Homilía VIII domingo del Tiempo Ordinario/A

VIII domingo del Tiempo Ordinario/A (Mt 6, 24-34)

La divina providencia

Ya sabe su Padre celestial que tienen necesidad de todo eso. Busquen primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura’”.

Ya sabe su Padre celestial que tienen necesidad de todo eso. Busquen primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura’”.

El texto de Isaías nos invita a descubrir, a través de las imágenes de las “aves del cielo y los lirios del campo”, la ternura del amor de Dios, que tiene el signo más acabado en el amor de la madre a su hijo.

Preocuparse en exceso por lo material hasta inquietarse y perder el sosiego puede apartarnos de Dios. Jesucristo no rechaza el trabajo y el esfuerzo personal para realizarse y mejorar la vida social; no invita al desinterés y a la despreocupación, sino que orienta sobre el equilibrio de lo material y lo trascendente, dejando bien sentado que el Reino de Dios tiene valor absoluto (Evangelio).

Nuestra cultura ha eliminado cualquier valor trascendente y exagera todo lo material y terreno. Se antepone el ‘tener’ al ‘ser’. Hoy se ofrecen al hombre de nuestro tiempo nuevos ídolos, que hacen que Dios quede en el olvido. El reto que se nos presenta es el de comprobar si nuestra vida está debidamente equilibrada, reconciliada con todos los valores que el progreso pone a nuestro alcance, pero siempre que estén subordinados a los ‘bienes de arriba’ y al amor de Dios.

El Padre cuida providencialmente de sus hijos: “Jesús pide un abandono filial en la providencia del Padre celestial que cuida de las más pequeñas necesidades de sus hijos: “No anden, pues, preocupados diciendo: ¿qué vamos a comer?; ¿qué vamos a beber?…Ya sabe su Padre celestial que tienen necesidad de todo eso. Busquen primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura’”.

Dios realiza sus designios: “La creación tiene su bondad y su perfección propias, pero no salió plenamente acabada de las manos del Creador. Fue creada ‘en estado de vía’ hacia una perfección última todavía por alcanzar, a la que Dios la destinó. Llamamos divina providencia a las disposiciones por las que Dios conduce la obra de su creación hacia esa perfección: Dios guarda y gobierna por su Providencia todo lo que creó, ‘alcanzando con fuerza de un extremo a otro del mundo y disponiéndolo todo con dulzura’. Porque ‘todo está desnudo y patente a sus ojos’, incluso lo que la acción libre de las criaturas producirá” (Vaticano I).

La Providencia hace que pongamos la confianza en Dios: “El Señor se lamenta de los ricos porque encuentran su consuelo en la abundancia de bienes. El orgulloso busca el poder terreno, mientras el pobre en espíritu busca el Reino de los Cielos” (S. Agustín, serm. Dom 1,3).

Confiar en Dios en cualquier circunstancia: “Es confiar en todas las circunstancias, incluso en la adversidad. Una oración de Santa Teresa de Jesús lo expresa admirablemente: ‘Nada te turbe/ Nada te espante todo se pasa/ Dios no se muda la paciencia todo lo alcanza/ quien a Dios tiene nada le falta/ Sólo Dios basta (Poes. 30)’”.

Para ilustrar lo que Cristo quiere decir, me gustaría relatar la conversación entre unos turistas y un monje de clausura en su convento. Por concesión especial se les permitió visitar la celda personal del monje. Y se sorprendieron grandemente de la pobreza del mobiliario, una mesa, una silla, un buró, unos cuantos libros y un rosario: “Pero ¿dónde están sus muebles?” le preguntaron. A lo que el monje respondió preguntando a su vez: “¿Y dónde están los suyos?”. Ah, respondieron: “nosotros no necesitamos muebles, porque somos turistas”. “Pues yo también soy turista en este mundo”, dijo el monje.

Por consiguiente, si Dios es nuestro Padre cariñoso, entonces no debemos estar preocupados por las cosas temporales, sino ocupados en el hoy, tratando de cumplir con amor la voluntad de Dios Padre y poniendo nuestras preocupaciones en el corazón tierno de ese Padre Dios Providente, como hacen los pájaros del cielo y las flores del campo. Somos peregrinos con destino a la eternidad. De su mano llegaremos seguros.

