HOMILÍAS XXIX Domingo del Tiempo Ordinario/A

 

TRES SUGERENCIAS

XXIX Domingo del Tiempo Ordinario/A (1Ts 1,1-5)

          “Recordamos su fe, esperanza y caridad”

San Pablo en la segunda lectura dice a los de Tesalónica: “Recordamos su fe, esperanza y caridad”. Este es el tema que proponemos, las virtudes teologales: La fe, la esperanza y la caridad, en este día del DOMUND, que son como tres estrellas que brillan en el cielo de nuestra vida espiritual para guiarnos hacia Dios. Estas tres virtudes nos ponen en comunión con Dios y nos llevan a él y a los hermanos de cerca y de lejos.

  1. LA FE. Hablemos de la fe. La fe es la virtud teologal por la que creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha dicho y revelado… Por la fe “el hombre se entrega entera y libremente a Dios” (DV 5). Por eso el creyente se esfuerza por conocer y hacer la voluntad de Dios. “El justo (…) vivirá por la fe” (Rm 1, 17). La fe viva “actúa por la caridad” (Ga 5, 6).

Nuestra vida moral tiene su fuente en la fe en Dios que nos revela su amor. San Pablo habla de la “obediencia de la fe” (Rm 1, 5; 16, 26) como de la primera obligación. Hace ver en el “desconocimiento de Dios” el principio y la explicación de todas las desviaciones morales (cf Rm 1, 18-32). Nuestro deber para con Dios es creer en Él y dar testimonio de Él (CEC 2087).

El discípulo de Cristo no debe sólo guardar la fe y vivir de ella sino también profesarla, testimoniarla con firmeza y difundirla: “Todos […] vivan preparados para confesar a Cristo ante los hombres y a seguirle por el camino de la cruz en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia” (LG 42; cf DH 14). El servicio y el testimonio de la fe son requeridos para la salvación: “Todo […] aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos” (Mt 10, 32-33) (CEC 1816).

  1. LA ESPERANZA. La esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos, a la vida eterna, felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo (CEC 1817). En otras palabras, decimos que la esperanza es aguardar confiadamente la bendición divina y la bienaventurada visión de Dios.

La virtud de la esperanza corresponde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre; asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres; las purifica para ordenarlas al Reino de los cielos; protege del desaliento; sostiene en todo desfallecimiento; dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza eterna. El impulso de la esperanza preserva del egoísmo y conduce a la dicha de la caridad (CEC 1818).

Podemos, por tanto, esperar la gloria del cielo prometida por Dios a los que le aman (cf Rm 8, 28-30) y hacen su voluntad (cf Mt 7, 21). En este punto santa teresa de Jesús nos dice: “Espera, espera, que no sabes cuándo vendrá el día ni la hora. Vela con cuidado, que todo se pasa con brevedad, aunque tu deseo hace lo cierto, dudoso; y el tiempo breve, largo. Mira que mientras más peleares, más mostrarás el amor que tienes a tu Dios y más te gozarás con tu Amado con gozo y deleite que no puede tener fin” (Exclamaciones del alma a Dios, 15, 3)

  1. LA CARIDAD. La caridad es la virtud teologal por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas por Él mismo y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios. Jesús hace de la caridad el mandamiento nuevo (cf Jn 13, 34). Amando a los suyos “hasta el fin” (Jn 13, 1), manifiesta el amor del Padre que ha recibido. Amándose unos a otros, los discípulos imitan el amor de Jesús que reciben también en ellos. Por eso Jesús dice: “Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor” (Jn 15, 9). Y también: “Este es el mandamiento mío: que os améis unos a otros como yo os he amado” (Jn 15, 12) (CEC 1822-1823). El ejercicio de todas las virtudes está animado e inspirado por la caridad.

En el vértice de las tres virtudes teologales está el amor, que san Pablo compara casi con un lazo de oro que une en armonía perfecta a toda la comunidad cristiana: “Y por encima de todo esto, revístanse del amor, que es el vínculo de la perfección” (Col 3, 14).

Estas son las tres virtudes teologales, que nos disponen a los cristianos a vivir en relación con la Santísima Trinidad. Fueron infundidas por Dios en nuestra alma para hacernos capaces de obrar como hijos suyos y merecer la vida eterna.

Por tanto, las comunidades parroquiales, asociaciones y grupos han de vivir una vida fraterna intensa, basada en el amor a Jesús y atenta a las necesidades de los más desfavorecidos. La Jornada Mundial de las Misiones es un momento para reavivar el deseo y el deber moral de la participación gozosa en la misión ad gentes. La contribución económica personal es el signo de una oblación de sí mismos, en primer lugar al Señor y luego a los hermanos, porque la propia ofrenda material se convierte en un instrumento de evangelización de la humanidad que se construye sobre el amor.

Domingo XXIX del tiempo ordinario/A

Día mundial de las misiones

Octubre, mes del rosario y de las misiones

En el Evangelio de hoy vemos a Jesús y a los Once en Galilea, lugar principal de la actividad de Jesús: Él los había citado en aquel Monte. Al verlo se postraron, lo adoraron unos, y otros titubeaban. Después Jesús se les acerca y les dice unas palabras que revelan que Él tiene el poder y que se los transmitirá, para que vayan a enseñar a todas las naciones y las bauticen en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.

También que enseñen a cumplir todo cuanto les ha mandado, es decir, llevar a las gentes al seguimiento del Señor, porque encontrarlo es vivir como El y no sólo aprender una doctrina; además una Comunidad que se encuentra con el Resucitado vive, lleva adelante esa Misión. Finalmente, les añade palabras de esperanza y confianza: “y sepan que yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”. Son significativas tres palabras, o verbos: ‘ir’, ‘enseñar’ y ‘bautizar’; quiere decir, dinamismo, testimonio, vida sacramental y al creyente le corresponde ‘cumplir’, porque es respuesta al Evangelio.

