Homilía Fiesta de Santa María Reina

Fiesta de Santa María Reina

22 de agosto. Jueces 6,11-24

«¿Y no la he de amar, si es mi Madre?»

«¿Y no la he de amar, si es mi Madre?»

El pueblo vivía atemorizado por los madianitas, que, si en otros tiempos habían sido más o menos amigos, ahora se dedicaban al pillaje y hostigaban continuamente a los nuevos inquilinos de la tierra.

Dios llama a Gedeón para una misión difícil: “vete y salva a Israel de los madianitas”. Él, en la mejor línea de los llamados por Dios -Moisés, Jeremías-, se resiste a aceptar este encargo y pone objeciones, porque cree que no está preparado, que es débil: “yo soy el más pequeño en casa de mi padre”. Y escucha la misma respuesta que da Dios en estos casos: “yo te envío… yo estaré contigo”.

Todos los cristianos, y no sólo los sacerdotes o los religiosos o los misioneros, tenemos una cierta vocación de liberadores. El cristiano no sólo es discípulo, sino también tiene una vocación de libertador de sus hermanos -familia, los jóvenes, los pobres, y quienes, de alguna manera, sufren las molestias de la vida y las esclavitudes provocadas por los madianitas de turno…, y vayan liberándose. No seremos “jueces” en un sentido técnico de la palabra, ni hará falta que poseamos cualidades carismáticas de líderes. Pero todos podemos hacer algo para que las personas a las que llega nuestra influencia, empezando por nuestra familia, encuentren más sentido a sus vidas y se gocen de la ayuda de Dios, que nos sigue diciendo “yo te envío… yo estaré contigo, no temas,”.

María es modelo de esa Iglesia que colabora en la liberación del pueblo de Dios: Ella de modo especial escuchó del Padre Dios: “yo te envío… yo estaré contigo, no temas”. Pío XII hace un resumen exacto de la relación entre la asociación de la Virgen en la liberación de los hombres y su Realeza de María: María fue elegida como madre del Mesías “principalmente para ser asociada a la Redención del género humano”.

María fue asociada a la Redención operada por Cristo, como Eva colaboró en la perdición de su esposo Adán. Eva no sólo participó en el pecado de origen por ser esposa, sino que cooperó activamente; del mismo modo, María participa no sólo por razón de parentesco con Jesús, sino de una manera positiva y libre, a través de sus acciones.

Sabemos, que el reino de Cristo es un reino espiritual, ya que el objeto propio de la Redención es rescatar y liberar a la humanidad del pecado y conducirla a la patria definitiva, mediante el ejercicio de las virtudes cristianas… Si ya en su vida terrena María fue la perfecta seguidora de su Hijo y la intercesora de los hombres, actualmente en la gloria celeste ejerce su mediación eficaz para la liberación-salvación y santificación de los redimidos. Por ello, María ejercita su poder regio especialmente sobre aquellos dones espirituales y sobrenaturales que conducen a los hombres a su fin último, a su eterna liberación.

San Alfonso María de Ligorio se pregunta, “¿Por qué la Iglesia llama a María Reina y Madre de misericordia? Porque Ella abre los caminos de la misericordia de Dios; ningún pecador, por enormes que sean sus pecados, se perderá si se encomienda a María y Ella lo protege”.

No olvidemos que Santa María Reina ejerce su poder maternal para que el hombre se libere del pecado y de la muerte, y esta salvación de Cristo, por manos de María, va a todas las criaturas: a los hombres y a los ángeles. Su reinado se extiende al cielo, donde los ángeles y los santos la honran y veneran como verdadera Madre del Rey; al purgatorio, ejercitando su poder, al inducir a los fieles a ofrecer sufragios por las almas del purgatorio, intercediendo ante Dios en su favor y consolándolas en sus tormentos; y a la tierra, cuidando de la Iglesia militante y de todos los hombres, alcanzándoles, de su Hijo, todas las gracias necesarias para su salvación. También tiene poder sobre los demonios, haciendo vanos sus esfuerzos para perder a los hombres.

