Homilía IV domingo de cuaresma/A

IV domingo de cuaresma/A

Abrirnos a la luz de Cristo para llevar fruto en nuestra vida

(Cfr. Francisco, 30 de marzo de 2014

El ciego de nacimiento

  La ceguera del cuerpo y la ceguera del alma

El Evangelio de hoy nos presenta el episodio del hombre ciego de nacimiento, al cual Jesús dona la vista. El pasaje se abre con un ciego que comienza a ver y se cierra con los presuntos videntes que quieren permanecer ciegos en el alma. El milagro es narrado por Juan en apenas dos versos, porque el evangelista quiere atraer la atención no sobre el milagro en sí, sino sobre lo que sucede después, sobre las discusiones que suscita. También sobre los chismeríos, muchas veces una obra buena, una obra de caridad, suscita chismeríos, discusiones, porque hay algunos que no quieren ver la verdad. El evangelista Juan quiere llamar la tentación sobre esto que sucede también en nuestros días cuando se hace una obra buena.

El ciego sanado es primero interrogado por la multitud sorprendida, han visto el milagro y le preguntan. Después por los doctores de la ley y estos interrogan también a sus padres. Al final el ciego sanado llega a la fe, y esta es la gracia más grande que le hace Jesús: no solo ver, sino conocerle, que es “la luz del mundo” (Jn, 9,5).

Mientras el ciego se acerca gradualmente a la luz, los doctores de la ley al contrario, se hunden cada vez más profundamente en la ceguera interior. Cerrados en su presunción, creen tener ya la luz; por esto no se abren a la verdad de Jesús. Hacen de todo para negar la evidencia. Ponen en duda la identidad del hombre sanado, después niegan la acción de Dios en la sanación, toman como excusa que Dios no cura el sábado; llegan incluso a dudar que el hombre hubiera nacido ciego. Su clausura a la luz se vuelve agresiva y acaba con la expulsión del templo del hombre sanado, expulsado del templo.

El camino del ciego sin embargo es un recorrido a etapas, que comienza en el conocimiento del nombre de Jesús. No conoce a otro que Él, de hecho dice: “El hombre que se llama Jesús me puso barro en los ojos” (v.11). A continuación de las preguntas apremiantes de los doctores, lo considera primero un profeta (v. 17) y después un hombre cerca de Dios (v. 31). Después que fuera alejado del templo, excluido de la sociedad, Jesús lo encuentra de nuevo y le “abre los ojos” por segunda vez, revelándole la propia identidad. “Yo soy el Mesías”, le dice. A este punto el que había sido ciego exclama: “¡Creo, Señor! (v. 38), y se postra delante del Señor.  Pero esto es un fragmento del Evangelio que hace ver el drama de la ceguera interior de tanta gente, también la nuestra, porque nosotros a veces tenemos momentos de ceguera interior.

Nuestra vida a veces es parecida a la del ciego que se ha abierto a la luz, a Dios y a su gracia. A veces lamentablemente es un poco como la de los doctores de la ley: desde lo alto de nuestro orgullo juzgamos a los otros, ¡e incluso al Señor! Hoy, somos invitados a abrirnos a la luz de Cristo para llevar fruto en nuestra vida, para eliminar los comportamientos que no son cristianos; todos nosotros somos cristianos, pero todos nosotros, todos, tenemos comportamientos algunas veces no cristianos. Comportamientos que son pecados, y debemos arrepentirnos de esto. Y eliminar este comportamiento para caminar decididamente sobre la vía de la santidad que tiene su origen en el Bautismo. Y en el Bautismo hemos sido “iluminados” para que, como nos recuerda san Pablo, podamos comportarnos como “hijos de la luz” (Ef 5, 8), con humildad, paciencia y misericordia. Estos doctores de la ley no tenían ni humildad, ni paciencia, ni misericordia. Yo les sugiero hoy, cuando vuelvan a casa, tomar el Evangelio de Juan, lean el pasaje del capítulo 9, que es este. Les hará bien porque así ven este camino de la ceguera a la luz, y el otro camino malo hacia una ceguera más profunda. Y preguntémonos cómo es nuestro corazón, ¿cómo es mi corazón?, ¿cómo es tu corazón? ¿Yo tengo un corazón abierto o un corazón cerrado? ¿Abierto o cerrado hacia Dios? ¿Abierto o cerrado hacia el prójimo? Siempre tenemos en nosotros alguna clausura que nace del pecado, nacida de las equivocaciones, de los errores. No tengamos miedo, no tengamos miedo. Abrámonos a luz del Señor, Él nos espera siempre, Él nos espera siempre para hacernos ver mejor, para darnos más luz, para perdonarnos. No olviden esto. Él nos espera siempre.

Tenemos que acudir a esa piscina de Siloé que es la confesión, para que Cristo nos cure de la ceguera espiritual, que nos impide ver las cosas desde Dios y como Dios. Sólo los fariseos de corazón duro seguirán ciegos, porque no quieren aceptar a Jesús. Engreídos, no quisieron dejarse iluminar por Jesús. Creían ver, poseer el recto conocimiento de Dios; pero en realidad, al cerrar los ojos a la luz, que es Cristo, van a su perdición. En cambio, el ciego, imagen del hombre sencillo y recto, se abre a la fe, recuperando la vista; así reconoce a Jesús como salvador, y se salva.

Cada uno de nosotros debemos acercarnos a Cristo Luz que quiere iluminar nuestra vida, nuestra alma, nuestros proyectos, nuestras empresas. Cristo quiere curarme de mi hipermetropía, de mi presbicia, de mi miopía, de mi daltonismo. Sólo debo acercarme a la confesión, confesar mis pecados, aceptar su perdón y salir con una vida nueva, con ojos curados. “No hay peor ciego que el que no quiere ver”.

A la Virgen María confiamos el camino de la cuaresma, para que también nosotros, como el ciego curado, con la gracia de Cristo podamos “venir a la luz”, renacer a la vida nueva.

 

Homilía III domingo de cuaresma/A

 

III domingo de cuaresma/A(Ex 17, 3-7; Rm 5, 1-2.5-8; Jn 4, 5-42

Dice san Agustín, “tenía sed de la fe de esa mujer”

     Dice san Agustín, “tenía sed de la fe de esa mujer”

Las Lecturas de hoy nos hablan de “agua”: agua en pleno desierto brotando de una roca (Ex.17, 3-7), y agua de un pozo al que Jesús se acerca para dialogar con la Samaritana (Jn. 4, 5-42).  Pero más que todo, nos hablan de un “agua viva”,  que quien la bebe ya no necesita beber más, pues queda calmada toda su sed.