Hoy en día todavía hay mucha gente que no conoce a Jesucristo. Por eso es tan urgente la misión de todos los pueblos, en la que todos los miembros de la iglesia están llamados a participar, ya que la iglesia es misionera por naturaleza: la iglesia ha nacido “en salida”. La Jornada Mundial de las Misiones es un momento privilegiado en el que los fieles de los diferentes continentes se comprometen con oraciones y gestos concretos de solidaridad para ayudar a las iglesias jóvenes en los territorios de misión. Se trata de una celebración de gracia y de alegría. De gracia, porque el Espíritu Santo, mandado por el Padre, ofrece sabiduría y fortaleza a aquellos que son dóciles a su acción. De alegría, porque Jesucristo, Hijo del Padre, enviado para evangelizar al mundo, sostiene y acompaña nuestra obra misionera. 

El papa Francisco ha recordado, con motivo de este día, que “En muchas regiones escasean las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. A menudo esto se debe a que en las comunidades no hay un fervor apostólico contagioso, por lo que les falta entusiasmo y no despiertan ningún atractivo. La alegría del Evangelio nace del encuentro con Cristo y del compartir con los pobres. Por tanto, animo a las comunidades parroquiales, asociaciones y grupos a vivir una vida fraterna intensa, basada en el amor a Jesús y atenta a las necesidades de los más desfavorecidos. Donde hay alegría, fervor, deseo de llevar a Cristo a los demás, surgen las verdaderas vocaciones. Entre éstas no deben olvidarse las vocaciones laicales a la misión. Hace tiempo que se ha tomado conciencia de la identidad y de la misión de los fieles laicos en la Iglesia, así como del papel cada vez más importante que ellos están llamados a desempeñar en la difusión del Evangelio. Por esta razón, es importante proporcionarles la formación adecuada, con vistas a una acción apostólica eficaz.

«Dios ama al que da con alegría» (2 Co 9,7). La Jornada Mundial de las Misiones es también un momento para reavivar el deseo y el deber moral de la participación gozosa en la misión ad gentes. La contribución económica personal es el signo de una oblación de sí mismos, en primer lugar al Señor y luego a los hermanos, porque la propia ofrenda material se convierte en un instrumento de evangelización de la humanidad que se construye sobre el amor.

Queridos hermanos y hermanas, en esta Jornada Mundial de las Misiones mi pensamiento se dirige a todas las Iglesias locales. ¡No dejemos que nos roben la alegría de la evangelización! Os invito a sumergiros en la alegría del Evangelio y a nutrir un amor que ilumine vuestra vocación y misión. Os exhorto a recordar, como en una peregrinación interior, el “primer amor” con el que el Señor Jesucristo ha encendido los corazones de cada uno, no por un sentimiento de nostalgia, sino para perseverar en la alegría. El discípulo del Señor persevera con alegría cuando  está con Él, cuando hace su voluntad, cuando comparte la fe, la esperanza y la caridad evangélica.

Dirigimos nuestra oración a María, modelo de evangelización humilde y alegre, para que la Iglesia sea el hogar de muchos, una madre para todos los pueblos y haga posible el nacimiento de un nuevo mundo.

 

Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios

 

 

                      “Al Cesar…”

El evangelio nos presenta la pregunta planteada a Jesús por los sacerdotes, los escribas y los herodianos: “… maestro, ¿Es lícito pagar tributo al César o no? ¿Pagamos o dejamos de pagar?”. La hipocresía es el lenguaje preferido de los corruptos. La escena evangélica del impuesto al César, y la pregunta tramposa de los fariseos y de los partidarios de Herodes a Cristo sobre la legitimidad de aquel tributo es un ejemplo de esto. La intención con la que se acercan a Jesús es la de hacerlo caer en la trampa. La pregunta si sea contrario o no a pagar los impuestos al César es planteada con palabras suaves, con palabras bellas, con palabras edulcoradas. Pretenden mostrarse amigables”. Pero todo es falso. Porque estos no aman la verdad, sino sólo a sí mismos, y así buscan engañar, involucrar al otro en su mentira. Tienen el corazón mentiroso, no pueden decir la verdad.

La hipocresía es precisamente el lenguaje de la corrupción. Y cuando Jesús habla a sus discípulos, dice: ‘¡Cuando digan ‘sí’, que sea sí, y cuando digan ‘no’, que sea no!’. La hipocresía no es un lenguaje de verdad, porque la verdad jamás va sola. ¡Jamás! ¡Va siempre con el amor! No hay verdad sin amor. El amor es la primera verdad. Si no hay amor, no hay verdad. Estos quieren una verdad esclava de los propios intereses. Podemos decir que hay amor: pero es el amor de sí mismos, el amor a sí mismos. Aquella idolatría narcisista que los lleva a traicionar a los otros, los lleva a los abusos de confianza.

Aquello que parece un lenguaje persuasivo, lleva en cambio al error, a la mentira. Aquellos que hoy se acercan a Jesús y parecen tan amables con el lenguaje, son los mismos que el jueves, al anochecer, irán a apresarlo en el Huerto de los Olivos, y el viernes lo llevarán ante Pilato. En cambio, Jesús pide a quien lo sigue exactamente lo contrario, una lenguaje de sí, sí, o no, no”, una palabra de verdad y con amor: Y la mansedumbre que Jesús quiere de nosotros no tiene nada, nada de esta adulación, nada que ver con esta forma edulcorada de avanzar. ¡Nada! La mansedumbre es simple; es como aquella de un niño. Y un niño no es hipócrita, porque no es corrupto. Cuando Jesús nos dice: ¡Cuando digan sí, que sea sí, y cuando digan no, que sea no! con espíritu de niños, se refiere al contrario de la forma de hablar de estos”.