María es el punto de unión entre Dios y nosotros. Por eso Ella es Embajadora, Abogada, Intercesora, Mediadora. ¿Quién mejor que Ella para comprendernos y pedir por nuestras almas a Su Hijo, el Justo Juez? María es la prueba del infinito amor de Dios por nosotros: Dios la coloca a Ella para defendernos, sabiendo que de este modo tendremos muchas más oportunidades de salvarnos, contando con la Abogada más amorosa y misericordiosa que pueda jamás haber existido. ¿Somos realmente conscientes del regalo que nos hace Dios al darnos una Madre como Ella, que además es nuestra defensora ante Su Trono? “María es una Reina toda llena de dulzura y clemencia, e inclinada a hacer siempre el bien a los necesitados”. “María no es una Reina de justicia, sino de misericordia, de piedad y perdón” (San Alfonso).

 

Homilía Domingo XX Ciclo/A

Domingo XX Ciclo/A (Mt 15, 21-28)

Mujer, ¡qué grande es tu fe!

Mujer, ¡qué grande es tu fe!

        Mujer, ¡qué grande es tu fe!

En el texto evangélico que hemos escuchado se nos presenta un singular ejemplo de fe: una mujer cananea, que pide a Jesús que cure a su hija, que “tenía un demonio muy malo”. El Señor no hace caso a sus insistentes invocaciones y parece no ceder ni siquiera cuando los mismos discípulos interceden por ella. Pero, al final, ante la perseverancia y la humildad de esta desconocida, Jesús condesciende: “Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas” (Mt 15, 21-28).

La cananea, mujer audaz e insistente, pide la curación de su hija, y aunque Jesús le dice: “No es bueno tomar el pan de los hijos y arrojarlo a los perrillos”; sin embargo, la cananea respondió con toda la fuerza de su fe y obtuvo el milagro: “Cierto, Señor, pero también los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus señores”. Ante esta respuesta tan humilde, elegante y confiada, Jesús replica: “¡Mujer, grande es tu fe! Hágase contigo como tú quieres” (cf. Mt 15, 21-28).

Jesús señala a esta humilde mujer como ejemplo de fe indómita. Su insistencia en invocar la intervención de Cristo es para nosotros un estímulo a no desalentarnos jamás y a no desesperar ni siquiera en medio de las pruebas más duras de la vida. El Señor no cierra los ojos ante las necesidades de sus hijos y, si a veces parece insensible a sus peticiones, es sólo para ponerlos a prueba y templar nuestra fe. San Agustín comenta con razón que “Cristo se mostraba indiferente hacia ella, no por rechazarle la misericordia, sino para inflamar su deseo” (Sermo 77, 1: PL 38, 483).

«¿Y no la he de amar, si es mi Madre?»

«¿Y no la he de amar, si es mi Madre?»

Hay otra mujer aún más humilde y llena de fe, que no sólo nos da ejemplo de oración humilde y perseverante, sino que además intercede por nosotros, María, Madre de Dios y Madre nuestra. Estamos preparando su Fiesta con el novenario…

Mujer de fe. El concilio Vaticano HI nos presenta a María como modelo de mujer de fe que peregrina a la casa del Padre: “la bienaventurada Virgen avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la cruz” (LG 58). Por su parte, san Juan Pablo II enseña, que la Anunciación “es el punto de partida de donde inicia todo el camino de María hacia Dios” (RM 14):  un camino de fe que conoce el presagio de la espada que atraviesa el alma (cf. Lc 2, 35), pasa por los tortuosos senderos del exilio en Egipto y de la oscuridad interior, cuando María ‘no entiende’ la actitud de Jesús a los doce años en el templo, pero conserva “todas estas cosas en su corazón” (Lc 2, 51).

Mujer humilde. Sobre este título de nuestra Reina del celo, san Juan Pablo II, el 15 de agosto de 1997 enseñaba que «En el esplendor de la gloria celestial brilla la Mujer que, en virtud de su humildad, se hizo grande ante el Altísimo hasta el punto de que todas las generaciones la llaman bienaventurada (cf. Lc 1, 48). Ahora se halla como Reina, al lado de su Hijo, en la felicidad eterna del paraíso y desde las alturas contempla a sus hijos.

Cuando recemos el Santo Rosario, pongámonos en la presencia de Dios y mientras la boca va repitiendo las oraciones vocales trasladémonos con el pensamiento, por ejemplo a Nazaret y consideremos la humildad de la Virgen que al anunciarle el Ángel la divina maternidad responde: ‘he aquí la esclava del Señor’… y así considerar cada uno de los Misterios.