Este tercer domingo de Cuaresma se caracteriza por el célebre diálogo de Jesús con la mujer samaritana, narrado por el evangelista san Juan. La mujer iba todos los días a sacar agua de un antiguo pozo, que se remontaba a los tiempos del patriarca Jacob, y ese día se encontró con Jesús, sentado, “cansado del camino” (Jn 4, 6). Jesús, como dice Agustín, “tenía sed de la fe de esa mujer” (In Ioh. Ev., 15, 11), al igual que de la fe de todos nosotros. Dios Padre lo envió para saciar nuestra sed de vida eterna, dándonos su amor, pero para hacernos este don Jesús pide nuestra fe, como decíamos el domingo pasado. La omnipotencia del Amor respeta siempre la libertad del hombre; llama a su corazón y espera con paciencia su respuesta.

El agua es uno de los símbolos que con más frecuencia aparece en la Sagrada Escritura, cuyo correlato en el hombre es la sed. Símbolo algo difícil de percibir en toda su fuerza para nosotros, que habitamos un país en el que, por lo general, el agua abunda. No nos cuesta trabajo. Basta abrir el grifo. En Palestina, en cambio, cuando había escasez era uno de los elementos más apreciados, el primero y fundamental para la supervivencia del hombre. El agua es también condición de fecundidad de la tierra. Sin ella, tenemos desierto árido, zona de hambre y de sed, y la consecuencia, si no hay pozos o cisternas, muerte de hombres, animales y vegetales. Poseer fuentes de agua en Palestina es signo de riqueza y de bendición divina.

La Biblia recurre con frecuencia a la imagen del agua para expresar el misterio de la relación entre Dios y el hombre. Dios es la fuente de la vida para el hombre y le da la fuerza de florecer en el amor y la fidelidad. Apartarse de él es morir de sed. Preguntemos a la samaritana del evangelio de hoy. Lejos de Dios, el hombre no es sino tierra árida, sin agua, destinado a la muerte. El alma siente la nostalgia de Dios porque tiene el cántaro del corazón vacío (evangelio). Pero si Dios está con el hombre, éste se transforma en un huerto, poseyendo en sí la fuente misma que lo hace vivir. El agua es así símbolo del Espíritu de Dios, capaz de transformar un desierto en floreciente vergel y un pueblo infiel en verdadero Israel (primera lectura). Y con esa agua podremos abrevar también a nuestra familia y nuestros sueños.

Jesús ha venido a traernos sus aguas vivificantes, como a la samaritana. Él es la roca de donde sale esa agua. Lo que tenemos que hacer nosotros es golpear con la fe y la esperanza esa roca (primera lectura). Esa roca para nosotros es el Costado abierto de Jesús que destila agua viva y sanadora en los sacramentos. Necesitamos llevar el balde de nuestra vida, aunque esté agujereado y seco, y Jesús lo arreglará, como hizo con la samaritana (evangelio). Jesús, con ternura y tiento, fue elevando poco a poco a esta mujer al nivel de fe, para que pudiera acercarse hasta su Costado abierto y beber.

Sí, Dios tiene sed de nuestra fe y de nuestro amor. Como un padre bueno y misericordioso, desea para nosotros todo el bien posible, y este bien es él mismo. En cambio, la mujer samaritana representa la insatisfacción existencial de quien no ha encontrado lo que busca: había tenido “cinco maridos” y convivía con otro hombre; sus continuas idas al pozo para sacar agua expresan un vivir repetitivo y resignado. Pero todo cambió para ella aquel día gracias al coloquio con el Señor Jesús, que la desconcertó hasta el punto de inducirla a dejar el cántaro del agua y correr a decir a la gente del pueblo: “Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho: ¿será este el Mesías?” (Jn 4, 28-29).

Cada uno de nosotros puede identificarse con la mujer samaritana: Jesús nos espera, especialmente en este tiempo de Cuaresma, para hablar a nuestro corazón, a mi corazón. Detengámonos un momento en silencio, en nuestra habitación, o en una iglesia, o en otro lugar retirado. Escuchemos su voz que nos dice: “Si conocieras el don de Dios…”. O también podemos pensar: ¿Dónde encuentro a Jesús hoy como aguaviva? ¿Tengo el balde preparado ya para recibir esa agua vivificante, santificadora y sanadora? ¿Dónde suelo ir a saciar mi sed: a los pozos contaminados de este mundo o a la fuente de Cristo que la Iglesia conserva intacta y viva en los sacramentos y en la piedad popular?

Que la Virgen María… nos enseñe a Abrir el corazón a la escucha confiada de la palabra de Dios para encontrar, como la samaritana, a Jesús que nos revela su amor y nos dice: el Mesías, tu Salvador, “soy yo: el que habla contigo” (Jn 4, 26).

 

SEDE VACANTE-ADMINSTRADOR DIOCESANO-APOSTÓLICO

SEDE VACANTE-ADMINSTRADOR DIOCESANO-APOSTÓLICO

Pbro. Dr. Félix Castro Morales

ComuncadoCon motivo del nombramiento de Mons. Díaz Díaz, nombrado obispo de Irapuato ante la aceptación de la Renuncia de Mons. José de Jesús Martínez Zepeda, por el Papa Francisco, deseo compartir este breve artículo para para clarificar este acontecimiento que estamos viviendo. A la vez recibir las debidas aclaraciones doctrinales para provecho del que suscribe.

  1. SEDE VACANTE

Cuando por renuncia, traslado o fallecimiento del obispo la diócesis queda en situación de vacante, y a fin de evitar cualquier vacío de autoridad, el derecho eclesiástico ha estipulado siempre a quién corresponde la autoridad en la diócesis en estos casos.