Reitero, todo esto no es una invitación a la ociosidad, a la irresponsabilidad, sino a evitar la angustia, el excesivo afán de tener y poseer. A cada día le bastan sus propios disgustos, y no vale la pena adelantar las angustias que pensamos que nos sucederán mañana. Cristo nos invita a buscar lo esencial en esta vida y a poner cada cosa en su lugar, venciendo la tentación consumista. No levantemos altares al dinero, al placer, a la comida y bebida. Que el corazón y las manos queden libres, para servir a Dios y a su Reino. Dios es el absoluto. El resto es relativo. Nuestro corazón estará inquieto hasta que no descanse en Dios (San Agustín). Que la Virgen María nos enseñe  orar con el salmista: “Descansa sólo en Dios, alma mía, porque Él es mi esperanza; sólo Él es mi roca y mi salvación, mi alcázar: no vacilaré” (Sal 61-62,7).

 

Homilía VII domingo del Tiempo Ordinario

VII domingo del Tiempo Ordinario/A (Mt 5, 38-48)

¡Que Él, y no otros “modelos”, sea la medida de tu amor!

           ¡Que Él, y no otros “modelos”, sea la medida de tu amor!

Jesús después de habernos hablado de las bienaventuranzas, luego de que nos ha pedido convertirnos en sal y en luz para las gentes que nos rodean, y después de habernos indicado que él no venía a abolir los mandamientos, sino a darles plenitud, hasta hacernos llegar a las grandes alturas de la santidad y del heroísmo, Cristo hoy deja caer sobre nuestros ánimos algo que tendría que cambiar radicalmente nuestras vidas: Cristo fue muy preciso y muy claro y muy tajante sobre lo que él quiere de los que se han convertido en sus seguidores: “Han oído que se dijo: ama a tu prójimo y odia a tu enemigo. Yo en cambio, les digo: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian y rueguen por los que los persiguen y calumnian, para que sean hijos de su Padre celestial, que hace salir su sol sobre los buenos y los manos y manda su lluvia sobre los justos y los injustos”.

Todo esto sólo es posible para el que tiene fe. Si no tuviéramos fe, ¿cómo podríamos amar al que te ha dejado sin casa y sin familia porque su voracidad ha sido grande y sin medida? Quién que no tenga fe ¿podría siquiera pensar en hacer el bien a los que saben que te odian, que te ven como objeto inservible, para quienes sólo eres útil mientras pueden servirse de ti, pero al que han tirado cuando ya te han sacado todo el jugo? Y ¿Quién se atrevería a rogar por los que te persiguen y te ha calumniado hasta dejarte en la lona?

Necesitamos fe, mucha fe. Y es que “Una fe que no da fruto en las obras no es fe”. Muchas veces escuchamos: ‘Pero yo tengo mucha fe’, ‘Yo creo todo, todo…’ Y quizá esta persona que dice eso tiene anidada en el corazón la venganza, que cuando no se le pone límite es capaz de acabar con los individuos en conflicto e incluso con naciones enteras, provocando guerras, hambre, sangre inocente derramada y enemistades que pueden durar toda una vida. Su fe sería como una teoría, pero no está viva en su vida. Podemos conocer todos los mandamientos, todas las profecías, todas las verdades de fe, pero si esto no se pone en práctica, si no va a las obras, no sirve. Podemos recitar el Credo teóricamente, también sin fe, y hay tantas personas que lo hacen así. ¡También los demonios! Los demonios conocen bien lo que se dice en el Credo y saben que es verdad (Francisco).

Pero por otra parte, el hecho de Cristo nos pida que dejemos de usar la violencia, la venganza y el odio como el móvil de nuestra vida, eso no quiere decir que debamos de quedarnos callados y con los brazos cruzados ante la injusticia y la maldad. Cristo mismo no procedió así. Él nunca se doblegó ante la injusticia del Imperio romano; a Herodes lo llamó “don nadie”, zorro; a los ricos les señaló su gran dificultad para llegar al Reino de los cielos; a los fariseos los denunció por manipular las conciencias de los pobres y a los sumos sacerdotes por haber convertido las cosas de Dios en un negocio.

Y si no nos acabamos de reponer de la sorpresa que nos han causado las palabras de Cristo, todavía podemos sorprendernos un poco más, cuando el profeta Isaías nos llama a la santidad, porque nos hemos acercado Dios que es tres veces santo, y todavía más, el mismo Cristo, en el colmo del heroísmo y la santidad, nos pide escuetamente: “Sean perfectos como su Padre celestial es perfecto”. Ya tenemos trabajo para rato, ¡comencemos!