Una última consideración: una cierta debilidad interior”, estimulada por la vanidad, por la que nos gusta que digan cosas buenas de nosotros. Esto lo saben los corruptos y tratan de debilitarnos con ese lenguaje: “Pensemos bien: ¿cuál es nuestro lenguaje hoy? ¿Hablamos con verdad, con amor, o hablamos un poco con aquel lenguaje social de seres educados, también diciendo cosas bellas, pero que no sentimos? ¡Que nuestro hablar sea evangélico, hermanos! Estos hipócritas que comienzan con el halago, la adulación y todo esto, terminan, buscando falsos testimonios para acusar a quien habían halagado. Pidamos hoy al Señor que nuestro hablar sea el hablar de los simples, hablar de niño, hablar de hijos de Dios, hablar en verdad del amor.

Homilía Domingo XXVIII/A Tiempo ordinario

 

Domingo XXVIII/A (Is 25, 6-10; Fil 4, 12-14.19-20; Mateo 22, 1-14.19-20)

…banquete de bodas al que muchos son invitados…

La liturgia de este domingo nos propone una parábola que habla de un banquete de bodas al que muchos son invitados. La primera lectura, tomada del libro de Isaías, prepara este tema, porque habla del banquete de Dios. Es una imagen – la del banquete – usada a menudo en las Escrituras para indicar la alegría en la comunión y en la abundancia de los dones del Señor, y deja intuir algo de la fiesta de Dios con la humanidad, como describe Isaías: “El Señor de los ejércitos ofrecerá a todos los pueblos sobre esta montaña un banquete de manjares suculentos, un banquete de vinos añejados” (Is 25,6). El profeta añade que la intención de Dios es la de poner fin a la tristeza y a la vergüenza; quiere que todos los hombres vivan felices en el amor hacia Él y en la comunión recíproca; su proyecto entonces es el de eliminar la muerte para siempre, de enjugar las lágrimas de todos los rostros, de hacer desaparecer la condición deshonrosa de su pueblo, como hemos escuchado (vv. 7-8). Todo esto suscita profunda gratitud y esperanza: “Ahí está nuestro Dios, de quien esperábamos la salvación: es el Señor, en quien nosotros esperábamos; ¡alegrémonos y regocijémonos de su salvación!”(v. 9).

Jesús en el Evangelio nos habla de la respuesta que se da a la invitación de Dios – representado por un rey – a participar en este banquete suyo (cfr Mt 22,1-14). Los invitados son muchos, pero sucede algo inesperado: rehúsan participar en la fiesta, tienen otras cosas que hacer; incluso, algunos muestran desprecio por la invitación.

Dios es generoso hacia nosotros, nos ofrece su amistad, sus dones, su alegría, pero a menudo nosotros no acogemos sus palabras, mostramos más interés por nuestras preocupaciones materiales, por nuestros intereses. La invitación del rey encuentra incluso reacciones hostiles, agresivas. Pero esto no frena su generosidad. El rechazo de los primeros invitados tiene como efecto la extensión de la invitación a todos, también a los más pobres, abandonados y desheredados.

Los siervos reúnen a todos los que encuentran, y la sala se llena: la bondad del rey no tiene límites, y a todos se les da la posibilidad de responder a su llamada. Pero hay una condición para quedarse en este banquete de bodas: llevar el vestido de bodas. Y entrando en la sala, el rey advierte que uno no ha querido ponérselo y, por esta razón, es excluido de la fiesta. San Gregorio Magno… explica que ese comensal ha respondido a la invitación de Dios a participar en su banquete, tiene, en cierto modo, la fe que le ha abierto la puerta de la sala, pero le falta algo esencial: el vestido de bodas, que es la caridad, el amor. Y añade: “Cada uno de ustedes, por tanto, que en la Iglesia tiene fe en Dios ya ha tomado parte en el banquete de bodas, pero no puede decir que lleva vestido de bodas si no custodia la gracia de la Caridad” (Homilía 38,9: PL 76,1287). Y este vestido está tejido simbólicamente por dos leños, uno arriba y el otro abajo: el amor de Dios y el amor del prójimo (cfr ibid., 10: PL 76,1288). Todos nosotros somos invitados a ser comensales del Señor, a entrar con la fe en su banquete, pero debemos llevar y custodiar el vestido de bodas, la caridad, vivir un profundo amor a Dios y al prójimo.

Ahora bien, viniendo más a nosotros mimos, a nuestra vida ¿Cómo se puede considerar diversamente el desprecio de los bienes divinos, el rechazo de un Dios que ofrece su propia vida al hombre? San Pablo nos advierte: “No se hagan ilusiones, con Dios no se puede jugar” (Gál 6, 7). No se pueden desdeñar impunemente los dones de Dios, oponiéndole un muro de incomprensión y superficialidad. Excluirse de este plan indica sólo el fracaso del hombre y no el de Dios. Es esto lo que quiere decir la parábola cuando muestra al rey que envía a sus siervos a las calles para recoger a cuantos encuentren, “buenos o malos”, y así llenar la sala del banquete, en sustitución de los “indignos”. Nadie puede impedir la fiesta de Dios. Nuestro olvido o indiferencia no pueden hacer que Dios no exista, ni impedir que realice, incluso sin nosotros, su plan de salvación.

