Homilía Segundo domingo del Tiempo Ordinario/A

Segundo domingo del Tiempo Ordinario/A (Jn 1, 29-34)

Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo

Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo

Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo

El Evangelio nos relata el testimonio de Juan el Bautista sobre Jesucristo, nos dice Quién es Jesús, cuál es su identidad: el Hijo amado del Padre eterno en quien tiene sus complacencias; el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo.

Jesús es el Cordero de Dios porque ha sido elegido por Dios para librarnos de la esclavitud del pecado y hacernos hombres y mujeres libres, y así como en otros tiempos los israelitas fueron librados de la muerte y de la esclavitud por medio de la sangre de un cordero, razón por la que celebran la Pascua de generación en generación, así también nosotros hemos sido librados, en Cristo y por su sangre, de la esclavitud del pecado y de la muerte.

El testimonio que nos da san Juan de Jesús: Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, tiene una profunda implicación en el mundo y en cada uno de nosotros; esto es algo muy conocido de todos: Esta expresión que utiliza Juan para presentar a Cristo a sus discípulos es la misma con la que nosotros invocamos a Cristo, en el “Gloria”, reconociéndolo como Señor, como Dios y como Hijo del Padre; es también como Cordero de Dios que le dirigimos repetidamente nuestra súplica en la letanía que acompaña a la fracción del pan eucarístico; y es como Cordero de Dios que nos es presentado Cristo cuando se nos invita a acercarnos a la mesa eucarística para recibir su Cuerpo como verdadero alimento. Así pues, no es una expresión extraña para nosotros.

Pero, ¿cómo hacer que la muerte y resurrección de nuestro Cordero inmolado sea nuestro salvador y redentor, luz de nuestros corazones; cómo hacer para que sea el Dios hombre que nos quite el pecado personal y del mundo? Cuando vivimos en un mundo secularizado (un mundo sin Dios y sin pecado, despersonalizado y sin valores); atiborrado de consumismo (cuyo dios parece el comprar y el consumir para ser felices), hedonismo (que hace consistir la felicidad en la satisfacción de los sentidos y del placer, sin hacer uso de la razón y la voluntad), y en un pluralismo en donde cada uno nos sentimos poseer la verdad, en detrimento de la enseñanza y la persona del cordero que dijo “Yo soy la verdad…). Parece que esta presentación que Juan hace de Jesús ha perdido su razón de ser. Ahora ya no hay pecados, ni pecado: porque hemos expulsado a Dios de nosotros y nosotros mismos hemos perdido el sentido de nuestra dignidad y de los valores más elementales…

Se ha perdido la conciencia de pecado. Pero san Juan, lo queramos o no. nos dice: este es el Cordero… Reconozcámoslo, somos culpables. Al menos, no somos inocentes en un mundo dividido, en una sociedad injusta, en un sistema deshumanizado. Vivimos en un mundo de pecado, en un mundo inhumano, fratricida, insolidario… El pecado del mundo está en sus estructuras, o sea, en el modelo de organización que hemos elegido y sostenemos, cueste lo que cueste, entre todos. El precio de este modelo, también llamado “sociedad del bienestar”, es el pecado, es decir, la injusticia y la explotación, la marginación y la exclusión…

San Juan Pablo II decía que “se trata de pecados muy personales que tenemos cada uno cuando favorecemos o propagamos cualquier injusticia; son pecados de quienes pudiendo hacer algo para evitar, eliminar o, al menos, limitar determinados males sociales, omite el hacerlo por pereza, por miedo y encubrimiento, por complicidad solapada o por indiferencia; de quien busca refugio en una presunta imposibilidad de cambiar el mundo, y también de quien pretende eludir la fatiga y el sacrificio, alegando supuestas razones de orden superior”. De manera que, por complicidad o por omisión, todos estamos metidos en el pecado del mundo. Y, siendo esto así, nada tiene de extraño que el mismo pecado del mundo no nos deje ver nuestras propias culpas, y no queramos reconocernos pecadores, y ser liberados por el cordero de Dios que quita el pecado personal y del mundo…

Es muy cómodo confundir el pecado con los “pecadillos”, o con la clásica excusa: no robo, no mato…estoy bien… pero no te confiesas, ni comulgas, o lo peor, comulgas y no te confiesas…y como consecuencia vives en el sacrilegio, o al margen de tus compromisos de discípulo y apóstol de Jesús… Para recuperar el sentido del pecado hay que empezar por recuperar la conciencia de seres humanos, la conciencia de la igualdad de todos al nacer, la conciencia de la responsabilidad humana y de la solidaridad entre los hombres. Para desenmascarar nuestros pecados, celosamente camuflados en el pecado del mundo, no hay más que recorrer las enseñanzas del Cordero de Dios que quita el pecado del Mundo… /Pero el más grave de todos los pecados es el querer vivir sin Dios: una cosa es que dios esté contigo y otra que realmente tu estés con él: cumpliendo en todo su santa voluntad… o pensando que no tienes pecado, cuando se vive en la ignorancia religiosa, de sí mismo y con una conciencia sin Espíritu Santo…, en un mundo hasta el cuello de secularización ¡Cómo decir que ya no hay pecado!