Esta caridad comienza por casa, con los más cercanos, que son los que más motivos y ocasiones nos dan de practicarla: en la familia, en el equipo de trabajo, en la comunidad religiosa y en la parroquial. No dar importancia a pequeñeces, sobre las que discutimos a veces perdiendo el humor y la paz. Esa caridad no con palabras bonitas o con teorías, sino con gestos concretos (evangelio). También caridad con los pobres, los débiles, los pecadores, los que están en las periferias, como tantas veces nos dice el Papa Francisco. Y el culmen, caridad para perdonar a los enemigos y a los que nos maltratan, poniendo la otra mejilla. El cristiano saluda a los adversarios, presta gratuitamente, no responde con contraataques, está pronto a la reconciliación sin albergar sentimientos de represalia y cortando las escaladas del rencor en nuestro trato con los demás.

¿Utopía? ¿Asignatura pendiente en algunos cristianos? ¿Entendimos el mensaje difícil de Jesús? ¿Lo practicamos? En esto nos jugamos nuestro nombre de cristianos y nuestro gozo eterno: al final de la vida se te examinará del amor.

 

Homilía VI Domingo Ordinario/A

VI Domingo Ordinario/A (Mt 5, 17-37)

La ley y la libertad

Enséñame, Señor, a cumplir tu Voluntad  y a guardarla de todo corazón”.

          “Enséñame, Señor, a cumplir tu Voluntad y a guardarla de todo corazón”.

La libertad es una virtud y un valor eminentemente cristianos. Las lecturas de hoy se centran en esta libertad auténticamente cristiana. En la primera lectura el Sirácida recurre a imágenes para mostrar la responsabilidad del hombre en su obrar: “Fuego y agua he puesto ante ti, alarga la mano a lo que quieras. Ante el hombre están vida y muerte; lo que él quiera se le dará”. Jesucristo en el Evangelio enfrenta la libertad con la elección de lo más propio y peculiar del cristianismo: “Han oído que se dijo…pero yo les digo…”. Finalmente san Pablo exhorta a los cristianos de Corinto a elegir una sabiduría superior: divina, misteriosa, escondida, que Dios nos ha revelado por medio de su Espíritu (segunda lectura).

Jesucristo en el Evangelio de hoy nos recuerda algunos de los mandamientos (quinto, sexto y octavo): “No matarás”, “No cometerás adulterio”, “No jurarás en falso”. La libertad humana encuentra en estas formulaciones una indicación del mal que ha de evitar, e implícitamente del bien que debe hacer: respetar la vida, ser fiel a la propia esposa, decir la verdad. Son principios válidos para todo hombre, sea o no cristiano, sobre todo en su formulación negativa.

Pero Jesucristo propone a la libertad del cristiano ir más allá, llevar el ejercicio de la libertad a una mayor perfección. Jesucristo concretiza algo más los mandamientos del Decálogo. Para un cristiano, elegir el enojo, el insulto, la descalificación personal es una mala elección, que va contra el quinto mandamiento, ataca el amor sincero al prójimo que es la esencia del mismo. En cuanto al sexto, el simple deseo concupiscente es ya adulterio del corazón, es un mal uso de la libertad, porque el corazón no es puro. Finalmente, Jesucristo nos dice a los cristianos que es mejor la verdad y la sinceridad que recurrir al juramento como única y verdadera garantía de honestidad. El cristiano auténticamente libre, amante de la verdad y del bien, no tiene necesidad de jurar.

Esta libertad cristiana, que busca siempre lo mejor, no es una sabiduría de este mundo, sino una sabiduría que viene de Dios y que Dios nos ha revelado por medio de su Espíritu, porque donde está el Espíritu ahí está la verdadera libertad. Esta sabiduría de la libertad ni la conocen ni la entienden los no cristianos, o los cristianos de museo, o los mediocres y renegados; por eso, a veces la atacarán como irracional y otras veces la admirarán como heroica. En todo caso, incluso para los cristianos que la experimentamos y tratamos de aplicarla en la vida, no deja de ser misteriosa, escondida. Es la libertad de los hijos de Dios que no “necesitan” de otras leyes, para comportarse bien como hombres y como cristianos, que la ley del Espíritu.