Reitero, no olvidemos y tomémoslo en serio, a ese banquete hay que entrar con el traje de gala, es decir, la gracia santificante. El hombre de la parábola que no tenía el vestido de fiesta fue porque no quiso proveerse del traje, lo que indica una falta de respeto no menos grave que la de aquellos que rechazaron la invitación del Rey. Fue expulsado a la gehena eterna, al infierno.

Ahora nos preguntamos ¿Tomamos en serio las invitaciones de Dios o damos oídos sordos…? ¿Tenemos siempre el traje de gala de la gracia de Dios en nuestra alma cada vez que nos relacionamos con Dios en la oración, en la Eucaristía? Seamos agradecidos con Dios por invitarnos al Banquete de la misa cada domingo, preludio del Banquete eterno: Gracias, Señor, por tantos banquetes que a diario me sirves. Perdóname que algunas veces desprecié esos banquetes, por preferir mis negocios. Ayúdame a conservar mi vestido de gala al participar de tu banquete. Que sepa compartir con mis hermanos esos regalos que tú me das gratuitamente.

 

Homilía Domingo XXVII/A

 

Domingo XXVII/A (Is 5, 1-7; Fil 4, 6-9; Mt 21, 33-43

La viña es una imagen privilegiada para designar al pueblo de la antigua alianza (Israel) y al pueblo de la Nueva Alianza (Iglesia); por eso es el símbolo elocuente de la entera historia de la salvación. La primera lectura, el salmo y el evangelio de hoy están llenos de alusiones a la viña. El Evangelio nos narra la parábola de los viñadores homicidas, que primero asesinan a los siervos y por último al hijo del patrón de la viña para apropiarse de la herencia. A Jesús le escuchan los fariseos, ancianos y sacerdotes a quienes se dirige para hacerles entender cuánto han caído bajo, por no tener el corazón abierto a la palabra de Dios.
La viña es el pueblo de Dios, El dueño es el Padre Dios, el hijo del dueño es Jesús, los enviados son los profetas…). El mensaje aplicado a nuestro tiempo, hay que decir que Jesús ha sido ‘echado fuera de la viña’, expulsado por una cultura que se proclama post-moderna, o incluso anti-cristiana. Las palabras de los viñadores resuenan, si no en las palabras, al menos en los hechos de nuestra sociedad secularizada: “¡Matemos al heredero y será nuestra la herencia!”.
En el mundo relativista y laico… en la que estamos insertados pareciera que ya no se quiere oír hablar de raíces, ni de patrimonio cristiano, El hombre secularizado quiere ser el heredero, el dueño. Sartre puso en boca de un personaje suyo estas terribles declaraciones: “Ya no hay nada en el cielo, ni Bien, ni Mal, ni persona alguna que pueda darme órdenes. (…) Soy un hombre, y cada hombre debe inventar su propio camino”.
Desembarazándose de Dios, al no esperar de Él la salvación, el hombre cree que puede hacer lo que quiere y ponerse como la única medida de sí mismo y de su acción. Pero cuando el hombre elimina a Dios de su horizonte, cuando declara que Dios ha ‘muerto’, ¿es verdaderamente feliz? ¿Se hace verdaderamente más libre? Cuando los hombres se proclaman propietarios absolutos de sí mismos y únicos dueños de la creación, ¿pueden verdaderamente construir una sociedad en la que reinen la libertad, la justicia y al paz? ¿O no sucede más bien -como lo demuestran cotidianamente las crónicas- que se difunden el poder arbitrario, los intereses egoístas, la injusticia y el abuso, la violencia en todas sus expresiones? Al final el hombre se encuentra más solo y la sociedad más dividida y confundida.
Pero en las palabras de Jesús hay una promesa: la viña no será destruida. Mientras abandona a su destino a los viñadores infieles, el dueño no abandona a su viña y la confía a otros servidores fieles. Esto indica que, si bien en algunas regiones la fe se debilita hasta extinguirse, siempre habrá otros pueblos dispuestos a acogerla. Precisamente por este motivo Jesús, citando el Salmo 117 [118] -“La piedra que desecharon los arquitectos es ahora piedra angular” (versículo 22)-, asegura que su muerte no será la derrota de Dios. … A su dolorosa pasión y muerte le seguirá la gloria de la resurrección. La viña seguirá entonces dando uva y será arrendada por el dueño “a otros labradores que le paguen los frutos a su tiempo” (Mt 21,41).
Podemos aplicar aún más directamente el mensaje a cada uno de nosotros en particular, las consecuencias son bien serias. Dios nos dio todo. Nos plantó en la Iglesia, nos injertó en Cristo, nos podó con pequeñas o grandes cruces y nos alimentó. Por tanto, tiene todo el derecho de pedir los frutos. ¿Qué encontrará? ¿Hojas solamente? O peor, ¿ramas secas? La Eucaristía nos ofrece la posibilidad de reactivar nuestro bautismo, la circulación de aquella savia que proviene de la Vid. Si no damos fruto, ya sabemos el triste desenlace: nos tirará. Por eso nos manda de vez en cuando sus emisarios para alertarnos: amigos, catequistas, sacerdotes, luces, buenos ejemplos. Hagamos caso.
Pensemos ¿Qué queremos ser: un sarmiento unido a Cristo, a su Palabra, a sus sacramentos, en estado de crecimiento y conversión, o un sarmiento estéril, es decir, un cristiano de palabra y no de hechos? ¿Qué damos: racimos jugosos o abrojos y espinas?
Digamos al Señor, en compañía de María: Señor, gracias por haberme hecho sarmiento de tu Viña. Señor, quiero que mi sarmiento esté fuerte y bien alimentado con la savia de tus sacramentos. Señor, que mi sarmiento dé frutos sabrosos de santidad y de virtudes, para que quien a mí se acerque pueda recibir el jugo de mi ejemplo positivo o de mi consejo acertado. No permitas, Señor, que mi sarmiento venga a ser destruido por algún parásito que quiera meterse en sus “venas”.