El código de Derecho Canónico de 1983 detalla en los cánones 416-430 el modo de proceder en tales casos. Así, al producirse la vacante cesa la autoridad del vicario general y de los vicarios episcopales, y se encomienda el gobierno interino en primer término a un sacerdote designado secretamente por el obispo anterior, cuyo nombre se guarda en el archivo secreto de la curia diocesana, y que con potestad de vicario general ha de regir la diócesis hasta tanto sea elegido el administrador diocesano. La elección de éste compete al colegio de consultores diocesanos, formado por presbíteros nombrados tanto por el obispo como por el consejo presbiteral. Este colegio de consultores debe reunirse en un plazo de ocho días a contar desde el día en que se produjo la vacante, y de acuerdo con los cánones 165-178, que regulan el modo de proceder a las elecciones en la Iglesia, elegir administrador diocesano. Si en ese plazo el colegio de consultores no se ha reunido o no ha elegido administrador, el derecho devuelve su elección por esa vez al arzobispo metropolitano.

  1. EL ADMINISTRADOR DIOCESANO

El pastor ordinario a quien en la Iglesia Católica corresponde el gobierno de una iglesia particular, bien sea diócesis, prefectura apostólica o vicariato apostólico. Se trata de un obispo residencial preconizado por el papa.

El administrador diocesano debe ser un presbítero de al menos 35 años de edad. Es ordinario de lugar, pero no puede nombrar vicario general ni vicarios episcopales, salva la potestad de delegar para cada caso a los vicarios del anterior obispo para las mismas funciones que desempeñaban. Debe residir en la diócesis, aplicar los domingos y fiestas de precepto la misa por el pueblo, y se excluyen detalladamente algunas funciones que no puede ejercer, como dar letras dimisorias para la ordenación de diáconos y presbíteros o nombrar y trasladar párrocos, a no ser que haya transcurrido un año desde la vacante, y con el consentimiento del colegio de consultores. Se le prohíbe, asimismo, destruir o substraer cualquier documento del archivo de la curia diocesana, y el acceso al archivo secreto de la misma. La remoción del administrador diocesano compete a la Sede Apostólica, y si acaso renunciara, no se requiere para la validez que su renuncia sea aceptada por nadie. El código de Derecho Canónico recoge el antiguo aforismo que rige en estos casos de manera general: Vacante la sede, nada se debe innovar, a fin de tutelar convenientemente los derechos del nuevo obispo, que será el verdadero pastor de la Iglesia particular.

  1. EN CASOS EXCEPCIONALES[1]

En casos excepcionales, y antes de que el colegio de consultores elija administrador diocesano, la Santa Sede provee nombrando un administrador apostólico que rija la diócesis en nombre del papa[2]. En algunos casos, los Administradores Diocesanos, luego de un período prudente, pueden ser elevados al Rango Episcopal, siendo nombrados Obispos Diocesanos, siendo ratificado el Cura que ostentaba dicho cargo y posteriormente recibiendo las Insignias Episcopales en la Ordenación que debe realizarla el Santo Padre o cualquier otro Obispo residente dentro o fuera de Roma.

 

  1. COMPLEMENTOS
  2. LO QUE DICE EL CÓDIGO DE DERECHO CANÓNICO DEL ANTECEDENTE

Los textos siguientes los son sólo para apoyar las afirmaciones de lo anterior. Se excluye todo aquello que no atañe directamente al tema.

Art. 2. DE LA SEDE VACANTE

  1. 419 Al quedar vacante la sede y hasta la constitución del Administrador diocesano, el gobierno de la diócesis pasa… al colegio de consultores, a no ser que la Santa Sede hubiera establecido otra cosa[3]. Quien de ese modo se hace cargo del gobierno de la diócesis, debe convocar sin demora al colegio que sea competente para designar Administrador diocesano.

421 § 1.    EL ADMINISTRADOR DIOCESANO, es decir, el que ha de regir temporalmente la diócesis, debe ser elegido por el colegio de consultores antes de ocho días a partir del momento en que éste reciba noticia de la vacante de la sede, sin perjuicio de lo que prescribe el c. 502 §3.

  • 2.    Si, por cualquier motivo, el Administrador diocesano no fuera legítimamente elegido dentro del plazo establecido, su designación pasa al Metropolitano, y, en caso de que la sede vacante sea precisamente la metropolitana, o la metropolitana a la vez que una sufragánea, al Obispo sufragáneo más antiguo según el orden de promoción.

423 §1.     Quedando reprobada cualquier costumbre contraria, ha de designarse un solo Administrador diocesano; en caso contrario, la elección es nula.

  • 2.     El Administrador diocesano no debe ser a la vez ecónomo; por tanto, si el ecónomo es designado Administrador, el consejo de asuntos económicos elegirá provisionalmente otro ecónomo.

424 El Administrador diocesano ha de elegirse de acuerdo con la norma de los cc. 165-178.

425 § 1.    Para el cargo de Administrador diocesano sólo puede ser designado válidamente un sacerdote que tenga cumplidos treinta y cinco años y no haya sido elegido, nombrado o presentado para la misma sede vacante.

  • 2.    Debe elegirse como Administrador diocesano un sacerdote que destaque por su doctrina y prudencia.
  • 3.    Si no se hubieran respetado las condiciones establecidas en el § 1, el Metropolitano, o el sufragáneo más antiguo según el orden de promoción cuando se trate de la Iglesia metropolitana, designará por esa vez el Administrador, después de comprobar los hechos; los actos realizados por quien hubiera sido elegido contra lo que prescribe el § 1 son nulos en virtud del derecho mismo.

426 Mientras esté vacante la sede, quien rige la diócesis, antes de que se designe Administrador diocesano, tiene la potestad que el derecho atribuye al Vicario general.

427 § 1.    El Administrador diocesano tiene los deberes y goza de la potestad del Obispo diocesano, con exclusión de todo aquello que por su misma naturaleza o por el derecho mismo esté exceptuado.

  • 2.    El Administrador diocesano adquiere su potestad por el hecho mismo de haber aceptado su elección, y no se requiere confirmación de nadie, quedando firme la obligación que prescribe el c. 833, 4.

428 § 1.     Vacante la sede nada debe innovarse.

  • 2.    Se prohibe a quienes se hacen cargo interinamente del régimen de la diócesis realizar cualquier acto que pueda causar perjuicio a la diócesis o a los derechos episcopales; concretamente, se prohíbe tanto a ellos como a otros cualesquiera, personalmente o por medio de otros, sustraer, destruir o alterar algún documento de la curia diocesana.

429 El Administrador diocesano está obligado a residir en la diócesis y a aplicar la Misa por el pueblo conforme a la norma del c. 388.

430 § 1.    El Administrador diocesano cesa en su cargo cuando el nuevo Obispo toma posesión de la diócesis.

