vida. Mediante la Encarnación, la Vida eterna que es Dios, se hizo carne entre nosotros. “Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia”. ¿Qué significa que Cristo es Vida? Que anhela hacerse vida nuestra, que anhela vivificar nuestro ser. Dicha vida fue introducida en nuestros corazones el día del bautismo. Pero dicha vida en nosotros tiene que estar en crecimiento, al modo de una semilla que apunta a su plenitud, que tiene a hacerse árbol. Las flores y los frutos de la gracia y de esa vida divina en nosotros son las virtudes cristianas, las teologales y las cardinales. Lo que mataría esta vida de Cristo en nosotros es el pecado. Por tanto, mantengámonos lejos, no sólo del pecado, que esclaviza, sino de la mediocridad, que es como una arterosclerosis del espíritu, porque impide el paso triunfal de la savia divina por las venas de nuestra alma.

Cristo no es un camino entre muchos otros, sino “el” Camino, el único camino para la salvación, para la felicidad. Cristo se hizo camino también por medio de la Encarnación. San Agustín nos dice: “Siguiendo el camino de su humanidad, llegarás a la Divinidad. Él te conduce a Él mismo. No andes buscando por donde ir fuera de Él. Si Él no hubiera tenido la voluntad de ser camino, extraviados anduviéramos siempre. Se hizo, pues, camino, por donde ir. Por tanto no te diré: Busca el camino. El camino mismo es quien viene a ti. ¡Levántate y anda! Anda con la conducta, no con los pies. Muchos andan bien con los pies y mal con la conducta. Y aun los hay que andan bien, pero fuera del camino. Corren, más no por el camino, y cuanto más andan, más se extravían, pues se alejan más del camino… Preferible, sin duda, es ir por el camino, aun cojeando, a ir bravamente fuera del camino” (Sobre el evangelio de san Juan, XIII).

Al respecto, el Papa Francisco dice que “el conocimiento de Jesús es el trabajo más importante de nuestra vida”. Pero, “¿cómo podemos conocer a Jesús? Alguno dirá: ‘Estudiando. ¡Se debe estudiar mucho!’ ¡Eso es verdad! Debemos estudiar el catecismo, es verdad”, pero el estudio por sí solo no basta para conocer a Jesús”. Para conocer a Jesús es necesario abrir tres puertas. “Primera puerta: rezar a Jesús. Sepan que el estudio sin oración no sirve. Rezar a Jesús para conocerlo mejor.  Con el estudio y con la oración nos acercamos un poco… Pero sin oración nunca conoceremos a Jesús. Segunda puerta: celebrar a Jesús. No basta la oración, es necesaria la alegría de la celebración. Celebrar a Jesús en sus Sacramentos, porque allí nos da la vida, nos da la fuerza, nos da el alimento, nos da el consuelo. Sin la celebración de los sacramentos, no llegamos a conocer a Jesús. Esto es propio de la Iglesia: la celebración. Tercera puerta: imitar a Jesús. Tomar el Evangelio: qué ha hecho Él, como era su vida, qué nos ha dicho, qué nos ha enseñado e intentar imitarlo”. Así encontraremos el camino para ir a la verdad y a la vida”.

Pensemos, cómo va la puerta de mi oración, la oración del corazón, ¡no es la repetición! Ha de hacerse con el corazón. ¿Cómo y cuándo celebro los sacramentos…? ¿Y cómo imito a de Jesús en mi vida? Pensemos en estas tres puertas y cómo están en nuestra vida, nos hará bien.