La libertad cristiana en una sociedad pluralista requiere de gran discernimiento. Los fieles cristianos viven en el pluralismo religioso, político, cultural. Un pluralismo que afecta al mismo modo de ver el bien y el mal y, consiguientemente, a opciones diversas en campos importantes de la vida humana o de la sociedad. Para un cristiano el aborto voluntario es siempre un mal, pero en la sociedad pluralista hay quienes en algunos casos lo consideran un bien. Para un cristiano la prostitución va contra la dignidad de la mujer, pero hay quienes la consideran como una “profesión” tan buena y legítima como cualquier otra…Este pluralismo no ha de debilitar nuestras convicciones, más bien las afianzará y nos llevará a dar razón de nuestra fe y de nuestra postura. Pero tampoco nos ha de llevar al fanatismo y a la intransigencia con quienes no comparten nuestra fe y nuestra moral. El respeto a las diferencias y el diálogo constructivo, y más que nada el testimonio de coherencia cristiana, debe ser el camino preferido por nuestra libertad.

El Espíritu de libertad. El cristiano, cada cristiano, en el buen ejercicio de su libertad, actúa bajo la acción del Espíritu. El discernimiento por obra del Espíritu y la docilidad a este mismo Espíritu permiten al cristiano el uso más pleno de su libertad, el paso de lo bueno a lo mejor, de lo no exigido por la sociedad o por el ambiente en que se vive a lo exigido por la conciencia, de la simple ayuda a los demás a la generosidad sin medida. Entre más dócil sea cada cristiano a la acción del Espíritu Santo en su conciencia, más libre será en sus opciones fundamentales y en las decisiones “débiles”, pequeñas de todos los días.

Los mandamientos del Señor son posibles y queridos por Dios, no dejemos de orar como lo hicimos en el Salmo: “Muéstrame, Señor, el camino de tus leyes y yo lo seguiré con cuidado.  Enséñame, Señor, a cumplir tu Voluntad  y a guardarla de todo corazón”

 

Homilía V Domingo Ordinario

 

V Domingo Ordinario/A (Mt 5,13-16)

“Ustedes son la luz del mundo”

“Ustedes son la sal y la luz del mundo”

         “Ustedes son la sal y la luz del mundo”

Jesús sigue haciendo el retrato y la fisonomía de sus discípulos y seguidores: en el Domingo pasado en el famoso Sermón de la Montaña (Mateo, capítulos 5-7), que nos marcaban el camino de la auténtica felicidad; hoy Jesús usando dos imágenes expresivas nos dice que quien lleve el nombre de cristiano debe ser sal y luz en este mundo: “Ustedes son la sal de la tierra… Ustedes son la luz del mundo”.

Jesús nos quiere como Él: El discípulo de Jesús debe ser sal. El Papa Francisco ha dicho que “cuando el cristiano no es la sal de Jesús se convierte en un ‘cristiano de museo’ que no hace nada. Jesús nos ha dado la sal para dar ‘sabor’ a la vida de los demás. Esta sal no es para conservarla. La sal tiene sentido si le da sabor a las cosas. La sal que hemos recibido es para darla, para ‘saborizar’, para ofrecerla” (Homilía 23-5-13).

Mientras la sociedad se adormece en una rutina de aburrimiento y pierde el sentido de la vida, Cristo exige mucho más a sus seguidores: ser sal. Debe ser un rasgo característico de los discípulos el saber dar sabor a la vida. Esta imagen nos es muy cercana y es fácil de captar todo el simbolismo y entender que el Evangelio infunde una energía y da un sabor especial a la vida. Sin embargo parecería que a muchos la fe se les ha vuelto sosa, avinagrada y acartonada, y les ha faltado dinamismo y entusiasmo para llevar con alegría el Evangelio.

También el cristiano tiene que ser luz, porque llevamos en el alma y en la conciencia el resplandor de Cristo resucitado. Somos cristianos de Pascua. Cristo con su Pascua disipó las tinieblas del demonio, que parecía haber triunfado en ese Viernes Santo. En nuestras pupilas brilla la luz del cirio pascual. En nuestros labios resuena el “Lumen Christi”. Nuestras manos sostienen la vela que se alimenta de ese cirio pascual que es Cristo. Debemos, por tanto, tener rostros de resucitados.

Con la luz de la fe en Cristo iluminemos nuestro interior e iluminemos nuestro ambiente, allí donde estamos. La Fe es la luz, que ilumina desde dentro. Por la luz de la fe vemos con claridad cuál es el camino que nos conduce al cielo. Somos “un pueblo tiene “la luz de la vida”. ¿Cómo puede el discípulo de Jesús vivir en el silencio y en la oscuridad si lleva la luz por dentro? El salmo 111 recoge la experiencia de quien experimenta el amor de Dios en la propia vida: “El justo brillará como una luz en las tinieblas”. No es la apatía de quien con pretextos religiosos se desentiende de los problemas de la vida.