 

Homilía Domingo XXVI/A

Domingo XXVI/A (Mt 21, 28-32)

En el Evangelio de hoy nuestro Señor nos cuenta la historia de dos hijos.

En el Evangelio de hoy nuestro Señor nos cuenta la historia de dos hijos. Su padre les pide que vayan a trabajar a la viña. El primero responde de un modo muy poco cortés y un tanto violento: – ¡No quiero!” –le dice al padre. En cambio, el otro, con palabras muy atentas y comedidas, le dijo: –“Voy, señor” –, pero no va. En cambio, el hijo rebelde se arrepiente y va a trabajar. Y Cristo pregunta a sus oyentes: –“¿Cuál de los dos hizo lo que quería el padre?”–. La respuesta era obvia: el primero. Sus obras lo demostraron.

Y, después de la parábola, el Señor dirige unas palabras muy duras a los sumos sacerdotes y jefes del pueblo que le oían: –“Yo les aseguro que los publicanos y las prostitutas les llevan la delantera en el camino del Reino de Dios”–. Porque los pecadores y las prostitutas son como el primer hijo de la parábola: porque hicieron la voluntad del Padre: creyeron en Cristo y se convirtieron ante su predicación. Mientras que los fariseos y los dirigentes del pueblo judío, que se consideraban muy justos y observantes, y se sentían muy seguros de sí mismos, ésos son como el segundo hijo: no obedecen a Dios. Y lo que Cristo quería era que hicieran la voluntad del Padre.

El centro de esta comparación, en la parábola de los dos hijos, no es simplemente escuchar o hablar, sino hacer la Voluntad de Dios. El Señor no alaba que uno actúe como un publicano o como uno que se prostituye; sino que está diciendo que el corazón, cuando se convierte, está más pronto y disponible a responder y a cumplir con la Voluntad de Dios.

Y la Voluntad de Dios es poner esa palabra en obras. La famosa relación entre fe y vida. Las obras, la vida, expresan que uno tiene fe. La fe es lo que da el sustento pero ese sustento, si no tiene frutos, invalida o debilita la fe. Aquí se destaca la importancia de la coherencia entre palabras y acciones; entre fe y vida; entre fe y obras.

La vida cristiana debe medirse continuamente con Cristo: “Tengan entre ustedes los sentimientos de Cristo Jesús” (Flp 2, 5). En otro lugar dice el Apóstol: “Si quieren darme el consuelo de Cristo y aliviarme con su amor, si nos une el mismo Espíritu y tienen entrañas compasivas, denme esta gran alegría: manténganse unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir” (Flp 2, 1-2). Como Cristo estaba totalmente unido al Padre y le obedecía, así sus discípulos deben obedecer a Dios y tener entre ellos un mismo sentir. La Iglesia en Irapuato, cada familia de nuestra parroquia, superará los grandes desafíos del presente y del futuro y seguirá siendo fermento en la sociedad, si nosotros, que creemos en Cristo, fieles a nuestra vocación específica, colaboramos juntos; si nuestra parroquia, las pequeñas comunidades y los movimientos se sostienen y se enriquecen mutuamente; si todos como bautizados y confirmados, tenemos alta la antorcha de una fe inalterada y dejamos que ella ilumine nuestros ricos tesoros de la fe.

Pidamos a Dios el ánimo y la humildad de avanzar por el camino de la fe, de alcanzar la riqueza de su misericordia y de tener la mirada fija en Cristo, la Palabra que hace nuevas todas las cosas, que para nosotros es “Camino, Verdad y Vida” (Jn 14, 6), que es nuestro futuro.

Señor, que en mi vida sepa responderte siempre con un “Sí, con hechos”, y no sólo con palabras lindas y huecas. Tú fuiste del “Sí, y fuiste” a donde te mandaba tu Padre Celestial”. Tu Madre Santísima, también. Trabajaré en la coherencia de vida y contemplaré constantemente tu ejemplo.

Homilía Domingo XXV/A

Domingo XXV/A (Is 55, 6-9; Filipenses 1, 20-24.27; Mt 20, 1-1)

(Cfr. Raniero Cantalamessa, OFM)

la parábola del propietario de la viña que, en diversas horas del día, llama a jornaleros a trabajar en su viña.

…la parábola del propietario de la viña que, en diversas horas del día, llama a jornaleros a trabajar en su viña.

La parábola de los trabajadores enviados a trabajar en la viña en horas distintas del día ha creado siempre grandes dificultades a los lectores del Evangelio. ¿Es aceptable la manera de actuar del dueño, que da la misma paga a quienes han trabajado una hora y a quienes han trabajado una jornada entera? ¿No viola el principio de la justa recompensa? Los sindicatos hoy se sublevarían a quien se comportara como ese patrón.

La dificultad nace de un equívoco. Se considera el problema de la recompensa en abstracto y en general, o en referencia a la recompensa eterna en el cielo. Visto así, se daría efectivamente una contradicción con el principio según el cual Dios “da a cada uno según sus obras” (Rm 2, 6). Pero Jesús se refiere aquí a una situación concreta, a un caso bien preciso: el único denario que se les da a todos es el Reino de los Cielos que Jesús ha traído a la tierra; es la posibilidad de entrar a formar parte de la salvación mesiánica. La parábola comienza diciendo: “El Reino de los cielos es semejante a un propietario que salió a primera hora de la mañana…”.