El Señor y, sólo el Señor, puede purificar las conciencias humanas, porque para esto es necesaria la fuerza de la redención, esto es, la fuerza del sacrificio que nos transforma desde dentro. Para esto es necesario el sello del Cordero de Dios, grabado en nuestro corazón como un beso misterioso del amor.

Aceptando la invitación de san Juan, caminen con valentía y fidelidad detrás de Cristo. Él es “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Pidámosle, por intercesión de Santa María Reina, que nos ayude a no tener nuestra vida sólo para nosotros mismos, sino a entregársela a él y así actuar junto con él, a fin de que los hombres encuentren la vida, la vida verdadera, que sólo puede venir del Cordero de Dios que Quita el Pecado del mundo.

 

HOMILÍA LA SOLEMNIDAD DE LA EPIFANÍA

 

LA SOLEMNIDAD DE LA EPIFANÍA

Vayamos al portal de Belén con fe y sencillez, desde lo más profundo de nuestro corazón, adoremos a Jesús, prometiéndole que seguiremos siempre su estrella, a Él que es nuestra fe.

Vayamos al portal de Belén con fe y sencillez, desde lo más profundo de nuestro corazón, adoremos a Jesús, prometiéndole que seguiremos siempre su estrella, a Él que es nuestra fe.

La luz que brilló en Navidad durante la noche, iluminando la cueva de Belén, donde permanecen en silenciosa adoración María, José y los pastores, hoy resplandece y se manifiesta a todos. La Epifanía es misterio de luz, simbólicamente indicada por la estrella que guío a los Magos en su viaje. Pero el verdadero manantial luminoso, el “sol que nace de lo alto” (Lc 1, 78), es Cristo.

“Los Magos, que llegan de Oriente a Jerusalén guiados por un astro celeste (cf. Mt 2, 1-2), representan las primicias de los pueblos atraídos por la luz de Cristo. Pero ¿qué es esta luz? “Dios es luz, en él no hay tiniebla alguna” (1 Jn 1, 5). La luz que apareció en Navidad hoy se manifiesta a las naciones: el amor de Dios, revelado en la Persona del Verbo encarnado. Dos cosas se necesitan para descubrir a Dios y encontrarse con Él: el don divino de la fe, cuyo símbolo es esa Estrella, y también el esfuerzo del hombre para salir de sí mismo, como hicieron estos Magos, vencer las dificultades del camino y con fe caer de rodillas ante ese Niño que es Dios y Rey.

La fe es la luz por la que reconocemos a Dios. Es una estrella que nos lleva a Cristo. Mediante la fe conocemos realmente a Dios, aunque este conocimiento sea oscuro, “como a través de un espejo, de manera oscura o borrosa”. Nos asemejamos al piloto de un avión en la noche. No ve absolutamente nada fuera de su cabina. Fiándose de sus instrumentos, sabe que se encuentra en la ruta correcta. También la fe nos sitúa en nuestra ruta, nos muestra el camino que tenemos que recorrer. Dicho de otro modo, “la luz de la fe no disipa todas nuestras tinieblas, sino que, como una lámpara, guía nuestros pasos en la noche, y esto basta para caminar” (LF 57).

Tener fe es encontrar a ese “Tú”, Dios, que me sostiene y me concede la promesa de un amor indestructible; es confiar en Dios con la actitud del niño, el cual sabe que todas sus dificultades, todos sus problemas están a salvo en el “tú” de la madre. Y esta posibilidad de salvación a través de la fe es un don que Dios ofrece a todos.

El Dios de Nuestra fe no es una presencia impalpable, una esencia en la niebla que se extiende alrededor sin saber realmente lo que es. Dios es ‘Persona’ concreta, es un Padre, y por lo tanto la fe en Él nace de un encuentro vivo, de una experiencia viva y personal…

Todos dicen que creen en Dios, ¿Pero en qué tipo de Dios creen? Quizá creen a un ‘dios difuso, un dios-spray’, que está un poco en todas partes, pero que no se sabe lo que es. Nosotros creemos en Dios que es Padre, que es Hijo, que es Espíritu Santo. Creemos en las Personas, y cuando hablamos con Dios hablamos con Personas: o hablamos con el Padre, con el Hijo o hablamos con el Espíritu Santo. Y ésta es la fe”.

 “En la fe, don de Dios, virtud sobrenatural infusa por él, reconocemos que se nos ha dado un gran Amor, que se nos ha dirigido una Palabra buena, y que, si acogemos esta Palabra, que es Jesucristo, Palabra encarnada, el Espíritu Santo nos transforma, ilumina nuestro camino hacia el futuro, y da alas a nuestra esperanza para recorrerlo con alegría. Fe, esperanza y caridad, constituyen el dinamismo de la existencia cristiana hacia la comunión plena con Dios” (LF 7, 2). Quien tiene fe tiene la vida eterna.

Nuestro tiempo requiere de cristianos que estén aferrados a Cristo, que crezcan en la fe a través de la familiaridad con la Sagrada Escritura y los Sacramentos. Personas que sean casi un libro abierto que narra la experiencia de la vida nueva en el Espíritu, la presencia de un Dios que nos sostiene en el camino y que nos abre hacia la vida que no tendrá fin.