El cristiano está llamado a ser lámpara encendida que rompe las cadenas de las tinieblas, rayo que rasga la oscuridad, grito gozoso de quien obtiene una victoria. El cristiano es luz. Con cuánta razón el Papa Francisco en los inicios de su servicio exclamaba: “Ésta es la primera palabra que quiero decirles: alegría. No sean nunca hombres, mujeres tristes: un cristiano jamás puede serlo. Nunca se dejen vencer, nunca, por el desánimo. Nuestra alegría no es algo que nace de tener tantas cosas, sino que nace de haber encontrado a una persona, a Jesús, que está en medio de nosotros, con Él, nunca estamos solos, incluso en los momentos difíciles, aun cuando el camino de la vida tropieza con problemas y obstáculos que parecen insuperables y ¡hay tantos!”.

Todos los bautizados somos discípulos misioneros, llamados a convertirnos en un Evangelio vivo en el mundo: con una vida santa daremos “sabor” a los diferentes ambientes y los defenderemos de la corrupción, como hace la sal; y llevaremos la luz de Cristo a través del testimonio de una caridad genuina. Pero si los cristianos perdemos sabor y apagamos nuestra presencia de sal y de luz, perdemos la efectividad.

¡Qué hermosa es esta misión de dar luz al mundo!, es una misión que nosotros tenemos. Es hermosa… También es hermoso conservar la luz que hemos recibido de Jesús: custodiarla y conservarla. El cristiano tendría que ser una persona luminosa, que lleva luz, siempre da luz, una luz que no es suya, sino que es un regalo de Dios, un regalo de Jesús. Si el cristiano apaga esta luz, su vida no tiene sentido. Es un cristiano solo de nombre, que no lleva la luz. Una vida sin sentido. Nos podemos preguntar ahora: ¿Cómo quiero vivir, como una lámpara encendida o como una lámpara apagada? Y es precisamente Jesús el que nos da esta luz y nosotros se la damos a los demás. ¡Lámpara encendida!: esta es la vocación cristiana.

Señor, que por intercesión de Santa María…, tu luz ilumine nuestras tinieblas, y que podamos dar sentido y sabor a nuestras vidas con la luz de tu evangelio.

 

 

Homilía Cuarto domingo del Tiempo Ordinario/A

 

Cuarto domingo del Tiempo Ordinario/A (Mt 5, 1-12)

Las bienaventuranzas (Cfr. Papa Francisco junio 2014)

Las Bienaventuranzas son “el programa”, el carné de identidad del cristiano.

      Las Bienaventuranzas son “el programa”, el carné de identidad del cristiano.

En el Evangelio hemos escuchado a Jesús que enseñaba a sus discípulos y a la gente reunida sobre la colina del lago de Galilea (Cfr. Mt 5,1-12). La palabra del Señor resucitado y vivo indica también a nosotros, hoy, el camino para alcanzar la verdadera felicidad, el camino que conduce al Cielo. Es un camino difícil de comprender por qué va contra corriente, pero el Señor nos dice que quien va por este camino es feliz, tarde o temprano alcanza la felicidad.

Las Bienaventuranzas son “el programa”, el carné de identidad del cristiano. Por eso ha indicado que si alguno de nosotros hace la pregunta: ‘¿Qué se hace para ser un buen cristiano?’, aquí encontramos la respuesta de Jesús que indica cosas muy a contracorriente respecto a lo que habitualmente se hace en el mundo.

Bienaventurados los pobres de espíritu. Las riquezas no te aseguran poco y transitorio. Es más, cuando el corazón es rico, está tan satisfecho de sí mismo, que no tiene lugar para la Palabra de Dios, para Dios…

Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados: Pero el mundo nos dice: la alegría, la felicidad, la diversión, eso es lo bonito de la vida. E ignora, mira a otro lado, cuando hay problemas de enfermedad, problemas de dolor en la familia. El mundo no quiere llorar, prefiere ignorar las situaciones dolorosas, cubrirlas. Solamente la persona que ve las cosas como son, y llora en su corazón, es feliz y será consolada. La consolación de Jesús, no la del mundo”.

También son bienaventurados los mansos en este mundo que desde el inicio es un mundo de guerras, un mundo donde se pelea por todos lados, donde por todos lados hay odio. Y Jesús dice: nada de guerras, nada de odio, paz, mansedumbre”. Francisco indica: si yo soy manso en la vida, pensarán que soy un tonto. Pero, aunque piensen eso tú eres manso, porque con esa mansedumbre heredarás la Tierra.