El problema es, una vez más, el de la postura de los judíos y de los paganos, o de los justos y los pecadores, de cara a la salvación anunciada por Jesús. Aunque los paganos (respectivamente, los pecadores, los publicanos, las prostitutas, etc.) sólo ante la predicación de Jesús se han decidido por Dios, mientras que antes estaban alejados (“ociosos”), no por ello ocuparán en el reino un lugar distinto e inferior. Ellos también se sentarán a la misma mesa y gozarán de la plenitud de los bienes mesiánicos. Es más, como ellos se han mostrado más dispuestos a acoger el Evangelio, que no los llamados “justos”, se realiza lo que Jesús dice para concluir la parábola de hoy: “los últimos serán primeros y los primeros, últimos”.

Una vez conocido el Reino, es decir, una vez abrazada la fe, entonces sí que hay lugar para la diversificación. Entonces ya no es idéntica la suerte de quienes sirven a Dios durante toda la vida, haciendo rendir al máximo sus talentos, respecto a quien da a Dios solo las sobras de su vida, con una confesión remediada, de alguna forma, en el último momento.

La parábola contiene también una enseñanza de orden espiritual de la máxima importancia: Dios llama a todos y llama en todas las horas. El problema, en suma, es la llamada, y no tanto la recompensa. Esta es la forma con que nuestra parábola fue utilizada en la exhortación de Juan Pablo II sobre “vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo”(Christifideles laici). “Los fieles pertenecen a ese pueblo de Dios que está prefigurado por los obreros de la viña… Id también vosotros a mi viña. La llamada no se dirige solo a los pastores, los sacerdotes, los religiosos y las religiosas, sino que se extiende a todos. También los fieles laicos son llamados personalmente por el Señor” (nr.1-2).

Quisiera llamar la atención sobre un aspecto que quizás sea marginal en la parábola, pero que es muy sentido y vital en la sociedad moderna: el problema del desempleo. A la pregunta del propietario: “¿Por qué estáis aquí todo el día parados?”, los trabajadores contestan: “Es que nadie nos ha contratado”. Esta respuesta podría ser dada hoy por millones de desempleados.

Jesús no era insensible a este problema. Si describe tan bien la escena es porque muchas veces su mirada se había posado con compasión sobre aquellos corros de hombres sentados en el suelo, o apoyados en una tapia, con un pie contra la pared, en espera de ser “fichados”. Ese propietario sabe que los obreros de la última hora tienen las mismas necesidades que los otros, también ellos tienen niños a los que alimentar, como los tienen los de la primera hora. Dando a todos la misma paga, el propietario muestra no tener sólo en cuenta el mérito, sino también la necesidad. Nuestras sociedades capitalistas basan la recompensa únicamente en el mérito (a menudo más nominal que real) y en la antigüedad en el servicio, y no en las necesidades de la persona. En el momento en que un joven obrero o un profesional tienen más necesidad de ganar para hacerse una casa y una familia, su paga resulta la más baja, mientras que al final de la carrera, cuando uno ya tiene menos necesidades, la recompensa (especialmente en ciertas categorías sociales) llega a las nubes. La parábola de los obreros de la viña nos invita a encontrar un equilibrio más justo entre las dos exigencias del mérito y de la necesidad.

Señor, que comprenda tu lógica divina, que es la de la misericordia. Quita de mi pecho el corazón de piedra y justiciero, y dame un corazón abierto a tu lógica para que pueda alegrarme ante el bien que les concedes a mis hermanos, incluso a aquellos que según yo no merecen. Y ayúdame a trabajar en tu viña con amor y por amor, y no por interés mercantil, sólo para alegrarte a ti, y eso me basta.

LA PARÁBOLA DEL PROPIETARIO DE LA VIÑA

...el propietario no tolera, por decirlo así, el desempleo

…el propietario no tolera, por decirlo así, el desempleo

En el evangelio de hoy (cf. Mt 20, 1-16) Jesús cuenta la parábola del propietario de la viña que, en diversas horas del día, llama a jornaleros a trabajar en su viña. Y al atardecer da a todos el mismo jornal, un denario, suscitando la protesta de los de la primera hora. Es evidente que este denario representa la vida eterna, don que Dios reserva a todos. Más aún, precisamente aquellos a los que se considera “últimos”, si lo aceptan, se convierten en los “primeros”, mientras que los “primeros” pueden correr el riesgo de acabar “últimos”.

Por consiguiente, Jesucristo NO nos está hablando aquí de la justicia distributiva, ni de salarios, ni de nada de eso. Recordemos, que Cristo comienza la parábola con estas palabras: “El Reino de los cielos se parece a un propietario que…”. Aquí está el tema: nos está hablando del Reino de los cielos. Es decir, de la posibilidad de ser de aquellos que reciben la redención traída por Jesús. Dicho en otras palabras, se trata de nuestra salvación, de esa que Cristo vino a traernos con su venida a la tierra y que continuará a lo largo de los siglos a través de su Iglesia.

Desde aquí podemos fijarnos en los siguientes puntos: Un primer mensaje de esta parábola es que el propietario no tolera, por decirlo así, el desempleo: quiere que todos trabajen en su viña. Y, en realidad, ser llamados ya es la primera recompensa: poder trabajar en la viña del Señor, ponerse a su servicio, colaborar en su obra, constituye de por sí un premio inestimable, que compensa por toda fatiga. Pero eso sólo lo comprende quien ama al Señor y su reino; por el contrario, quien trabaja únicamente por el jornal nunca se dará cuenta del valor de este inestimable tesoro.