Pidamos al Señor, por intercesión de la Virgen María, que nos ayude a crecer en esta fe, esta fe que nos hace fuertes, nos hace alegres, esta fe que siempre comienza con el encuentro con Jesús y prosigue siempre en la vida con pequeños encuentros diarios con Jesús. Vayamos al portal de Belén con fe y sencillez, desde lo más profundo de nuestro corazón, adoremos a Jesús, prometiéndole que seguiremos siempre su estrella, a Él que es nuestra fe.

Que el Señor, por intercesión de la Madre de Dios, en el nuevo Año, nos ayude a todos a crecer en la santidad, para ser en la historia verdadera epifanía del rostro misericordioso y glorioso de Cristo el Señor.

 

Homilía 31 de diciembre fin de año y 1o. de enero María, Madre de Dios

‘Un año que ha pasado no termina pero se cumple’

(Cfr. Papa Francisco 2013)

1 de enero, celebramos la Fiesta de María, Madre de Dios.

           1 de enero, celebramos la Fiesta de María, Madre de Dios.

El apóstol Juan define el tiempo presente de una manera precisa: “Ha llegado la última hora”. Esta afirmación que se repite en la misa del 31 de diciembre, significa que con la venida de Dios en la historia estamos ya en los tiempos “últimos”, después de los cuales el paso final será la segunda y definitiva venida de Cristo.

Naturalmente aquí se habla de la ‘calidad’ del tiempo, no de su ‘cantidad’. Con Jesús ha venido la plenitud del tiempo, plenitud de significado y plenitud de salvación. Y no habrá más una nueva revelación, sólo la manifestación plena de lo que Jesús ya ha revelado.

En este sentido estamos ya en la ‘última hora’; cada momento de nuestra vida no es provisorio, es definitivo, y cada acción nuestra está cargada de eternidad. De hecho la respuesta que damos hoy a Dios, que nos ama en Jesucristo, incide en nuestro futuro.

La visión bíblica y cristiana del tiempo y de la historia no es cíclica, sino lineal: es un camino que va hacia un cumplimiento. Un año que ha pasado por lo tanto no nos lleva a una realidad que termina, pero sí a una realidad que se cumple, es un paso ulterior hacia la meta que está delante de nosotros: una meta de esperanza y de felicidad, porque encontraremos a Dios, razón de nuestra esperanza y fuente de nuestra alegría.

Mientras llega a su término el año 2016, recogemos como en un cesto, los días, las semanas, los meses que hemos vivido, para ofrecer todo al Señor. Y preguntarnos: ¿cómo he vivido el tiempo que él me ha dado? ¿Lo he vivido sobre todo para mi mismo, para mis intereses, o he sabido usarlo también para los otros? ¿Cuánto tiempo he reservado para ‘estar con él’, en la oración, en el silencio, en la adoración?

Y después pensemos: ¿Qué ha sucedido este año? ¿Qué está sucediendo, qué sucederá? ¿Cómo es la calidad de la vida en esta ciudad? ¡Depende de todos nosotros! ¿Cómo es la calidad de nuestra ciudadanía? ¿Este año hemos contribuido en nuestra pequeña capacidad a volverla vivible, ordenada, acogedora?

De hecho el rostro de una ciudad es como un enorme mosaico cuyos azulejos son todos los que allí viven. Seguramente quien tiene cargos públicos tiene mayor responsabilidad, pero cada uno es corresponsable en el bien y en el mal.

Existen tantas personas marcadas por las miserias materiales y morales, personas pobres, infelices, sufridoras, que interpelan la conciencia de cada ciudadano. Irapuato está llena de gente que trabaja, pero también de personas que no encuentran trabajo o realizan trabajos mal pagados y a veces indignos. Y todos tienen derecho a ser tratados con la misma actitud de acogida y equidad, porque cada uno es portador de dignidad humana.

Es el último día del año. ¿Qué haremos, cómo actuaremos en el próximo año para volver un poco mejor a nuestra ciudad? El Irapuato del año nuevo tendrá un rostro más acogedor y armonioso, si es más rico en humanidad, que sabe respetar, acoger, que sabe decir permiso, gracias, perdón. Si todos nosotros estamos atentos y somos generosos hacia quien está en dificultad; si sabemos colaborar con el espíritu constructivo y solidario, en favor del bien de todos, si cada uno somos solidarios y responsables en nuestros compromisos, nuestro mundo será mejor.

El Irapuato del año nuevo será mejor si no hay personas que lo miran ‘de lejos’, como a una tarjeta postal, que miran la vida solamente ‘desde el balcón’, sin involucrarse en tantos problemas humanos, problemas de hombres y mujeres que al final… y desde el principio, queramos o no, son nuestros hermanos.

En esta perspectiva, desde nuestra fe, sintámonos interpelados a dar nuestra contribución a la vida y al futuro de la ciudad. Es nuestro deber sentirnos animados y a animar con la levadura del evangelio, a ser signo e instrumento de la misericordia de Dios.

Esta noche concluimos el Año del Señor 2016, agradeciendo y pidiendo perdón. Las dos cosas juntas, agradecemos y pedimos perdón. Agradecemos por todos los beneficios que Dios nos ha dado, y especialmente por su paciencia y su fidelidad, que se manifiestan en el sucederse de los tiempos, pero en modo singular, en la plenitud del tiempo cuando “Dios mandó a su Hijo, nacido de mujer”.