Necesitamos mirar a María, invocarla e imitarla porque Ella es nuestro modelo. Es la Madre de Jesús y de los discípulos de Jesús. “La bienaventurada Virgen María sigue ‘precediendo’ al pueblo de Dios. Su excepcional peregrinación de la fe representa un punto de referencia constante para la Iglesia, para los individuos y las comunidades, para los pueblos y las naciones, y, en cierto modo, para toda la humanidad” (Redemptoris Mater 6). Ella es la estrella del tercer milenio, como fue en los comienzos de la era cristiana la aurora que precedió a Jesús en el horizonte de la historia.

Para adquirir confianza y dar sentido a la vida, los hombres necesitan encontrarse con Cristo. Y la Virgen es una guía segura para llegar a la fuente de luz y amor que es Jesús: nos prepara para el encuentro con él. El pueblo cristiano ha comprendido sabiamente esta realidad de salvación y, dirigiéndose a la ‘Toda Santa’, con confianza filial la implora así: “Después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre. ¡Oh clemente! ¡Oh piadosa! ¡Oh dulce Virgen María!”.

 

LIBRO: SANTA MARÍA REINA de los ángeles y los hombres

LIBRO: SANTA MARÍA REINA de los ángeles y los hombres

PRESENTACIÓN

«¿Y no la he de amar, si es mi Madre?»

«¿Y no la he de amar, si es mi Madre?»

María es nuestra Madre y en nuestro camino de cercanía y encuentro con el Señor Ella cumple un papel dinámico y fundamental. Para poder recorrerlo es necesario aumentar nuestro amor filial para que sea Ella quien nos lleve de su mano hacia su Hijo Jesús. Y si nosotros tenemos como patrona y abogada, madre y maestra a la Madre de Dios, qué importante es que la conozcamos más para amarla más e imitarla mejor. Por ello hemos visto la necesidad de poner al alcance de la feligresía de santa María Reina algo de la doctrina sobre Santa María Reina comenzando por las santas Escrituras y la Tradición viva de la Iglesia, pasando por el Magisterio de la Iglesia y terminando con la devoción del pueblo cristiano a la Reina del Cielo y de la Tierra. No sin Concluir con la ENCÍCLICA AD CAELI REGINAM DE PÍO XII.

En nuestra vida cristiana, existe una persona que siempre está ahí, presente a nuestro lado, a pesar de que muchas veces no la notemos. Su presencia es constante y silenciosa, a la vez que sumamente activa, dinámica y efectiva y afectiva. Se trata de María la Madre de Dios y Madre de la Iglesia, Nuestra Reina.

No son pocas las personas que no llegan a entender el papel de María en su vida como cristianos, y que no comprender que el amor que le profesamos no es sólo una devoción más o un mero acto de piedad. Es algo muchísimo más hondo, más intenso, más rico. Y es así, por la íntima relación que existe entre la Madre y el Hijo. Unión tan profunda como misteriosa. Como ocurre con todo misterio, nuestras palabras y categorías se quedan cortas en su intento de penetrarla. A pesar de ello, intentamos ahondar en el misterio de María, la Madre del Señor y Madre nuestra.

Es claro, pues el objetivo de este libro: Conocer para amar e imitar a Nuestra Reina, para vivir una vida cristiana sería y santa, pues la santidad a la cual estamos todos invitados no es otra cosa que la respuesta al llamado a cumplir el Plan de Dios, buscando conformarnos al Señor Jesús. Se trata en última instancia, de encarnar en la propia existencia, aquel ideal que resume San Pablo: “Vivo yo, mas no yo, sino que es Cristo quien vive en mi” (Gal 2, 20). No es pues una mera imitación de un aspecto u otro de Cristo; no se pretende imitar un misterio u otro del Señor Jesús, sino conformarse a Él e ejemplo de María.

 

 

Homilía Solemnidad de la Asunción de María

Misa vespertina de la vigilia Y Misa del día

I. La Asunción de María en la tradición de la Iglesia

El misterio glorioso de la Asunción de María al cielo es como la contrapartida del misterio gozoso de la Anunciación.

El misterio glorioso de la Asunción de María al cielo es como la contrapartida del misterio gozoso de la Anunciación.

El 15 de agosto la Iglesia celebra la glorificación en cuerpo y alma al cielo de la Virgen. Este ha sido el último dogma proclamado por el Papa Pío XII el 1 noviembre de 1950: “Pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial.

La perenne y concorde tradición de la Iglesia muestra cómo la Asunción de María forma parte del designio divino y se fundamenta en la singular participación de María en la misión de su Hijo. Ya durante el primer milenio los autores sagrados se expresaban en este sentido.