  • 2.    Se reserva a la Santa Sede la remoción del Administrador diocesano; la renuncia, en su caso, debe presentarse en forma auténtica al colegio competente para su elección, pero no necesita la aceptación de éste; en caso de remoción o de renuncia del Administrador diocesano, o si éste fallece, se elegirá otro Administrador diocesano, de acuerdo con la norma del c. 421.

  1. CONGREGACIÓN PARA LOS OBISPOS

DIRECTORIO PARA EL MINISTERIO PASTORAL DE LOS OBISPOS

“APOSTOLORUM SUCCESSORES

CAPÍTULO III. DEL CONSEJO PRESBITERAL Y DEL COLEGIO DE CONSULTORES

495 § 1.    En cada diócesis debe constituirse el consejo presbiteral, es decir, un grupo de sacerdotes que sea como el senado del Obispo, en representación del presbiterio, cuya misión es ayudar al Obispo en el gobierno de la diócesis conforme a la norma del derecho, para proveer lo más posible al bien pastoral de la porción del pueblo de Dios que se le ha encomendado.

496 El consejo presbiteral debe tener sus propios estatutos, aprobados por el Obispo diocesano, teniendo en cuenta las normas que haya dado la Conferencia Episcopal.

497 Por lo que se refiere a la designación de los miembros del consejo presbiteral:

1 la mitad aproximada de ellos deben ser elegidos libremente por los mismos sacerdotes, de acuerdo con la norma de los cánones que siguen y de los estatutos;

2 algunos sacerdotes, conforme a la norma de los estatutos, deben ser miembros natos, es decir, que pertenecen al consejo en virtud del oficio que tienen encomendado;

3 tiene el Obispo facultad para nombrar libremente otros miembros.

500 § 1.    Corresponde al Obispo diocesano convocar el consejo presbiteral, presidirlo y determinar las cuestiones que deben tratarse o aceptar las que propongan los miembros.

  • 2.    El consejo presbiteral tiene sólo voto consultivo; el Obispo diocesano debe oírlo en los asuntos de mayor importancia, pero necesita de su consentimiento únicamente en los casos determinados expresamente por el derecho.
  • 3.    El consejo presbiteral nunca puede proceder sin el Obispo diocesano, a quien compete también en exclusiva cuidar de que se haga público lo que se haya establecido a tenor del § 2.

501 § 1.    Los miembros del consejo presbiteral se deben nombrar para el tiempo determinado en los estatutos, de manera, sin embargo, que todo el consejo o parte de él se renueve cada cinco años.

  • 2.    Al quedar vacante la sede, cesa el consejo presbiteral, y cumple sus funciones el colegio de consultores; el Obispo debe constituir de nuevo el consejo presbiteral en el plazo de un año a partir del momento en el que haya tomado posesión.
  • 3.    Si el consejo presbiteral dejase de cumplir su función encomendada en bien de la diócesis o abusase gravemente de ella, el Obispo, después de consultar al Metropolitano, o, si se trata de la misma sede metropolitana, al Obispo sufragáneo más antiguo por razón de la promoción, puede disolverlo, pero ha de constituirlo nuevamente en el plazo de un año.

502 § 1.    Entre los miembros del consejo presbiteral, el Obispo nombra libremente algunos sacerdotes, en número no inferior a seis ni superior a doce, que constituyan durante cinco años el colegio de consultores, al que competen las funciones determinadas por el derecho; sin embargo, al cumplirse el quinquenio sigue ejerciendo sus funciones propias en tanto no se constituye un nuevo consejo.

  • 2.    Preside el colegio de consultores el Obispo diocesano; cuando la sede esté impedida o vacante, aquél que provisionalmente hace las veces del Obispo o, si éste aún no hubiera sido constituido, el sacerdote del colegio de consultores más antiguo por su ordenación.
  • 3.    La Conferencia Episcopal puede establecer que las funciones del colegio de consultores se encomienden al cabildo catedralicio.

  1. El Gobierno de la diócesis y el Colegio de Consultores.

Desde el momento en que se produce la vacancia de la sede episcopal, el gobierno de la diócesis se le confía al Obispo Auxiliar, y si hay más de uno, al más anciano de ellos por nombramiento, hasta la elección del Administrador diocesano o el nombramiento del Administrador Apostólico. Si no hay Obispo Auxiliar, el gobierno de la diócesis es asumido por el Colegio de Consultores, hasta la elección del Administrador diocesano, a no ser que la Santa Sede haya nombrado un Administrador Apostólico.(724) Quien asume el gobierno de la diócesis antes de la elección del Administrador Diocesano, tiene las facultades que le corresponden al Vicario General.(725)

En los países en los que la Conferencia Episcopal haya establecido asignar al Cabildo catedralicio las funciones del Colegio de Consultores, el gobierno de la diócesis pasa al Cabildo que procederá a la elección del Administrador diocesano.(726)

  1. La elección del Administrador diocesano.

El Colegio de consultores, dentro de los ocho días siguientes a la noticia cierta de la vacancia de la sede episcopal, debe elegir al Administrador diocesano. El Colegio es convocado por la persona que ha asumido el gobierno de la diócesis o por el sacerdote del Colegio más anciano por ordenación, que lo preside hasta la elección del Administrador diocesano.(727)

Cuando el Colegio de consultores no elige al Administrador diocesano dentro del límite de tiempo establecido, su nombramiento corresponde al Metropolitano. Si la sede metropolitana también está vacante, el Obispo sufragáneo más anciano por promoción nombra al Administrador diocesano.(728)

Quien fue elegido Administrador diocesano debe informar cuanto antes a la Santa Sede de su elección.(729)

  1. Condiciones necesarias para la válida elección del Administrador diocesano.

El Colegio de Consultores debe estar formado solamente por sacerdotes, en número no inferior a 6 y no mayor de 12,(730) so pena de invalidez de la elección del Administrador diocesano. Se debe elegir un solo Administrador diocesano. La elección simultánea de dos o más personas es inválida para todos los que fueron elegidos. La costumbre contraria a esta prescripción no tiene valor y queda reprobada. Si a la guía de la diócesis es elegido el Ecónomo diocesano, el Consejo para Asuntos Económicos debe elegir temporalmente otro.(731) Con la toma de posesión del nuevo Obispo, el Administrador diocesano retoma el precedente oficio de Ecónomo de la diócesis.(732)