La Madre de Dios, en cuyo nombre mañana iniciaremos un nuevo tramo de nuestra peregrinación terrena, nos enseñe a acoger a Dios hecho hombre, porque cada año, cada mes, cada día sea lleno de su eterno amor.  Exitoso y santo año 2017 para todos con mi afecto y oración.

 

Solemnidad de Santa María Madre de Dios,

1 de enero Ciclo A (Lc 2, 16-21)

María es Madre de Dios y Madre nuestra

María, Madre de Dios y Madre de la Iglesia

    María, Madre de Dios y Madre de la Iglesia

María es Madre de Dios, verdad que conocemos y repetimos, pero que, si nos fijamos bien, es un milagro colosal, incomprensible, infinito. En el ambiente de celebración del Nacimiento del Hijo, el cual nos refiere el Evangelio de hoy (Lc. 2, 16-21) la Iglesia nos invita a celebrar el primer día de cada año a María, Madre de Dios… y Madre nuestra: “Bendita sea por siempre la Santa Inmaculada Concepción de la Bienaventurada siempre Virgen María, Madre de Dios… y Madre nuestra”.

La verdad de que María es verdadera Madre de Dios, la Theotokos, la Iglesia la definió en el concilio de Éfeso en el 431. San Cirilo de Alejandría, que presidió el Concilio, escribía a sus fieles: “Sabéis que se reunió el santo sínodo en la gran iglesia de María, Madre de Dios. Pasamos allí el día entero… Había allí unos doscientos obispos reunidos. Todo el pueblo esperaba con ansiedad, aguardando desde el amanecer hasta el crepúsculo la decisión del santo Sínodo… Cuando salimos de la iglesia, nos acompañaron con antorchas hasta nuestros domicilios, porque era de noche. Se respiraba alegría en el ambiente; la ciudad estaba salpicada de luces; incluso las mujeres nos precedían con incensarios y abrían la marcha” (Epístola 24). San Ignacio de Antioquía llama a Jesús “el hijo de Dios y de María”.

La Segunda Lectura nos dice que “Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, para rescatarnos, a fin de hacernos hijos suyos. Puesto que ya somos hijos… podemos exclamar ‘¡Abba!’, que quiere decir ¡Papá! ¡Papito!” (Gal. 4, 4-7). Parodiando a San Pablo, puesto que ya somos hijos, si podemos llamar así al Padre, también podemos llamar a la Madre: ¡Madre! ¡Madrecita! ¡Mamá! ¡Mamita!

Esto coloca a María a una altura que da vértigo, al lado del Padre. Pero también, por ser de nuestra raza “nacido de una mujer”, está cercana a nosotros y se hace nuestra madre también, madre de la Iglesia. De esclavos que éramos pasamos a ser hijos en el Hijo (segunda lectura). Maravilloso intercambio éste como para felicitar a María y felicitarnos entre nosotros.

Ahora, veamos la misión que tiene esta Madre, como toda madre. Una madre da a luz a su hijo con amor y acompaña a su hijo hasta el final. Así hizo María con su Hijo Jesús. Una madre amamanta a su hijo. Una madre cuida a su hijo. Una madre respeta la libertad de su hijo. Una madre acompaña a su hijo en sus momentos alegres y también en los momentos difíciles. María es madre de todos los hombres en el orden de la gracia. Al dar a luz a su primogénito, dio a luz también espiritualmente a aquellos que pertenecerían a él, a los que serían incorporados a él y se convertirían así en miembros suyos. Ella desde el cielo intercede por nosotros, nos consuela, nos anima y nos apunta a su Hijo diciéndonos: “Hagan lo que Él les diga”.

Pero pareciera que nosotros no queremos vivir así. Decimos que queremos las gracias que nos vienen por manos de la Virgen, pero también queremos nuestra voluntad. Y las dos cosas no pueden ir juntas. Decimos que queremos vivir bajo el manto de la Virgen, pero también queremos vivir bajo el manto de nuestros caprichos. Decimos que queremos recibir los dones divinos, pero creemos que nuestros propios deseos son más importantes que esos dones.

Por eso en este primero de año, podríamos hacerle al Señor una carta en blanco, que comenzara en imitación a la Madre de Dios, por un “Hágase en mí según tus deseos” y terminara con un “Amén. Así sea”, dejando que El, Padre infinitamente Sabio y Bondadoso, la llenara de sus deseos, de sus designios, de sus planes para nuestra vida.

Así podremos recibir desde este primer día del año la bendición con las palabras que Dios mismo nos dejó y que leemos en la Primera Lectura: “El Señor los bendiga y los guarde, haga brillar su rostro sobre ustedes y les conceda su favor, vuelva su mirada misericordiosa a ustedes y les conceda la Paz” (Núm. 6, 22-27).

Por tanto, preguntémonos qué podemos imitar de María, nuestra Madre. El evangelio nos da dos secretos: “Ella conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón”. Seamos hombres que sabemos rumiar las cosas de Dios en nuestra vida, y como decía san Agustín, dado que no podemos imitarla en la primera Encarnación física, imitémosla en la segunda encarnación espiritual “concibiendo el Verbo con la mente”. Y segundo, salgamos de la Navidad como los pastores que salieron “dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían oído y visto”, es decir, seamos testigos de esta Encarnación del Hijo de Dios y de esta Maternidad divina de María.