Bienaventurados lo que tienen hambre y sed de justicia, bienaventurados los que luchan por la justicia, para que haya justicia en el mundo”. Es muy fácil entrar en las grietas de la corrupción, esa política cotidiana del intercambio. Todo es negocio”.  Cuántas injusticias. Cuánta gente que sufre por estas injusticias”. Jesús dice: bienaventurados aquellos que luchan contra estas injusticias.

Bienaventurados los misericordiosos, porque encontrarán misericordia. Los misericordiosos, los que perdonan, los que entienden los errores de los otros”. Así, Francisco recuerda que las palabras de Jesús no fueron bienaventurados los que hacen venganza, los que se vengan: Bienaventurados lo que perdonan, los misericordiosos. ¡Porque todos nosotros somos ejército de perdonados! Todos nosotros hemos sido perdonados. Y por esto es bienaventurado el que va por este camino del perdón”.

Bienaventurados los puros de corazón, que tienen un corazón sencillo, sin suciedades, un corazón que sabe amar con esa pureza tan bonita. Bienaventurados los que trabajan por la paz. Pero, ¡es tan común que seamos trabajadores de guerra o al menos trabajadores de malentendidos! Cuando escuchamos algo de esto y vamos donde el otro y se lo digo y hago además una segunda edición un poco más grande y la transmito… El mundo del chismorreo. Esta gente que chismorrea, no hace paz, son enemigos de la paz. No son bienaventurados”. Dando un paso más, bienaventurados los perseguidos por la justicia. Cuánta gente es perseguida, ha sido perseguida simplemente por haber luchado por la justicia”.

Las bienaventuranzas son pocas palabras, palabras sencillas, pero prácticas para todos, porque el cristianismo es una religión práctica: no es para pensarla, es para practicarla, para hacerla. Hoy, si tenemos un poco de tiempo en casa, tomemos el Evangelio, el Evangelio de Mateo, capítulo 5, al inicio están las bienaventuradas; en capítulo 25, están las otras. Este es el camino de la santidad, y es el mismo camino de la felicidad. Es el camino que ha recorrido Jesús, es más, es Él mismo este camino: quien camina con Él y pasa a través de Él entra en la vida, en la vida eterna. Pidamos al Señor… la gracia de ser personas sencillas y humildes, la gracia de saber llorar, la gracia de ser humildes, la gracia de trabajar por la justicia y la paz, y sobre todo la gracia de dejarnos perdonar por Dios para convertirnos en instrumentos de su misericordia.

 

 

Homilía Tercer domingo del Tiempo Ordinario/A

Tercer domingo del Tiempo Ordinario/A (Mt 4, 12-23)

El Señor es mi luz y mi salvación

El Señor es mi luz y mi salvación

                    El Señor es mi luz y mi salvación

El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande. Estas palabras tomadas de la primera lectura del profeta Isaías, nos ofrecen un tema unificador para la liturgia de este domingo. Mateo en el evangelio aplica el oráculo de Isaías a la venida de Jesús y a su retiro ocasional en la región de Zabulón y Neftalí (tierra de gentiles). Jesús es la luz que ilumina las tinieblas, es el salvador que nos rescata de la muerte. Cristo llama a Simón y Andrés, a Santiago y a Juan para que colaboren con él en la misión redentora; de algún modo los hace partícipes de esa luz que desciende del cielo e ilumina la vida de los hombres.

El salmo 26 expresa los sentimientos del hombre que se siente oprimido por las tinieblas y el pecado y ve en Cristo al redentor. El Señor es mi luz y mi salvación. Jesucristo, revelación del amor del Padre, ilumina toda situación humana por dramática que ésta sea, porque él ha asumido nuestra condición humana hasta sus últimas consecuencias. Él carga sobre sí el pecado de todos nosotros y se ofrece al Padre como víctima de propiciación. Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos (Hch 4, 12).

Cuando Cristo ilumina nuestras almas no hay lugar en ella para el temor o el desaliento, por el contrario, en ella surge la paciencia que todo lo soporta, la fortaleza capaz de las más grandes empresas, la generosidad que no se reserva nada para sí. El alma descubre en sí capacidades hasta entonces desconocidas. “Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor”. Palabras estupendas que iluminan nuestra existencia muchas veces turbada por las angustias del mundo, por los temores del mal, por la incertidumbre del futuro. Cristo no deja de llamarnos: Vengan y síganme… Está cerca el Reino de los cielos.