  1. El proceso que se debe seguir para la elección del Administrador diocesano.

Para la validez de la elección del Administrador diocesano, se debe necesariamente seguir el procedimiento previsto por los cánones 165-178. Considerada la importancia primaria de la elección, la ley particular no puede modificar esta normativa. Los estatutos pueden especificar la posibilidad de dar el voto por carta, por procurador(733) o por compromiso.(734) Es necesario siempre alcanzar la mayoría calificada de dos tercios de los votantes y se aplica la prescripción del can. 119 en caso de escrutinios ineficaces.(735)

  1. Requisitos necesarios.

Puede ser válidamente elegido al oficio de Administrador diocesano un sacerdote del presbiterio local o de otra diócesis, que haya cumplido al menos 35 años de edad, o también el mismo Obispo emérito u otro Obispo. No debe haber sido ya elegido, nombrado o presentado para la misma sede vacante. Debe distinguirse por doctrina y prudencia.(736)

  1. Facultades del Administrador diocesano.

El Administrador diocesano asume la potestad ordinaria y propia sobre la diócesis desde el momento de la aceptación de su elección. Se excluye de esta potestad todo aquello que no le compete por la naturaleza de las cosas o por las disposiciones del derecho.(737)

Puede confirmar o instituir los sacerdotes que hayan sido legítimamente elegidos o presentados para una parroquia. Sólo después de un año de la vacancia de la sede puede nombrar los párrocos,(738) pero no puede confiar parroquias a un Instituto religioso o a una Sociedad de vida apostólica.(739)

El Administrador diocesano puede celebrar la Confirmación y puede conceder a otro sacerdote la facultad de celebrarla.

El Administrador diocesano puede remover, por justa causa, a los vicarios parroquiales, salvaguardando lo que el derecho establece en el caso específico de un religioso.(740)

Por el periodo en el que gobierna la diócesis, el Administrador diocesano es miembro de la Conferencia Episcopal, con voto deliberativo, excepto en el caso de las declaraciones doctrinales, cuando no es Obispo (741)

  1. Deberes del Administrador diocesano.

Apenas elegido, el Administrador diocesano debe hacer la Profesión de fe, a norma del canon 833, 4°, delante del Colegio de consultores.742

Desde el momento en que ha asumido la guía de la diócesis, el Administrador está obligado a observar todos los deberes del Obispo diocesano, en particular las leyes de la residencia en la diócesis, y debe aplicar la Misa por el pueblo cada domingo y en los días de precepto.(743)

  1. Límites de la potestad del Administrador diocesano.

Durante la vacancia de la sede, el Administrador diocesano debe atenerse al antiguo principio de no proceder a ninguna innovación.(744) Tampoco puede cumplir ningún acto que pueda causar perjuicio a la diócesis o a los derechos del Obispo; de manera especial debe conservar con especial diligencia todos los documentos de la Curia diocesana sin modificar, destruir o substraer ninguno. Con la misma diligencia, está llamado a vigilar para que ningún otro pueda manipular los archivos de la Curia.(745) Solamente él, en caso de verdadera necesidad, puede acceder al Archivo secreto de la Curia.(746)

Con el consentimiento del Colegio de Consultores, puede conceder las dimisorias para la ordenación de los diáconos y de los presbíteros, si no fueron negadas por el Obispo diocesano.(747)

No puede conceder la excardinación o incardinación, ni conceder licencia a un clérigo para trasladarse a otra Iglesia particular, a menos que no haya transcurrido un año de la vacancia de la sede y tenga el consentimiento del Colegio de consultores.(748)

El Administrador diocesano no es competente para erigir Asociaciones públicas de fieles.(749)

No puede remover al Vicario Judicial.(750)

No puede convocar un Sínodo diocesano.(751) No le está permitido tener otras iniciativas similares, particularmente aquellas que podrían comprometer los derechos y la gestión del Obispo diocesano.(752)

Sólo con el consentimiento de los Consultores puede remover de su oficio al Canciller o a los otros notarios. (753)

No puede conferir las canonjías del Cabildo de la iglesia Catedral ni las del de una colegial (754).

[1] AS 73. El Administrador Apostólico “Sede plena”.

 En circunstancias particulares, la Santa Sede puede, de manera extraordinaria, disponer que en una diócesis sea nombrado un Administrador Apostólico sede plena. En tal caso, el Obispo diocesano colabora, en cuanto le compete, al pleno, libre y sereno cumplimiento del mandato del Administrador Apostólico.

[2] Segundo comunicado del 12 de marzo de 2017 del Administrador apostólico de la Diócesis de Irapuato D. José de Jesús Martínez Zepeda: AS 244. El Administrador Apostólico “sede vacante”: La Santa Sede puede proveer al gobierno de la diócesis (758) nombrando un Administrador Apostólico. Aunque le sean concedidas todas las facultades del Obispo diocesano, el régimen de la diócesis es el correspondiente a la sede vacante; por lo tanto, cesan los oficios del Vicario General y de los Vicarios episcopales, así como las funciones del Colegio presbiteral y pastoral. El Administrador Apostólico puede sin embargo confirmar, en forma delegada, al Vicario General y los Vicarios episcopales, hasta la toma de posesión de la diócesis por parte del nuevo Obispo; pero no puede prorrogar las tareas de los Consejos, en cuanto sus funciones las cumple el Colegio de consultores.

[3] Y la Santa Sede ha nombrado administrador apostólico de la Diócesis de Irapuato a Mons. Jesús Martínez Zepeda.

 

Homilía II domingo de Cuaresma/B

 

II domingo de Cuaresma/B

(Gen 22, 1-2.9-13.15-18; Rm 8, 31-34; Mc 9, 2-10)

La Transfiguración nos invita a abrir los ojos del corazón al misterio de la luz de Dios presente en toda la historia de la salvación.

La Transfiguración nos invita a abrir los ojos del corazón al misterio de la luz de Dios presente en toda la historia de la salvación.

Este domingo, el segundo de Cuaresma, se caracteriza por ser el domingo de la Transfiguración de Cristo. La liturgia nos invita hoy a fijar nuestra mirada en este misterio de luz. En el rostro transfigurado de Jesús brilla un rayo de la luz divina que él tenía en su interior. Esta misma luz resplandecerá en el rostro de Cristo el día de la Resurrección. En este sentido, la Transfiguración es como una anticipación del misterio pascual.