El segundo punto que toca la parábola sería el problema de la postura de los judíos y de los paganos, o de los justos y los pecadores, de cara a la salvación anunciada por Jesús. En efecto, el problema que afronta Jesús en la parábola es qué lugar o posición tendrán los hebreos y los paganos, los justos y los pecadores, en relación con este mensaje salvífico que Él vino a anunciar. Éste era un tema muy candente en los tiempos de Cristo: los escribas y fariseos –que se creían los ‘justos’ y los predilectos del pueblo judío–, ¿tenían que creer en la predicación del Bautista o no?, ¿tenían que hacer caso a las enseñanzas de Cristo o era éste un ‘falso profeta’ a quien ellos podían juzgar y condenar libremente? ¡Esto fue precisamente lo que hicieron ésos con nuestro Señor! En cambio, los publicanos, los pecadores y las prostitutas –a quienes los fariseos despreciaban como judíos de ‘segunda clase’ y como gente perversa y ‘maldita’–, éstos, sí creyeron en Cristo y se convirtieron…

A esta luz profundicemos en la parábola: los jornaleros de primera hora de la mañana son los fariseos, y los de la última hora vespertina son los pecadores. Los mañaneros son el antiguo Israel, y los postreros somos los que formamos la Iglesia de Cristo. Éste es el sentido de las palabras del Maestro: “Los primeros serán los últimos, y los últimos serán los primeros”. ¿Por qué? Porque aquéllos no abrieron su corazón a Cristo. Nuestro Señor no nos hace ninguna injusticia. Más bien, ¡somos nosotros los afortunados! Y es que el premio de la acogida que damos a Cristo no puede ser sino uno solo, igual para todos: el denario de la gloria y de la felicidad eterna. Pero, una vez abrazada la fe, ya la recompensa será diversa para cada uno, como dice san Pablo: “Dios dará a cada uno según sus obras” (Rom 2,6).

Un tercer elemento que contiene la parábola es una enseñanza de orden espiritual de la máxima importancia: Dios llama a todos y llama en todas las horas. El problema, en suma, es la llamada, y no tanto la recompensa. Esta es la forma con que nuestra parábola fue utilizada en la exhortación de Juan Pablo II sobre ‘la vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo’ (Christifideles laici). “Los fieles pertenecen a ese pueblo de Dios que está prefigurado por los obreros de la viña… Vayan también ustedes a mi viña. La llamada no se dirige solo a los pastores, los sacerdotes, los religiosos y las religiosas, sino que se extiende a todos. También los fieles laicos son llamados personalmente por el Señor” (Cfr.1-2).

Y finalmente, el problema del desempleo. A la pregunta del propietario: “¿Por qué estáis aquí todo el día parados?”, los trabajadores contestan: “Es que nadie nos ha contratado”. Esta respuesta podría ser dada hoy por millones de desempleados.

 Jesús no era insensible a este problema. Si describe tan bien la escena es porque muchas veces su mirada se había posado con compasión sobre aquellos grupos de hombres sentados en el suelo, o apoyados en una tapia, en espera de ser contratados. Ese propietario sabe que los obreros de la última hora tienen las mismas necesidades que los otros, también ellos tienen niños a los que alimentar, como los tienen los de la primera hora. Dando a todos la misma paga, el propietario muestra no tener sólo en cuenta el mérito, sino también la necesidad. La parábola de los obreros de la viña nos invita a encontrar un equilibrio más justo entre las dos exigencias del mérito y de la necesidad.

Juan Pablo II mencionó que la laboriosidad es una virtud porque “el trabajo hace que el hombre se haga más hombre”. Descubramos, pues, el valor de nuestros trabajos. Los trabajos en la sociedad, en la vida profesional, en la vida pública; pero también, descubramos la importancia de nuestros trabajos domésticos en la construcción de la propia familia. Cada momento es importante. Cada tarea es irrepetible; cada gesto es un mensaje, cada palabra, un anuncio. “Al final de la vida sólo queda lo hecho por Dios y por los hombres”.

Que Nuestra Madre… nos ayude a responder siempre y con alegría a la llamada del Señor y a encontrar nuestra felicidad en poder trabajar por el reino de los cielos.

 

Homilía Domingo XXIV/A

Domingo XXIV/A (Sir 27, 33; 28, 9; Rm 14, 7-9; Mt 18, 21-35)

El perdón cristiano: 70 veces 7, o sea siempre

Señor, quiero contemplar tu corazón siempre dispuesto a perdonar para aprender de ti.

Señor, quiero contemplar tu corazón siempre dispuesto a perdonar para aprender de ti.

En el Evangelio de hoy, Pedro pregunta al Señor: “Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?”. Y el Señor le responde: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete” (Mt 18,21-22); es decir, Si tu hermano peca contra ti siete veces y las siete veces te dice: “Me he arrepentido, soy un pecador”, tú le perdonarás.

Perdonar es algo serio, humanamente difícil, si no imposible. No se debe hablar de ello a la ligera, sin darse cuenta de lo que se pide a la persona ofendida cuando se le dice que perdone. Junto al mandato de perdonar hay que proporcionar al hombre también un motivo para hacerlo. Es lo que Jesús hace con la parábola del rey y de los dos siervos. Por la parábola está claro por qué se debe perdonar: ¡porque Dios, antes, nos ha perdonado y nos perdona! Nos condona una deuda infinitamente mayor que la que un semejante nuestro puede tener con nosotros. ¡La diferencia entre la deuda hacia el rey (diez mil talentos) y la del colega (cien denarios) se corresponde a la actual de tres millones de dólares y unos pocos centavos!