El Papa Francisco ha enseñado que “La identidad cristiana es “una identidad de la luz no de las tinieblas”. Al respecto San Pablo enseña: “Ustedes hermanos no pertenecen a las tinieblas, todos ustedes son hijos de la Luz”. Esta Luz, “no ha sido bien recibida por el mundo”. Pero Jesús ha venido precisamente para salvarnos del pecado, “su Luz nos salva de las tinieblas”. Hoy “se puede pensar que haya la posibilidad” de tener la luz “con tantas cosas científicas y tantas cosas de la humanidad”:

“Se puede conocer todo, se puede tener ciencia de todo e iluminación sobre las cosas. Pero la luz de Jesús es distinta. No es una luz de la ignorancia, ¡no! Es una luz de sapiencia y de sabiduría, sino que es diferente a la luz del mundo. La luz que nos ofrece el mundo es una luz artificial, tal vez fuerte, fuerte como fuego de artificio, como un flash fotográfico. En cambio la luz de Jesús es una luz suave, es una luz tranquila, es una luz de paz.

La luz de Jesús “no da espectáculo, es una luz que viene en el corazón”. Sin embargo, “es verdad que tantas veces el diablo viene disfrazado de ángel de luz: a él le gusta imitar a Jesús y se hace bueno, nos habla tranquilamente, como le habló a Jesús tras el ayuno en el desierto”. He aquí por qué debemos pedir al Señor “la sabiduría del discernimiento para conocer cuándo es Jesús que nos da la luz y cuándo es justamente el demonio, disfrazado de ángel de luz”.

“Cuántos creen vivir en la luz y están en las tinieblas, pero no se dan cuenta. ¿Cómo es la luz que nos ofrece Jesús? La luz de Jesús podemos conocerla, porque es una luz humilde, no es una luz que se impone: es humilde. Es una luz apacible, con la fortaleza de la mansedumbre. Es una luz que habla al corazón y es también una luz que te ofrece la Cruz. Si nosotros en nuestra luz interior somos hombres dóciles, sentimos la voz de Jesús en el corazón y miramos la Cruz sin temor: aquella es la luz de Jesús”.

Pero si, en cambio, viene una luz que te “vuelve orgulloso”, una luz que “te lleva a mirar a los demás desde lo alto”, a despreciar a los demás, “a la soberbia, esa no es la luz de Jesús: es la luz del diablo, disfrazado de Jesús, de ángel de luz”.

El modo para distinguir la verdadera luz de la falsa: “Siempre donde está Jesús hay humildad, docilidad, amor y Cruz”. Jamás “encontraremos un Jesús que no sea humilde, dócil, sin amor y sin Cruz”. Entonces debemos ir tras Él, “sin temor”, seguir su luz porque la luz de Jesús “es bella y hace tanto bien”.

Pidamos al Señor… que nos dé hoy la gracia de su luz y nos enseñe a distinguir cuándo la luz es su luz y cuándo es una luz artificial hecha por el enemigo para engañarnos”.

 

Homilía Segundo domingo del Tiempo Ordinario/A

Segundo domingo del Tiempo Ordinario/A (Jn 1, 29-34)

Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo

Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo

Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo

El Evangelio nos relata el testimonio de Juan el Bautista sobre Jesucristo, nos dice Quién es Jesús, cuál es su identidad: el Hijo amado del Padre eterno en quien tiene sus complacencias; el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo.

Jesús es el Cordero de Dios porque ha sido elegido por Dios para librarnos de la esclavitud del pecado y hacernos hombres y mujeres libres, y así como en otros tiempos los israelitas fueron librados de la muerte y de la esclavitud por medio de la sangre de un cordero, razón por la que celebran la Pascua de generación en generación, así también nosotros hemos sido librados, en Cristo y por su sangre, de la esclavitud del pecado y de la muerte.

El testimonio que nos da san Juan de Jesús: Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, tiene una profunda implicación en el mundo y en cada uno de nosotros; esto es algo muy conocido de todos: Esta expresión que utiliza Juan para presentar a Cristo a sus discípulos es la misma con la que nosotros invocamos a Cristo, en el “Gloria”, reconociéndolo como Señor, como Dios y como Hijo del Padre; es también como Cordero de Dios que le dirigimos repetidamente nuestra súplica en la letanía que acompaña a la fracción del pan eucarístico; y es como Cordero de Dios que nos es presentado Cristo cuando se nos invita a acercarnos a la mesa eucarística para recibir su Cuerpo como verdadero alimento. Así pues, no es una expresión extraña para nosotros.