La Transfiguración nos invita a abrir los ojos del corazón al misterio de la luz de Dios presente en toda la historia de la salvación. La luz es un signo que revela algo de Dios: es como el reflejo de su gloria, que acompaña sus manifestaciones. La luz -se dice en los Salmos- es el manto con que Dios se envuelve (cf. Sal 104, 2). En el libro de la Sabiduría el simbolismo de la luz se utiliza para describir la esencia misma de Dios: la sabiduría, efusión de la gloria de Dios, es “un reflejo de la luz eterna”, superior a toda luz creada (cf. Sb 7, 27. 29 s). En el Nuevo Testamento es Cristo quien constituye la plena manifestación de la luz de Dios. Su resurrección ha derrotado para siempre el poder de las tinieblas del mal. Con Cristo resucitado triunfan la verdad y el amor sobre la mentira y el pecado. En él la luz de Dios ilumina ya definitivamente la vida de los hombres y el camino de la historia. “Yo soy la luz del mundo -afirma en el Evangelio-; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12) (Benedicto XVI, 6 agosto 2016)

La Transfiguración es un misterio “para nosotros”, nos contempla de cerca. San Pablo nos dice que: “El Señor Jesucristo transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo”. El Tabor es una ventana abierta a nuestro futuro; nos asegura que la opacidad de nuestro cuerpo un día se transformará también en luz; pero es también un reflector que apunta a nuestro presente; evidencia lo que ya es ahora nuestro cuerpo, por encima de sus míseras apariencias: el templo del Espíritu Santo.

El cuerpo no es para la Biblia un apéndice prescindible del ser humano; es parte integrante de él. El hombre no tiene un cuerpo, es cuerpo. El cuerpo ha sido creado directamente por Dios, asumido por el Verbo en la encarnación y santificado por el Espíritu en el bautismo. El hombre bíblico se queda encantado ante el esplendor del cuerpo humano: “Me has tejido en el vientre de mi madre. Prodigio soy, prodigios son tus obras” (Sal 139). El cuerpo está destinado a compartir eternamente la misma gloria del alma: “Cuerpo y alma, o serán dos manos juntas en eterna adoración, o dos muñecas esposadas por una maldad eterna” (Ch. Péguy). El cristianismo predica la salvación del cuerpo, no la salvación a partir del cuerpo, como hacían, en la antigüedad, las religiones maniqueas y gnósticas y como hacen aún hoy algunas religiones orientales (R. Cantalamessa).

¿Pero qué decir a quien sufre? ¿A quién debe asistir a la “desfiguración” de su propio cuerpo o de un ser querido? Para ellos es tal vez el mensaje más consolador de la Transfiguración: “Él transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo”. Serán rescatados los cuerpos humillados en la enfermedad y en la muerte. También Jesús, de ahí en poco tiempo, será “desfigurado” en la pasión, pero resurgirá con un cuerpo glorioso, con el que vive eternamente, con quien la fe nos dice que iremos a reunirnos después de la muerte.

Todos necesitamos la luz interior para superar las pruebas de la vida. Esta luz proviene de Dios, y es Cristo quien nos la da, Él, en quien habita toda la plenitud de la divinidad (cf. Col. 2,9). Subamos con Jesús al monte de la oración y, contemplando su rostro lleno de amor y de verdad, dejémonos colmar interiormente de su luz.

Pidamos a la Virgen María, nuestra guía en el camino de la fe, que nos ayude a vivir esta experiencia en el tiempo de la Cuaresma, encontrando algún momento en el día para la oración en silencio y para la escucha de la Palabra de Dios. Que por intercesión de Nuestra Reina, en este tiempo de Cuaresma, todos nos sintamos animados por la gloria de la Pascua, y fortalecidos por la Palabra de Dios en el camino de conversión para llegar a ella”.

 

 

I Domingo de cuaresma/A

Las tentaciones (Gén 2,7-9; 3,1-7; Sal 50,3-4. 5-6a. 12-13. 14 y 17; Rom 5,12-19; Mt 4,1-11)

Hoy, Primer Domingo de Cuaresma las Lecturas nos presentan la tentación y el pecado de nuestros primeros progenitores en el Paraíso Terrenal, así como las tentaciones y el triunfo de Jesús sobre ellas en el Desierto.

Hoy, Primer Domingo de Cuaresma las Lecturas nos presentan la tentación y el pecado de nuestros primeros progenitores en el Paraíso Terrenal, así como las tentaciones y el triunfo de Jesús sobre ellas en el Desierto.

Ya hemos comenzado la Cuaresma, tiempo especial de conversión y penitencia que iniciamos con la Imposición de la Ceniza el pasado Miércoles. Hoy, Primer Domingo de Cuaresma las Lecturas nos presentan la tentación y el pecado de nuestros primeros progenitores en el Paraíso Terrenal, así como las tentaciones y el triunfo de Jesús sobre ellas en el Desierto.

En este tiempo de gracia que hemos comenzamos, fijamos una vez más nuestra mirada en la misericordia del Padre. La cuaresma es un camino: nos conduce a la victoria de la misericordia sobre todo aquello que busca aplastarnos o rebajarnos a cualquier cosa que no sea digna de un hijo de Dios.

Dios por amor crea al hombre y a la mujer para hacerles partícipes de su amor. El enemigo, envidioso del amor que Dios tenía a estas primeras creaturas humanas, les asedió con la más terrible de las tentaciones, la soberbia, “seréis como dioses”, invitándoles a que se desligaran de Dios como él había hecho. Ellos cayeron. Y las consecuencias fueron desastrosas, no sólo para ellos, sino para toda la humanidad, pues de ellos heredamos el pecado original, y los frutos del mismo: pecado y más pecado (primera lectura).

Jesús vino para enseñarnos a luchar contra las tentaciones y para darnos la fuerza para vencerlas. Las tres tentaciones de Jesús abarcan los tres campos atractivos para todos: el ansia de disfrutar, el deseo de vanidad y la ambición del poder. Tentaciones que atentaban contra su misión como Mesías y Salvador: éstas querían llevarle a un mesianismo triunfal, fácil, favorable a sí mismo, con prestigio y poder. De todas estas tentaciones Jesús sale vencedor y se mantiene fiel y totalmente disponible al plan salvador de Dios, dándonos el ejemplo a seguir y la gracia para vencer, que pasará por la oración, el sacrificio y los sacramentos.