En un relato apócrifo del siglo V, atribuido al pseudo Melitón. El autor imagina que Cristo pregunta a Pedro y a los Apóstoles qué destino merece María, y ellos le dan esta respuesta: “Señor, elegiste a tu esclava, para que se convierta en tu morada inmaculada (…). Por tanto, dado que, después de haber vencido a la muerte, reinas en la gloria, a tus siervos nos ha parecido justo que resucites el cuerpo de tu madre y la lleves contigo, dichosa, al cielo” (De transitu V. Mariae, 16: PG 5, 1.238).

San Germán integra el aspecto privado de la relación entre Cristo y María con la dimensión salvífica de la maternidad, sosteniendo que: “Era necesario que la madre de la Vida compartiera la morada de la Vida” (ib.: PG 98, 348).

San Juan Damasceno subraya la relación entre la participación en la Pasión y el destino glorioso: “Era necesario que aquella que había visto a su Hijo en la cruz y recibido en pleno corazón la espada del dolor (…) contemplara a ese Hijo suyo sentado a la diestra del Padre” (Hom. 2: PG 96, 741).

El concilio Vaticano II, dice que: precisamente porque fue “preservada libre de toda mancha de pecado original” (LG 59), María no podía permanecer como los demás hombres en el estado de muerte hasta el fin del mundo. La ausencia del pecado original y la santidad, perfecta ya desde el primer instante de su existencia, exigían para la Madre de Dios la plena glorificación de su alma y de su cuerpo.

Después de Cristo, Verbo encarnado, María es la primera criatura humana que realiza el ideal escatológico, anticipando la plenitud de la felicidad, prometida a los elegidos mediante la resurrección de los cuerpos.

En la Asunción de la Virgen podemos ver también la voluntad divina de promover a la mujer.

En la gloria celestial, al lado de Cristo resucitado hay una mujer resucitada, María: el nuevo Adán y la nueva Eva, primicias de la resurrección general de los cuerpos de toda la humanidad. María, nueva Eva, recibió de Cristo, nuevo Adán, la plenitud de gracia y de gloria celestial, habiendo sido resucitada mediante el Espíritu Santo por el poder soberano del Hijo.

La Asunción de María manifiesta la nobleza y la dignidad del cuerpo humano. Frente a la profanación y al envilecimiento a los que la sociedad moderna somete frecuentemente, el misterio de la Asunción proclama el destino sobrenatural y la dignidad de todo cuerpo humano, llamado por el Señor a transformarse en instrumento de santidad y a participar en su gloria.

María entró en la gloria, porque acogió al Hijo de Dios en su seno virginal y en su corazón. Contemplándola, el cristiano aprende a descubrir el valor de su cuerpo y a custodiarlo como templo de Dios, en espera de la resurrección. La Asunción, privilegio concedido a la Madre de Dios, representa así un inmenso valor para la vida y el destino de la humanidad.

Al pensar en la resurrección final, ¿me lleno de alegría y optimismo al saber por la fe que mi destino es la vida y no la muerte en el sepulcro? Ya aquí en la tierra, ¿estoy sembrando las semillas de la inmortalidad y resurrección en mi cuerpo, comulgando el Cuerpo de Cristo en la Eucaristía? Esta fiesta de María, ¿me invita a llevar una vida de santidad, de fe, de humildad y de amor?

II. Solemnidad de la Asunción de María (Lc 1, 39-56)

El 15 de agosto la Iglesia celebra la glorificación en cuerpo y alma al cielo de la Virgen.

El 15 de agosto la Iglesia celebra la glorificación en cuerpo y alma al cielo de la Virgen.

Ayer, en las vísperas de la Solemnidad de la Asunción de María, decíamos que desde los primerísimos años de la Iglesia, ya se hablaba del ‘tránsito’ de la Santísima Virgen, de su ‘dormición’ temporal y de su “asunción” a los cielos. Y, sin embargo, aunque era una creencia general del pueblo cristiano, la Iglesia no proclamó este dogma sino hasta el año santo de 1950.