Pero, ¿cómo hacer que la muerte y resurrección de nuestro Cordero inmolado sea nuestro salvador y redentor, luz de nuestros corazones; cómo hacer para que sea el Dios hombre que nos quite el pecado personal y del mundo? Cuando vivimos en un mundo secularizado (un mundo sin Dios y sin pecado, despersonalizado y sin valores); atiborrado de consumismo (cuyo dios parece el comprar y el consumir para ser felices), hedonismo (que hace consistir la felicidad en la satisfacción de los sentidos y del placer, sin hacer uso de la razón y la voluntad), y en un pluralismo en donde cada uno nos sentimos poseer la verdad, en detrimento de la enseñanza y la persona del cordero que dijo “Yo soy la verdad…). Parece que esta presentación que Juan hace de Jesús ha perdido su razón de ser. Ahora ya no hay pecados, ni pecado: porque hemos expulsado a Dios de nosotros y nosotros mismos hemos perdido el sentido de nuestra dignidad y de los valores más elementales…

Se ha perdido la conciencia de pecado. Pero san Juan, lo queramos o no. nos dice: este es el Cordero… Reconozcámoslo, somos culpables. Al menos, no somos inocentes en un mundo dividido, en una sociedad injusta, en un sistema deshumanizado. Vivimos en un mundo de pecado, en un mundo inhumano, fratricida, insolidario… El pecado del mundo está en sus estructuras, o sea, en el modelo de organización que hemos elegido y sostenemos, cueste lo que cueste, entre todos. El precio de este modelo, también llamado “sociedad del bienestar”, es el pecado, es decir, la injusticia y la explotación, la marginación y la exclusión…

San Juan Pablo II decía que “se trata de pecados muy personales que tenemos cada uno cuando favorecemos o propagamos cualquier injusticia; son pecados de quienes pudiendo hacer algo para evitar, eliminar o, al menos, limitar determinados males sociales, omite el hacerlo por pereza, por miedo y encubrimiento, por complicidad solapada o por indiferencia; de quien busca refugio en una presunta imposibilidad de cambiar el mundo, y también de quien pretende eludir la fatiga y el sacrificio, alegando supuestas razones de orden superior”. De manera que, por complicidad o por omisión, todos estamos metidos en el pecado del mundo. Y, siendo esto así, nada tiene de extraño que el mismo pecado del mundo no nos deje ver nuestras propias culpas, y no queramos reconocernos pecadores, y ser liberados por el cordero de Dios que quita el pecado personal y del mundo…

Es muy cómodo confundir el pecado con los “pecadillos”, o con la clásica excusa: no robo, no mato…estoy bien… pero no te confiesas, ni comulgas, o lo peor, comulgas y no te confiesas…y como consecuencia vives en el sacrilegio, o al margen de tus compromisos de discípulo y apóstol de Jesús… Para recuperar el sentido del pecado hay que empezar por recuperar la conciencia de seres humanos, la conciencia de la igualdad de todos al nacer, la conciencia de la responsabilidad humana y de la solidaridad entre los hombres. Para desenmascarar nuestros pecados, celosamente camuflados en el pecado del mundo, no hay más que recorrer las enseñanzas del Cordero de Dios que quita el pecado del Mundo… /Pero el más grave de todos los pecados es el querer vivir sin Dios: una cosa es que dios esté contigo y otra que realmente tu estés con él: cumpliendo en todo su santa voluntad… o pensando que no tienes pecado, cuando se vive en la ignorancia religiosa, de sí mismo y con una conciencia sin Espíritu Santo…, en un mundo hasta el cuello de secularización ¡Cómo decir que ya no hay pecado!

El Señor y, sólo el Señor, puede purificar las conciencias humanas, porque para esto es necesaria la fuerza de la redención, esto es, la fuerza del sacrificio que nos transforma desde dentro. Para esto es necesario el sello del Cordero de Dios, grabado en nuestro corazón como un beso misterioso del amor.

Aceptando la invitación de san Juan, caminen con valentía y fidelidad detrás de Cristo. Él es “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Pidámosle, por intercesión de Santa María Reina, que nos ayude a no tener nuestra vida sólo para nosotros mismos, sino a entregársela a él y así actuar junto con él, a fin de que los hombres encuentren la vida, la vida verdadera, que sólo puede venir del Cordero de Dios que Quita el Pecado del mundo.