Pensemos ¿Tengo a María como madre de mi fe, esperanza y amor? ¿Rezo continuamente a María? Puedo, como María, recibir la palabra, custodiarla en mi corazón, hacer de ella la luz para mis pasos, alimento de mi vida espiritual.

El frágil Niño que la Virgen muestra hoy al mundo nos haga agentes de paz, testigos de él, Príncipe de la paz. Que Ella, Madre de Dios, nos ayude a acoger a su Hijo y, en él, la verdadera paz. Pidámosle que ilumine nuestros ojos, para que sepamos reconocer el rostro de Cristo en el rostro de toda persona humana, corazón de la paz. ¡Feliz año nuevo a todos!

 

Homilía MISA DE NOCHEBUENA y Navidad

MISA DE NOCHEBUENA (24 de diciembre/17)

“Hoy” nos ha nacido el Salvador.

              “Hoy” nos ha nacido el Salvador.

Hoy” nos ha nacido el Salvador. Este”hoy” quiere significar que lo que celebramos en la Navidad no es un simple aniversario, sino un”sacramento’, o sea una actualización sacramental del hecho salvífico del nacimiento humano del Hijo de Dios.

La Navidad es la revitalización en nuestro vida del “ayer” de Belén y del “mañana” de la última venida del Señor en el “hoy” de la celebración de este año, que es un acontecimiento siempre nuevo, no sólo un recuerdo folclórico de hechos pasados. “Hoy”, después del duro y cruel destierro, estamos viendo una Luz grande que nos brilla y nos salva. “Hoy” hay gozo y alegría por esta victoria y liberación. “Hoy” de la estirpe de David-Rey nos ha nacido un Niño, que es el Libertador, el Dios Fuerte, Príncipe de la paz. “Hoy” ese Niño instaura su Reino y nos trae su gracia divina, el derecho, la justicia (primera lectura).

Este Dios que en Cristo nos trae “hoy” la salvación, lo hizo a través de su entrega. Así nos rescató de toda iniquidad y nos purificó. Esto nos exige “hoy” llevar una vida digna, sobria, justa y piadosa; renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos (segunda lectura). Sólo así podemos festejar su fiesta con Él.

Hoy” María sigue buscando un lugar, un corazón, donde poner a su Hijo Jesús. “Hoy” José nos pide una ayuda para limpiar y dignificar nuestro pesebre interior. “Hoy” María nos ofrece a su Hijo para nuestra adoración y admiración. “Hoy” cada uno de nosotros podemos envolverle con los pañales de nuestro amor y cariño. “Hoy” podemos cantarle como hicieron los ángeles en esa bendita noche con las voces de nuestra fe y humildad. “Hoy” deberíamos ir corriendo a la gruta, como los pastores, para ofrecerle lo mejor que tenemos y somos: “nuestro requesón, manteca y vino” como dice el villancico.

Nuestro corazón ha sido hecho y educado, ni más ni menos, que para acoger a su hacedor y a quien más le corresponde y conoce, a su pacificador, consolador y el único que lo puede satisfacer por entero. El Señor ha venido para reconstruir, para rehacer al hombre y al mundo, ha venido trayendo ante todo la paz, la dicha, la alegría, la felicidad.

¡Feliz Navidad! Es la palabra que más escuchamos estos días. Nos la dicen los mensajes comerciales, la gente de las calles, los discursos de los políticos, el abrazo cariñoso de la familia… y siempre irá acompañado de un deseo de cosas buenas. Pero, ¿realmente entendamos la profundidad de tales palabras?, ahondemos un poco ahora esta expresión: felicidad, partiendo de la enseñanza de la exhortación Evangelii Gaudium del Papa Francisco, que señala que “el gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales”.

Ante esta situación, el santo padre se dirige a los fieles cristianos “para invitarlos a una nueva etapa evangelizadora marcada por la alegría”, porque “la alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús” y “quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento”.

Aun así, el papa comprende a las personas que “tienden a la tristeza por sufrir graves dificultades” y reconoce que “la alegría no se vive del mismo modo en todas las etapas y circunstancias de la vida”, pero nos pide que permitamos que “la alegría de la fe comience a despertarse, aun en medio de las peores angustias”.

“La tentación aparece frecuentemente bajo forma de excusas y reclamos, como si debieran darse innumerables condiciones para que sea posible la alegría”. Esto suele suceder porque “la sociedad tecnológica ha logrado multiplicar las ocasiones de placer, pero encuentra muy difícil engendrar la alegría”.

Además, “cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien”. “Los creyentes también corren ese riesgo, cierto y permanente”. “Muchos caen en él y se convierten en seres resentidos, quejosos, sin vida”.

Por otra parte, el santo padre comparte diciendo: “los gozos más bellos y espontáneos que he visto en mis años de vida son los de personas muy pobres que tienen poco a qué aferrarse”. También recuerda “la genuina alegría de aquellos que, aun en medio de grandes compromisos profesionales, han sabido conservar un corazón creyente, desprendido y sencillo”. De maneras variadas, “esas alegrías beben en la fuente del amor siempre más grande de Dios que se nos manifestó en Jesucristo”.