La Asunción de María no se contiene de modo explícito en la Sagrada Escritura, pero sí implícitamente. El texto del Apocalipsis que escuchamos en la primera lectura de la Misa de hoy puede ser un atisbo, aunque no tiene allí su fundamento bíblico. Más bien, los Santos Padres y los teólogos católicos han visto vislumbrada esta verdad en tres elementos incontestables de nuestra fe: la unión estrecha entre el Hijo y la Madre, atestiguada en los Evangelios de la Infancia; la teología de la nueva Eva, imagen de la mujer nueva y madre nuestra en el orden de la gracia; y la maternidad divina y la perfecta redención de María por parte de Cristo. Todo esto “exigía” la proclamación de la Asunción de nuestra santísima Madre al cielo.

En efecto, la persuasión de todo el orbe católico acerca de la excelsa santidad de María, toda pura e inmaculada desde el primer instante de su concepción; el privilegio singularísimo de su divina maternidad y de su virginidad intacta; y su unión íntima e inseparable con Jesucristo, desde el momento de la Encarnación hasta el pie de la cruz y el día de la Ascensión de su Hijo al cielo, han sido siempre, desde los inicios, los argumentos más contundentes para creer que Dios no permitiría que su Madre se corrompiera en la oscuridad del sepulcro. Ella no podía sufrir las consecuencias de un pecado que no había conocido jamás.

Por esto san Juan Damasceno, afirma, con elocuencia vehemente: “Convenía que aquella que en el parto había conservado intacta su virginidad conservara su cuerpo también después de la muerte libre de la corruptibilidad. Convenía que aquella que había llevado al Creador como un niño en su seno tuviera después su mansión en el cielo. Convenía que la esposa que el Padre había desposado habitara en el tálamo celestial. Convenía que aquella que había visto a su hijo en la cruz y cuya alma había sido atravesada por la espada del dolor, del que se había visto libre en el momento del parto, lo contemplara sentado a la derecha del Padre. Convenía que la Madre de Dios poseyera lo mismo que su Hijo y que fuera venerada por toda criatura como Madre y esclava de Dios”.

La Asunción de nuestra Madre santísima constituye una participación muy singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección y del triunfo definitivo de los demás cristianos, hijos suyos.

Ella, glorificada ya en los cielos en cuerpo y alma, es la imagen y primicia de la Iglesia que llegará a su plenitud en el siglo futuro. Y ya desde ahora, María brilla ante el pueblo de Dios, aún peregrino en este mundo, como faro luminoso, como estrella de la mañana, como señal de esperanza cierta, como causa de nuestra alegría, como auxilio de los cristianos, refugio de los pecadores y consuelo de los afligidos. ¡El triunfo de María es ya nuestro triunfo!

¡Acojámonos hoy a su regazo maternal y que María santísima, asunta hoy al cielo, sea siempre nuestra Madre, nuestra guía, nuestra protectora y abogada, nuestra reina y nuestra compañera de camino hasta la eternidad!

¡Virgen Madre de Cristo, vela sobre nosotros! Haz que un día también nosotros podamos compartir tu misma gloria en el Paraíso, donde “hoy has sido elevada por encima de los ángeles y con Cristo triunfas para siempre” (Antífona de entrada de la misa vespertina de la vigilia).

 

FIESTAS EN HONOR A SANTA MARÍA REINA

DEL 13-22 DE AGOSTO/17

PARROQUIA SANTA MARÍA REINA
Bvrd del Bosque y Brisas s/n Col Las Reinas C.P. 36660 Irapuato Gto. Tel. (462) 6243183 E-mail stamareina@hotmail.com
NOVENARIO Y FIESTA

                                 NOVENARIO Y FIESTA

Fiesta Santa María Reina

DE LA PRESENTACIÓN DE MI LIBRO SANTA MARÍA

REINA DE LOS ÁNGELES  Y DE LOS HOMBRES

María es nuestra Madre y en nuestro camino de cercanía y encuentro con el Señor Ella cumple un papel dinámico y fundamental. Para poder recorrerlo es necesario aumentar nuestro amor filial para que sea Ella quien nos lleve de su mano hacia su Hijo Jesús. Y si nosotros tenemos como patrona y abogada, madre y maestra a la Madre de Dios, qué importante es que la conozcamos más para amarla más e imitarla mejor. Por ello hemos visto la necesidad de poner al alcance de la feligresía de santa María Reina algo de la doctrina sobre Santa María Reina comenzando por las santas Escrituras y la Tradición viva de la Iglesia, pasando por el Magisterio de la Iglesia y terminando con la devoción del pueblo cristiano a la Reina del Cielo y de la Tierra. No sin Concluir con la ENCÍCLICA AD CAELI REGINAM DE PÍO XII.