El Demonio, como en el Paraíso, sigue presentando la tentación como algo llamativo, apetitoso y “aparentemente” bueno. Nos dice la Escritura: “La mujer vio que era bueno, agradable a la vista, y provocativo para alcanzar sabiduría”. Y ante las tentaciones -que siempre estarán presentes- nos quedan dos opciones: seguir nuestro propio camino… o seguir en fe el camino que Dios nos presenta para nuestra vida. Y para seguir el camino de Dios hay que seguir lo que Dios quiere, como Él lo quiere, cuando Él lo quiere y porque Él lo quiere. De lo contrario, estaríamos actuando como Adán y Eva.

Nuestras tentaciones tienen el mismo sabor que las de Jesús, pues el enemigo conoce muy bien nuestro talón de Aquiles. ¿Queremos vencer las tentaciones? Aliémonos como Jesús a la Palabra de Dios que es espada bien afilada, hagamos ayuno de todo aquello que nos corrompe la voluntad y mancha la afectividad; alimentémonos con los sacramento, y no hagamos caso a las mentiras y propuestas del enemigo.

La Cuaresma nos invita a todos a aprender a vencer las tentaciones, como Jesucristo en el Desierto, con la ayuda de la gracia que Dios siempre nos da. Nos invita también a reconocernos pecadores, a arrepentirnos de nuestras faltas y a confesarlas. La Cuaresma es tiempo especial de conversión y de Confesión, porque es tiempo de volvernos a Dios y de acercarnos más a Él.

El Papa Francisco ha dicho que (1/III/17):

“Cuaresma es tiempo de memoria, es el tiempo de pensar y preguntarnos: ¿Qué sería de nosotros si Dios nos hubiese cerrado las puertas? ¿Qué sería de nosotros sin su misericordia que no se ha cansado de perdonarnos y nos dio siempre una oportunidad para volver a empezar?

Cuaresma es el tiempo de preguntarnos: ¿Dónde estaríamos sin la ayuda de tantos rostros silenciosos que de mil maneras nos tendieron la mano y con acciones muy concretas nos devolvieron la esperanza y nos ayudaron a volver a empezar? Cuaresma es el tiempo para volver a respirar, es el tiempo para abrir el corazón al aliento del único capaz de transformar nuestro barro en humanidad.

No es el tiempo de rasgar las vestiduras ante el mal que nos rodea sino de abrir espacio en nuestra vida para todo el bien que podemos generar, despojándonos de aquello que nos aísla, encierra y paraliza. Cuaresma es el tiempo de la compasión para decir con el salmista: ‘Devuélvenos Señor la alegría de la salvación, afiánzanos con espíritu generoso para que con nuestra vida proclamemos tu alabanza’; y nuestro barro –por la fuerza de tu aliento de vida– se convierta en ‘barro enamorado’”.

Que la Virgen María… nos ayude a descubrir la importancia de ponernos en paz con Dios y con los hermanos, de manera especial mediante los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía.

Homilía VIII domingo del Tiempo Ordinario/A

VIII domingo del Tiempo Ordinario/A (Mt 6, 24-34)

La divina providencia

Ya sabe su Padre celestial que tienen necesidad de todo eso. Busquen primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura’”.

Ya sabe su Padre celestial que tienen necesidad de todo eso. Busquen primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura’”.

El texto de Isaías nos invita a descubrir, a través de las imágenes de las “aves del cielo y los lirios del campo”, la ternura del amor de Dios, que tiene el signo más acabado en el amor de la madre a su hijo.

Preocuparse en exceso por lo material hasta inquietarse y perder el sosiego puede apartarnos de Dios. Jesucristo no rechaza el trabajo y el esfuerzo personal para realizarse y mejorar la vida social; no invita al desinterés y a la despreocupación, sino que orienta sobre el equilibrio de lo material y lo trascendente, dejando bien sentado que el Reino de Dios tiene valor absoluto (Evangelio).

Nuestra cultura ha eliminado cualquier valor trascendente y exagera todo lo material y terreno. Se antepone el ‘tener’ al ‘ser’. Hoy se ofrecen al hombre de nuestro tiempo nuevos ídolos, que hacen que Dios quede en el olvido. El reto que se nos presenta es el de comprobar si nuestra vida está debidamente equilibrada, reconciliada con todos los valores que el progreso pone a nuestro alcance, pero siempre que estén subordinados a los ‘bienes de arriba’ y al amor de Dios.

El Padre cuida providencialmente de sus hijos: “Jesús pide un abandono filial en la providencia del Padre celestial que cuida de las más pequeñas necesidades de sus hijos: “No anden, pues, preocupados diciendo: ¿qué vamos a comer?; ¿qué vamos a beber?…Ya sabe su Padre celestial que tienen necesidad de todo eso. Busquen primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura’”.

Dios realiza sus designios: “La creación tiene su bondad y su perfección propias, pero no salió plenamente acabada de las manos del Creador. Fue creada ‘en estado de vía’ hacia una perfección última todavía por alcanzar, a la que Dios la destinó. Llamamos divina providencia a las disposiciones por las que Dios conduce la obra de su creación hacia esa perfección: Dios guarda y gobierna por su Providencia todo lo que creó, ‘alcanzando con fuerza de un extremo a otro del mundo y disponiéndolo todo con dulzura’. Porque ‘todo está desnudo y patente a sus ojos’, incluso lo que la acción libre de las criaturas producirá” (Vaticano I).

La Providencia hace que pongamos la confianza en Dios: “El Señor se lamenta de los ricos porque encuentran su consuelo en la abundancia de bienes. El orgulloso busca el poder terreno, mientras el pobre en espíritu busca el Reino de los Cielos” (S. Agustín, serm. Dom 1,3).

Confiar en Dios en cualquier circunstancia: “Es confiar en todas las circunstancias, incluso en la adversidad. Una oración de Santa Teresa de Jesús lo expresa admirablemente: ‘Nada te turbe/ Nada te espante todo se pasa/ Dios no se muda la paciencia todo lo alcanza/ quien a Dios tiene nada le falta/ Sólo Dios basta (Poes. 30)’”.

Para ilustrar lo que Cristo quiere decir, me gustaría relatar la conversación entre unos turistas y un monje de clausura en su convento. Por concesión especial se les permitió visitar la celda personal del monje. Y se sorprendieron grandemente de la pobreza del mobiliario, una mesa, una silla, un buró, unos cuantos libros y un rosario: “Pero ¿dónde están sus muebles?” le preguntaron. A lo que el monje respondió preguntando a su vez: “¿Y dónde están los suyos?”. Ah, respondieron: “nosotros no necesitamos muebles, porque somos turistas”. “Pues yo también soy turista en este mundo”, dijo el monje.