En este sentido, el antídoto contra la tristeza es “vivir con alegría las pequeñas cosas de la vida cotidiana”. “El Evangelio, donde deslumbra el humilde y glorioso nacimiento del Niño de Belén, invita insistentemente a la alegría”. Para que esta alegría de la Navidad sea un don y una tarea, podemos preguntarnos: ¿Tengo el corazón abierto y limpio para hospedar a este Niño Jesús que viene humilde para traerme la salvación “hoy”?, ¿Hay algo “hoy” que me impide abrirle la puerta de mi posada? ¿Qué es? ¿Tendrá que pasar de largo María porque encontró todo cerrado en mí?

MISA DE NAVIDAD (25 de diciembre/17)

Cristo es la Palabra definitiva y última que pronunció Dios Padre

Cuando estos días nos den a besar el Niño, nos dirán.”Un niño nos ha nacido.Misa de Navidad Un hijo se nos ha dado”. Haremos un acto de fe. Hablamos de un pasado y lo decimos en presente. El que nació, sigue naciendo entre nosotros.

El Niño que nace en Belén es la Palabra definitiva del Padre que nos trae un mensaje clarísimo, nítido, inteligible y consolador para todos: Dios nos ama, nos quiere salvar y hacernos partícipes de la filiación divina por la gracia. Las frases de los Santos Padres son muy atrevidas:”Dios se hace hombre para que el hombre se haga Dios por la gracia y participe en la vida divina…El hombre es un ser que ha recibido la orden de hacerse Dios…Yo soy hombre por naturaleza y Dios por la gracia”.

Dios había hablado en épocas pasadas por otros mensajeros –los profetas-, pero ahora lo hace directamente por su Hijo al que ha nombrado heredero de todo, que es reflejo de su gloria, impronta de su ser, creador (segunda lectura). Palabra que anunciará la buena noticia; pregonará el derecho, la justicia y la paz; nos consolará, nos rescatará y purificará (primera y segunda lectura). Palabra que es Dios, vida, luz, y que se encarnó para hacerse audible, inteligible, habitar entre nosotros y hacernos partícipes de la filiación divina a través de la gracia (evangelio). Palabra ya definitiva, última, perfecta; no esperemos otra. Esta Palabra explicará todo y dará razón de todo y a todos, sin excepción.

La Palabra definitiva necesita unos oídos nuevos que la escuchen; una mente abierta que la entienda y se deje iluminar por la luz de la fe; un corazón limpio que la rumie y la interiorice y la haga fecundar; una voluntad decidida para poner en práctica lo que esa Palabra le pide; una lengua sin trabas que, como auténtico mensajero, la transmita por todas partes con alegría, integridad y sin tergiversar ni manipular.

Esta Palabra, ya lo sabemos, se llama Cristo Jesús: el Hijo de Dios, que desde la primera Navidad es también hijo de los hombres. Dios nos ha dirigido su Palabra. Si entre nosotros puede tener tanta trascendencia el dirigirnos o no la palabra unos a otros, si nuestra palabra de amistad, de interés o de amor, puede significar tanto, ¿qué será esa Palabra de Dios, su propio Hijo, que ha querido hacerse uno de nuestra raza y está para siempre entre nosotros? No. No es un Dios mudo, el nuestro. No es un Dios lejano, displicente, amenazador. Es un Dios que nos habla, y su Palabra se llama de una vez por todas, Jesús. Y, desde entonces, siempre es Navidad, porque siempre está esta Palabra de Dios dirigida vitalmente a nosotros, en señal de amistad y de alianza.

Ese es el Misterio que hoy celebramos. Y que nos llena de alegría. Una Palabra hecha persona, que es el Hijo mismo de Dios, y que nos asegura que a nosotros también nos acepta como hijos.

Alegrémonos, hermanos. Y acojamos a ese Niño, que es Hijo de Dios y Hermano nuestro. Que no se pueda decir de nosotros lo que Juan ha dicho de los judíos: al mundo vino y el mundo no le conoció, vino a su casa y los suyos no le recibieron.

Desde el momento en que estamos aquí, celebrando la Eucaristía de Navidad, es que sabemos apreciar el gesto de Dios y hemos reconocido al Mesías, Jesús, lleno de gracia y de verdad.

La Eucaristía de hoy la celebraremos con una gratitud especial. El que nació de la Virgen María en la primera Navidad, se hace hoy para nosotros Pan y Vino, para fortalecernos en nuestro camino.

No estamos celebrando una fecha, o un aniversario, o una doctrina. Estamos celebrando a una Persona que vive, que está presente: El Hijo, el Hermano, el Salvador. Es el Dios que se ha hecho hombre para hacernos a nosotros partícipes de la vida de Dios.

Finalmente, como consecuencia, quien, pudiendo, no escuche o no acepte esa Palabra y la reciba con amor y libertad, quedará en la oscuridad, caerá en el error, sufrirá la tristeza, seguirá en la esclavitud. Por lo mismo, no tendrá Navidad en su corazón. No podrá contagiar la alegría y la esperanza que esa Palabra trae a todos. No está salvado.

¿Qué tengo en mis oídos que me impide escuchar esa Palabra? ¿Qué prejuicios hay en mi mente que se cierra a esta Palabra? ¿Por qué no se fecunda esa Palabra en mi corazón? ¿Por qué mi voluntad está presa a mil esclavitudes? ¿De qué esclavitudes tiene Dios que salvarme este año: materialismo, egoísmo, pesimismo, intolerancia, rencor, pereza, sensualidad, violencia?