En nuestra vida cristiana, existe una persona que siempre está ahí, presente a nuestro lado, a pesar de que muchas veces no la notemos. Su presencia es constante y silenciosa, a la vez que sumamente activa, dinámica y efectiva y afectiva. Se trata de María la Madre de Dios y Madre de la Iglesia, Nuestra Reina.

No son pocas las personas que no llegan a entender el papel de María en su vida como cristianos, y que no comprender que el amor que le profesamos no es sólo una devoción más o un mero acto de piedad. Es algo muchísimo más hondo, más intenso, más rico. Y es así, por la íntima relación que existe entre la Madre y el Hijo. Unión tan profunda como misteriosa. Como ocurre con todo misterio, nuestras palabras y categorías se quedan cortas en su intento de penetrarla. A pesar de ello, intentamos ahondar en el misterio de María, la Madre del Señor y Madre nuestra.

Esto está tomado de mi libro “Santa María Reina de los Ángeles y de los hombre, que tiene como objetivo : Conocer para amar e imitar a Nuestra Reina, para vivir una vida cristiana sería y santa, pues la santidad a la cual estamos todos invitados no es otra cosa que la respuesta al llamado a cumplir el Plan de Dios, buscando conformarnos al Señor Jesús. Se trata en última instancia, de encarnar en la propia existencia, aquel ideal que resume San Pablo: “Vivo yo, mas no yo, sino que es Cristo quien vive en mi” (Gal 2, 20). No es pues una mera imitación de un aspecto u otro de Cristo; no se pretende imitar un misterio u otro del Señor Jesús, sino conformarse a Él e ejemplo de María.

En este camino de conformación al Señor, quien se aproxima a Jesús no puede menos que acercarse a María y el que se acerca a María abre su corazón a la misericordia de Jesús, pues Él nos conduce hacia la Madre y la Reina nos conduce al Trono del Rey. Es Jesús mismo quien desea que nos acerquemos a Él a través de María y el deseo de María que nos acerquemos a su Hijo. Es éste el maravilloso camino por el cual el Señor nos invita a configurarnos con Él: Por María a Cristo…

POR MARÍA MÁS PLENAMENTE AL SEÑOR JESÚS

Es amando a María como somos conducidos nuevamente hacia el Hijo, en un proceso de amor por el cual nuestra aproximación al Señor es más plena, más perfecta. María, al obtenernos los dones del Espíritu, nos forma, nos educa en el amor a Jesús. Quien mejor que Ella, la Madre del Señor, la Mujer Fuerte que siempre estuvo al lado de Cristo, para formarnos a semejanza de su Hijo.

María no es una pieza accesoria o accidental dentro del Plan reconciliador del Padre. Todo lo contrario. Al aceptar la invitación divina a convertirse en la Madre del Salvador, con su decidido Hágase, la sencilla Virgen de Nazaret se convertía en Madre de Dios, ingresando de esta forma, en la dinámica de la reconciliación del mundo, así como en la de la vida personal de cada uno. En efecto, es al pie de la Cruz donde el Señor Jesús le explícita su misión de ser Madre nuestra, iniciada en el momento mismo de la Encarnación.

FUNCIÓN DINÁMICA DE MARÍA

María es, pues, nuestra Madre y Educadora en el camino de la fe. Ésa es su misión: la de buscar conformarnos a su Hijo, la de dar a luz a Cristo en nuestros corazones. De ahí que todo hijo de María está llamado a colaborar con Ella, desde su propio puesto, en su tarea apostólica de llevar a todos los hombres hacia el encuentro con su Hijo Jesucristo.

El camino que conduce a nuestra santificación es largo y no exento de duras batallas y combate. Recorrerlo en compañía de María no sólo es el medio más seguro y eficaz, sino también el más fácil y pleno. Toda nuestra vida cristiana se sintetiza en la vivencia de esta dinámica de amor a María al amor a Cristo: Por Cristo a María y por María más plenamente al Señor Jesús.

Homilía Domingo XIX Ciclo/A

 

Domingo XIX Ciclo/A (1 Re 19, 9.11-13; Rm 9, 1-5; Mt 14, 22-33)

 (Cfr. Francisco: ‘En la barca, todo cambia cuando llega Jesús’

Pedro movido por un impulso de amor al Maestro, le pidió que le hiciera salir a su encuentro...