Por consiguiente, si Dios es nuestro Padre cariñoso, entonces no debemos estar preocupados por las cosas temporales, sino ocupados en el hoy, tratando de cumplir con amor la voluntad de Dios Padre y poniendo nuestras preocupaciones en el corazón tierno de ese Padre Dios Providente, como hacen los pájaros del cielo y las flores del campo. Somos peregrinos con destino a la eternidad. De su mano llegaremos seguros.

Reitero, todo esto no es una invitación a la ociosidad, a la irresponsabilidad, sino a evitar la angustia, el excesivo afán de tener y poseer. A cada día le bastan sus propios disgustos, y no vale la pena adelantar las angustias que pensamos que nos sucederán mañana. Cristo nos invita a buscar lo esencial en esta vida y a poner cada cosa en su lugar, venciendo la tentación consumista. No levantemos altares al dinero, al placer, a la comida y bebida. Que el corazón y las manos queden libres, para servir a Dios y a su Reino. Dios es el absoluto. El resto es relativo. Nuestro corazón estará inquieto hasta que no descanse en Dios (San Agustín). Que la Virgen María nos enseñe  orar con el salmista: “Descansa sólo en Dios, alma mía, porque Él es mi esperanza; sólo Él es mi roca y mi salvación, mi alcázar: no vacilaré” (Sal 61-62,7).

 

Homilía VII domingo del Tiempo Ordinario

VII domingo del Tiempo Ordinario/A (Mt 5, 38-48)

¡Que Él, y no otros “modelos”, sea la medida de tu amor!

           ¡Que Él, y no otros “modelos”, sea la medida de tu amor!

Jesús después de habernos hablado de las bienaventuranzas, luego de que nos ha pedido convertirnos en sal y en luz para las gentes que nos rodean, y después de habernos indicado que él no venía a abolir los mandamientos, sino a darles plenitud, hasta hacernos llegar a las grandes alturas de la santidad y del heroísmo, Cristo hoy deja caer sobre nuestros ánimos algo que tendría que cambiar radicalmente nuestras vidas: Cristo fue muy preciso y muy claro y muy tajante sobre lo que él quiere de los que se han convertido en sus seguidores: “Han oído que se dijo: ama a tu prójimo y odia a tu enemigo. Yo en cambio, les digo: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian y rueguen por los que los persiguen y calumnian, para que sean hijos de su Padre celestial, que hace salir su sol sobre los buenos y los manos y manda su lluvia sobre los justos y los injustos”.

Todo esto sólo es posible para el que tiene fe. Si no tuviéramos fe, ¿cómo podríamos amar al que te ha dejado sin casa y sin familia porque su voracidad ha sido grande y sin medida? Quién que no tenga fe ¿podría siquiera pensar en hacer el bien a los que saben que te odian, que te ven como objeto inservible, para quienes sólo eres útil mientras pueden servirse de ti, pero al que han tirado cuando ya te han sacado todo el jugo? Y ¿Quién se atrevería a rogar por los que te persiguen y te ha calumniado hasta dejarte en la lona?

Necesitamos fe, mucha fe. Y es que “Una fe que no da fruto en las obras no es fe”. Muchas veces escuchamos: ‘Pero yo tengo mucha fe’, ‘Yo creo todo, todo…’ Y quizá esta persona que dice eso tiene anidada en el corazón la venganza, que cuando no se le pone límite es capaz de acabar con los individuos en conflicto e incluso con naciones enteras, provocando guerras, hambre, sangre inocente derramada y enemistades que pueden durar toda una vida. Su fe sería como una teoría, pero no está viva en su vida. Podemos conocer todos los mandamientos, todas las profecías, todas las verdades de fe, pero si esto no se pone en práctica, si no va a las obras, no sirve. Podemos recitar el Credo teóricamente, también sin fe, y hay tantas personas que lo hacen así. ¡También los demonios! Los demonios conocen bien lo que se dice en el Credo y saben que es verdad (Francisco).

Pero por otra parte, el hecho de Cristo nos pida que dejemos de usar la violencia, la venganza y el odio como el móvil de nuestra vida, eso no quiere decir que debamos de quedarnos callados y con los brazos cruzados ante la injusticia y la maldad. Cristo mismo no procedió así. Él nunca se doblegó ante la injusticia del Imperio romano; a Herodes lo llamó “don nadie”, zorro; a los ricos les señaló su gran dificultad para llegar al Reino de los cielos; a los fariseos los denunció por manipular las conciencias de los pobres y a los sumos sacerdotes por haber convertido las cosas de Dios en un negocio.

Y si no nos acabamos de reponer de la sorpresa que nos han causado las palabras de Cristo, todavía podemos sorprendernos un poco más, cuando el profeta Isaías nos llama a la santidad, porque nos hemos acercado Dios que es tres veces santo, y todavía más, el mismo Cristo, en el colmo del heroísmo y la santidad, nos pide escuetamente: “Sean perfectos como su Padre celestial es perfecto”. Ya tenemos trabajo para rato, ¡comencemos!

Esta caridad comienza por casa, con los más cercanos, que son los que más motivos y ocasiones nos dan de practicarla: en la familia, en el equipo de trabajo, en la comunidad religiosa y en la parroquial. No dar importancia a pequeñeces, sobre las que discutimos a veces perdiendo el humor y la paz. Esa caridad no con palabras bonitas o con teorías, sino con gestos concretos (evangelio). También caridad con los pobres, los débiles, los pecadores, los que están en las periferias, como tantas veces nos dice el Papa Francisco. Y el culmen, caridad para perdonar a los enemigos y a los que nos maltratan, poniendo la otra mejilla. El cristiano saluda a los adversarios, presta gratuitamente, no responde con contraataques, está pronto a la reconciliación sin albergar sentimientos de represalia y cortando las escaladas del rencor en nuestro trato con los demás.

¿Utopía? ¿Asignatura pendiente en algunos cristianos? ¿Entendimos el mensaje difícil de Jesús? ¿Lo practicamos? En esto nos jugamos nuestro nombre de cristianos y nuestro gozo eterno: al final de la vida se te examinará del amor.