 

Feliz y santa Navidad y venturoso año 2017

Feliz y santa Navidad y venturoso año 2017

Misa de Navidad¡LES DESEO UNA NAVIDAD SANTA Y FELIZ, Y UN VENTUROSO AÑO 2017. UN ABRAZO A TODOS CON MI AFECTO Y ORACIÓN!

“Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad”.

Pbro. Dr. Félix Castro Morales

Homilía Domingo 4º. Adviento

Domingo 4º. Adviento/A

“…la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emanuel”

“…la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emanuel”

      “…la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emanuel”

La Palabra de Dios, después de habernos invitado a despertar (primer domingo de adviento), a convertirnos (segundo domingo), a alegrarnos (tercer domingo), hoy Dios nos invita a mirar a María, pues por Ella nos vino el Emmanuel (primera lectura y evangelio), para renovar nuestro mundo y nuestros corazones, cegados por el pecado (segunda lectura). Así, este Domingo de Adviento, orienta nuestro corazón a la Navidad, ya cercana. “El Señor está cerca”, nos urge prepararnos para acogerlo. Este es el sentido de todo el tiempo de Adviento, que la Iglesia ha ordenado sabiamente para la preparación de la Navidad, a fin de que los creyentes podamos vivir plenamente el misterio de la Encarnación.

En el trasfondo del acontecimiento de Nazaret se halla la profecía de Isaías. “Miren: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emanuel” (Is 7, 14). Esta antigua promesa encontró cumplimiento superabundante en la Encarnación del Hijo de Dios. Y el evangelio de san Mateo narra cómo sucedió el nacimiento de Jesús situándose desde el punto de vista de san José, el prometido de María, la cual “antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo” (Mt 1, 18).

San José se presenta como hombre ‘justo’ (Mt 1, 19), fiel a la ley de Dios, disponible a cumplir su voluntad. Por eso entra en el misterio de la Encarnación después de que un ángel del Señor, apareciéndosele en sueños, le anuncia: “José, hijo de David, no temas tomar contigo a María, tu mujer, porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1, 20-21). Abandonando el pensamiento de repudiar en secreto a María, la toma consigo, porque ahora sus ojos ven en ella la obra de Dios. “En esto consiste el amor: en que el Padre Dios nos amó y nos envió a Su Hijo como propiciación por nuestro pecados” (1 Jn 4, 10).

“Dios quiso compartir nuestra condición humana hasta el punto de hacerse uno de nosotros en la persona de Jesús, que es verdadero hombre y verdadero Dios. Esta presencia de Dios en medio de la humanidad no se realiza en un mundo ideal, idílico, sino en este mundo real, marcado por muchas cosas buenas y malas, marcado por divisiones, maldad, pobreza, prepotencias y guerras. Él eligió habitar nuestra historia así como es, con todo el peso de sus límites y de sus dramas. Actuando así demostró de modo insuperable su inclinación misericordiosa y llena de amor hacia las creaturas humanas. Él es el Dios-con-nosotros; Jesús es Dios-con-nosotros desde siempre y para siempre en los sufrimientos y en los dolores de la historia.

De la contemplación gozosa del misterio del Hijo de Dios nacido por nosotros, podemos sacar dos consideraciones:

La primera es que en la Navidad Dios se revela como Aquél que se abaja, desciende sobre la tierra pequeño y pobre. Por tanto, para ser semejantes a Él no debemos ponernos sobre los demás sino, abajarnos, ponernos a su servicio, hacernos pequeños con los pequeños y pobres con los pobres. Pero es algo feo cuando se ve a un cristiano que no quiere abajarse, que no quiere servir. Un cristiano que se da de importante por todos lados, es feo: ese no es cristiano, ese es pagano. El cristiano sirve, se abaja: hace suyos los mismos sentimientos del Redentor.

La segunda consecuencia: Dios, por medio de Jesús, se implicó con el hombre hasta el punto de hacerse como uno de nosotros. Por tanto, cualquier cosa que hagamos a un hermano o a una hermana la habremos hecho a Él. Nos lo recordó Jesús mismo: quien haya alimentado, acogido, visitado, amado a uno de los más pequeños y de los más pobres entre los hombres, lo habrá hecho al Hijo de Dios” (Francisco en Audiencia del 18 de diciembre de 2013).

Por consiguiente, hoy, como en tiempos de Jesús, la Navidad no es un cuento para niños, sino la respuesta de Dios al drama de la humanidad que busca la paz verdadera. “Él mismo será nuestra paz”, dice el profeta refiriéndose al Mesías. A nosotros nos toca abrir de par en par las puertas para acogerlo. Aprendamos de María y José: pongámonos con fe al servicio del designio de Dios. Aunque no lo comprendamos plenamente, confiemos en su sabiduría y bondad. Si Dios está con nosotros y es el Emmanuel, nada ni nadie puede separarnos de Él. Eso sí, nosotros podemos volverle la espalda, vivir como si Él nunca hubiera venido, como si no hubiese hablado (segunda lectura). No nos sirve de nada ni siquiera que Dios esté con nosotros, si nos negamos a estar con Él. Por eso, la Navidad es una ocasión para volver a sentir la necesidad de este Salvador. Y esta salvación nos la ofrece en cada Eucaristía y en la confesión. Que no nos pase lo que dice la poesía del posadero de Belén: ¡He!, Tú, ¡posadero! ¿No habrá una habitación para esta noche? –Ninguna cama libre. Todo lleno. Y Dios pasó de largo, qué pena posadero.