Pedro movido por un impulso de amor al Maestro, le pidió que le hiciera salir a su encuentro…

«El evangelio de hoy nos presenta el episodio de Jesús que camina sobre las aguas del lago. Después de la multiplicación de los panes y de los peces, Él invita a los discípulos a su subir a la barca y a esperarle en la otra orilla, mientras se despide de la multitud y después se retira solo a rezar en el monte, hasta la noche tarde.

Y mientras tanto en el lago se levantó una fuerte tempestad, y justamente en medio de la tempestad Jesús va a la barca de los discípulos, caminando sobre las aguas del lago. Cuando los discípulos lo ven se asustan, piensan que es un fantasma, pero Él los tranquiliza: “Coraje, soy yo, no tengan miedo”.

Pedro con el arrojo que le caracteriza le pide casi una prueba: “Señor si eres tú, hazme caminar hacia ti sobre las aguas”; y Jesús le dice “¡Ven!”. Pedro baja de la barca y pone a caminar sobre el agua, pero el viento fuerte azota y comienza a hundirse. Entonces grita: “¡Señor, sálvame!”, y Jesús le tiende la mano y lo levanta.

Esta narración es una hermosa imagen de la fe del apóstol Pedro. En la voz de Jesús que le dice “Ven”, él reconoce el eco del primer encuentro orillas de aquel mismo lago y en seguida, nuevamente, deja la barca y va hacia el Maestro. ¡Y camina sobre las aguas! La respuesta confiada y pronta al llamado del Señor hace cumplir siempre cosas extraordinarias.

Jesús ahora mismo nos decía que nosotros somos capaces de hacer milagros con nuestra fe: la fe en Él, en su palabra, la fe en su amor.

En cambio, Pedro comienza a hundirse cuando que quita la mirada de Jesús y se deja influenciar por las circunstancias que lo circundan.

Pero el Señor está siempre allí, y cuando Pedro lo invoca, Jesús lo salva del peligro. En la persona de Pedro, con sus entusiasmos y debilidades, se describe nuestra fe: siempre frágil y pobre, inquieta y a pesar de todo victoriosa, la fe del cristiano camina hacia el Señor resucitado, en medio a las tormentas y peligros del mundo.

Es muy importante también la escena final: “Apenas subieron a la barca en viento cesó. Aquellos que estaban en la barca se postraron delante de Él diciéndole: ‘¡Realmente eres el Hijo de Dios!’“.

En la barca están todos los discípulos, unidos por la experiencia de la debilidad, de la duda, del miedo, de la ‘poca fe’. Pero cuando en esa barca sube Jesús, el clima inmediatamente cambia: todos se sienten unidos en la fe en Él. Todos pequeños y asustados se vuelven grandes en el momento en el cual se arrodillan y reconocen en su maestro al Hijo de Dios.

Cuantas veces también a nosotros nos sucede lo mismo: sin Jesús, lejos de Jesús nos sentimos miedosos e inadecuados, a tal punto que pensamos no poder lograr nada. Falta la fe, pero Jesús está siempre con nosotros y escondido quizás, pero presente y siempre pronto a sostenernos.

Esta es una imagen eficaz de la Iglesia: una barca que tiene que enfrentar la tempestad y a veces parece estar a punto de ser embestida.

Lo que la salva no es el coraje ni la calidad de sus hombres, pero la fe, que permite caminar también en la oscuridad, en medio a las dificultades. La fe nos da la seguridad de la presencia de Jesús, siempre a nuestro lado, de su mano que nos aferra para sustraernos a los peligros. Todos nosotros estamos en esta barca, y aquí nos sentimos seguros a pesar de nuestros límites y nuestras debilidades. Nos encontramos seguros especialmente cuando nos ponemos de rodillas y adoramos a Jesús, el único Señor de nuestra vida. A esto nos llama siempre nuestra Madre, la Virgen. A ella nos dirigimos con confianza».

 

 

Homilía Domingo XVIII/A La transfiguración (6 de Agosto/17)

Domingo XVIII/A La transfiguración (6 de Agosto/17)

(Cfr. Francisco, 16 de marzo de 2014)

La Transfiguración nos invita a abrir los ojos del corazón al misterio de la luz de Dios presente en toda la historia de la salvación.

La Transfiguración nos invita a abrir los ojos del corazón al misterio de la luz de Dios presente en toda la historia de la salvación.