 

Homilía Domingo 3° Adviento/A

Domingo 3° Adviento/A

La alegría debe ser un distintivo del cristiano (Cfr. Papa Francisco)

La alegría debe ser un distintivo del cristiano

        La alegría debe ser un distintivo del cristiano

El primer domingo de Adviento Dios nos invitaba a despertar. En el segundo a convertirnos. Hoy en tercer domingo de Adviento, se invita a la alegría cristiana. En la liturgia resuena más veces la invitación a estar contento, a alegrarse. ¿Por qué? Porque el Señor está cerca. La Navidad está cerca. El mensaje cristiano se llama Evangelio, es decir, Buena Noticia. Un anuncio de alegría para todo el pueblo. La Iglesia no es un refugio para gente triste.

La Iglesia es la casa de la alegría. Y aquellos que están tristes encuentran en eso la alegría, encuentran en ella la verdadera alegría. Pero la alegría del Evangelio no es alegría cualquiera. Encuentra su razón en el saberse acogidos y amados por Dios, como nos recuerda el profeta Isaías. Dios es Él que viene a salvarnos, y presta ayuda especialmente a los perdidos de corazón. Su llegada en medio a nosotros nos fortalece, da fuerza, da valor, hace regocijarse y florece el desierto y la estepa, es decir nuestra vida cuando se hace árida. ¿Y cuándo se hace árida nuestra vida? Cuando está sin el agua de la Palabra de Dios y de su Espíritu de amor.

Por más grandes que sean nuestros límites y nuestras pérdidas, no se nos permite estar débiles y vacilantes frente a las dificultades y a nuestras mismas debilidades. Por el contrario, se nos invita a fortalecer las manos, hacer firmes las rodillas, para tener coraje y no temer, porque nuestro Dios nos muestra siempre la grandeza de su misericordia. Él nos da la fuerza para ir adelante. Él está siempre con nosotros para ayudarnos a ir adelante. Él es un Dios que nos quiere mucho. Nos ama. Y por esto está con nosotros para ayudarnos, para fortalecernos e ir adelante. ¡Ánimo! Siempre adelante.

Gracias a su ayuda nosotros podemos recomenzar siempre de nuevo. ¿Cómo recomenzar de nuevo? Alguno puede decirme: ‘no padre, yo he hecho tantas, soy un gran pecador, una grande pecadora, yo no puedo recomenzar de nuevo’. Te equivocas, tú puedes recomenzar de nuevo. ¿Por qué? Porque Él te espera, Él está cerca de ti, Él te ama. Él es misericordioso. Él te perdona. Él te da la fuerza de recomenzar de nuevo. A todos. Seamos capaces de reabrir los ojos, superar tristezas y llanto y entonar un canto nuevo. Y esta alegría verdadera permanece también en la prueba, también en el sufrimiento, porque no es superficial, pero baja a la profundo de la persona que se fía de Dios y confía en Él.

La alegría cristiana, como la esperanza, tiene su fundamento en la fidelidad de Dios, en la certeza que Él mantiene siempre sus promesas. El profeta Elías exhorta a aquellos que han perdido el camino y se encuentran en la desesperación a confiar en la fidelidad del Señor, porque su salvación no tardará en irrumpir en su vida.

Cuantos han encontrado a Jesús a lo largo del camino, experimentan en el corazón una serenidad y una alegría de la que nada ni nadie podrá privarlos. Nuestra alegría es Jesucristo, ¡su amor es fiel e inagotable! Por eso, cuando un cristiano se convierte en triste, quiere decir que se ha alejado de Jesús. ¡Pero entonces no podemos dejarle solo! Es necesario rezar por él y hacerle sentir el calor de la comunidad.

La Virgen María nos ayuda a acelerar el paso hacia Belén, para encontrarnos con el Niño que ha nacido por nosotros, por la salvación y la alegría de todos los hombres. A ella el Ángel le dijo: “Alégrate llena de gracia: el Señor está contigo”. Ella nos ayuda a vivir la alegría del Evangelio en la familia, el trabajo, la parroquia y en cualquier ambiente. Una alegría íntima, hecha de maravilla y de ternura. Esa que siente una madre cuando mira  a su hijo recién nacido, y siente que es un regalo de Dios, ‘¡un milagro por el que hay que dar gracias!”

Para alegrarnos, no sólo necesitamos cosas, sino también amor y verdad: necesitamos al Dios cercano que calienta nuestro corazón y responde a nuestros anhelos más profundos. Este Dios se ha manifestado en Jesús, nacido de la Virgen María. Por eso el Niño, que ponemos en el portal o en la cueva, es el centro de todo, es el corazón del mundo. Oremos para que toda persona, como la Virgen María, acoja como centro de su vida al Dios que se ha hecho Niño, fuente de la verdadera alegría.

Dame, Señor, el don de la alegría, que me una contigo, el Dios siempre presente, en quien todo converge y en quien todo se inspira.

Dame, Señor, el don de la alegría, que alienta el corazón y nos muestra un futuro lleno de bendiciones, a pesar del dolor. Amén.