Hoy el Evangelio nos presenta el evento de la Transfiguración: Jesús “tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte, sobre el monte” (Mt 17, 1). La montaña en la Biblia representa el lugar de la cercanía con Dios y del encuentro íntimo con Él; el lugar de la oración, donde estar en la presencia del Señor. Allí arriba en el monte, Jesús se muestra a los tres discípulos transfigurado, luminoso, precioso; y después aparecen Moisés y Elías, que conversan con Él. Su rostro es tan resplandeciente y sus ropas tan cándidas, que Pedro se queda estupefacto, tanto que quisiera quedarse así, casi parar ese momento.

Pero enseguida resuena de lo alto la voz del Padre que proclama a Jesús su Hijo predilecto, diciendo: “Escúchenlo” (v.5). Esta palabra es importante, nuestro Padre que ha dicho a estos apóstoles y también nos dice a nosotros ‘escuchen a Jesús, porque es mi Hijo predilecto’.  Tengamos esta semana esta palabra en la cabeza y en el corazón. Escuchen a Jesús. Y esto nos lo dice Dios Padre, a todos, a mí, a ustedes, a todos, a todos. Escuchen a Jesús, no lo olviden.

Es muy importante esta invitación del Padre. Nosotros, discípulos de Jesús, estamos llamados a ser personas que escuchan su voz y se toman en serio sus palabras. Para escuchar a Jesús, es necesario estar cerca de Él, seguirlo, como hacían las multitudes del Evangelio que le perseguían por las calles de Palestina. Jesús no hacía una cátedra o un púlpito fijo, sino que era un maestro itinerante, que proponía sus enseñanzas, que eran las enseñanzas que le había dado el Padre.

Seguir a Jesús para escucharlo, pero también escuchamos a Jesús  en su palabra escrita, en el Evangelio. Una pregunta, ¿ustedes leen todos los días un pasaje del Evangelio? Algunos sí, algunos no. Pero es importante. ¿Ustedes leen el Evangelio? Es bueno, es algo bueno, tener un pequeño Evangelio, pequeño, y llevarlo con nosotros en el bolsillo, en el bolso y leer un pequeño pasaje en cualquier momento del día, tomar del bolsillo el Evangelio y leer algo, un pequeño pasaje. Y ahí está Jesús que nos habla, en el Evangelio. Piensen esto, no es difícil ni tampoco necesario que sean los cuatro, uno de los Evangelios, pequeñito, con nosotros siempre el Evangelio, porque es la Palabra de Jesús, para poder escucharlo. 

De este episodio de la Transfiguración quisiera coger dos elementos significativos, que sintetizo en dos palabras: subida y bajada. Nosotros necesitamos ir aparte, ir sobre la montaña en un espacio de silencio, para encontrarnos a nosotros mismos y percibir mejor la voz de Señor. ¡Pero no podemos quedarnos ahí! El encuentro con Dios en la oración nos empuja nuevamente a “bajar de la montaña” y volver a lo bajo, en la llanura, donde encontramos a tantos hermanos cansados de fatigas, enfermedades, injusticias, pobreza material y espiritual. A estos hermanos nuestros que están en dificultad, estamos llamados a llevar los frutos de la experiencia que hemos hecho con Dios, compartiendo con ellos los tesoros de gracias recibidas.

Cuando nosotros escuchamos la Palabra de Jesús y la tenemos en el corazón, esa palabra crece, y ¿saben cómo crece? Dándola al otro, la Palabra de Cristo en nosotros crece cuando nosotros la proclamamos, cuando nosotros la damos a los otros. Y esta es la vida cristiana, es una misión para toda la Iglesia, para todos los bautizados, para todos nosotros. Escuchar a Jesús y ofrecerlo a los otros.

Concluimos con una exhortación de San León Magno: “Que la predicación del santo Evangelio sirva, por tanto, para la confirmación de la fe de todos, y que nadie se avergüence de la Cruz de Cristo, gracias a la cual quedó redimido. Que nadie tema tampoco sufrir por la justicia, ni desconfíe del cumplimiento de las promesas, porque por el trabajo se va al descanso, y por la muerte se pasa a la vida, pues el Señor echó sobre sí toda la debilidad de nuestra condición y si nos mantenemos en su amor, venceremos lo que Él venció, y recibiremos lo que prometió”.

Y ahora dirijámonos a nuestra Madre María, y encomendémonos a su guía para continuar con fe y generosidad nuestro diario caminar, aprendiendo un poco más a ‘subir’ con la oración y escuchar a Jesús y a ‘bajar’ con la caridad fraterna, anunciando a Jesús.