San Pablo ya puede decir: “Como el Señor les ha perdonado, hagan así también ustedes” (Col 3,13). Está superada la ley del talión: “Ojo por ojo, diente por diente”. El criterio ya no es: “Lo que otro te ha hecho a ti, házselo a él”; sino: “Lo que Dios te ha hecho a ti, házselo tú al otro”. Jesús no se ha limitado, por lo demás, al mandarnos perdonar; lo ha hecho Él primero. Mientras le clavaban en la cruz rogó diciendo: “Padre, ¡perdónales, porque no saben lo que hacen!” (Lc 23,34). Es lo que distingue la fe cristiana de cualquier otra religión.

Alguno podría objetar: ¿perdonar setenta veces siete no representa alentar la injusticia y dar luz verde a la prepotencia? No; el perdón cristiano no excluye que puedas también, en ciertos casos, denunciar a la persona y llevarla ante la justicia, sobre todo cuando están en juego los intereses y el bien incluso de otras personas. El perdón cristiano no ha impedido, por poner un ejemplo cercano a nosotros, a las viudas de algunas víctimas del terror o de la mafia buscar con tenacidad la verdad y la justicia en la muerte de sus maridos.

Pero no hay sólo grandes perdones; existen también los perdones de cada día: en la vida de pareja, en el trabajo, entre parientes, entre amigos, colegas, conocidos. ¿Qué hacer cuando uno descubre que ha sido traicionado por el propio cónyuge? ¿Perdonar o separarse? Es una cuestión demasiado delicada; no se puede imponer ninguna ley desde fuera. La persona debe descubrir en sí misma qué hacer.

Pero puedo decir una cosa. He conocido casos en los que la parte ofendida ha encontrado, en su amor por el otro y en la ayuda que viene de la oración, la fuerza de perdonar al cónyuge que había errado, pero que estaba sinceramente arrepentido. El matrimonio había renacido como de las cenizas; había tenido una especie de nuevo comienzo. Cierto: nadie puede pretender que esto pueda ocurrir, en una pareja, “setenta veces siete”.

Debemos estar atentos para no caer en una trampa. Existe un riesgo también en el perdón. Consiste en formarse la mentalidad de quien cree tener siempre algo que perdonar a los demás. El peligro de creerse siempre acreedores de perdón, jamás deudores. Si reflexionáramos bien, muchas veces, cuando estamos a punto de decir: ¡¡Te perdono!!, cambiaríamos actitud y palabras y diríamos a la persona que tenemos enfrente: “¡Perdóname!”. Nos daríamos cuenta de que también nosotros tenemos algo que hacernos perdonar por ella. Aún más importante que perdonar es pedir perdón.

¿Realmente somos conscientes de lo que rezamos en el padrenuestro? ¿Tenemos un corazón magnánimo, fácil en perdonar? Si el hijo pródigo, al volver a casa, se hubiera encontrado con nosotros, en vez de encontrarse con su padre, ¿hubiera terminado igual la historia? Si no perdonamos fácilmente, ¿no será que nos acercamos poco al sacramento de la reconciliación? El que se sabe perdonado, perdona más fácilmente. Cuando perdonamos, ¿es como si tiráramos una limosna, “con aires de perdonavidas”, o por el contrario, queremos imitar el perdón de Dios?

Señor, quiero contemplar tu corazón siempre dispuesto a perdonar para aprender de ti. Señor, hazme un trasplante de corazón o ponme un marcapasos para que perdone al ritmo tuyo. Señor, limpia mis venas, obturadas por tanto rencor, odio y resentimiento. Señor, que siempre esté dispuesto a perdonar a mi hermano cuando me ha ofendido, y a pedir perdón cuando le he ofendido.

Domingo XXIV/A (Cfr. Papa Francisco)

El perdón de Dios, exige el perdón al hermano

  El perdón de Dios, exige el perdón al hermano

En el Evangelio de este domingo XXIV del tiempo ordinario, Pedro plantea a Jesús esta pregunta: “Si mi hermano me ofende, ¿cuantas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces? Jesús le contestó: No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete” (Mt 18, 91-22).

“Setenta veces siete”. Con esta respuesta el Señor quiere que Pedro tenga claro, y nosotros también, que no debemos poner límites a nuestro perdón a los demás. Al igual que el Señor está siempre dispuesto a perdonarnos, también nosotros debemos estar prontos a perdonarnos mutuamente. Y ¡qué grande es la necesidad de perdón y reconciliación en nuestro mundo de hoy, en nuestras comunidades y familias, en nuestro mismo corazón! Por esto, el sacramento específico de la Iglesia para perdonar, el sacramento de la penitencia, es un don del Señor sumamente preciado.

En el sacramento de la penitencia Dios nos concede su perdón de modo muy personal. Por medio del ministerio del sacerdote, vamos a nuestro Salvador con el peso de nuestros pecados. Confesamos que hemos pecado contra Dios y contra nuestro prójimo. Manifestamos nuestro dolor y pedimos perdón al Señor. Entonces, a través del sacerdote, oímos a Cristo que nos dice: “Tus pecados quedan perdonados” (Mc 2, 5): “Anda y en adelante no peques más” (Jn 8, 11). ¿No podemos oír también que nos dice al llenarnos de su gracia salvífica: “Derrama sobre los otros setenta veces siete este mismo perdón y misericordia”?

Esta es la obra de la Iglesia en todos los tiempos, este es el deber de cada uno de nosotros: “profesar y proclamar la misericordia divina en toda su verdad” (Dives in misericordia, 13), derramar sobre todos los que nos encontremos cada día la misma misericordia ilimitada que hemos recibido de Cristo. Y también ponemos en práctica la misericordia cuando nos sobrellevamos “mutuamente con amor; siempre humildes y amables, comprensivos” (Ef 4, 2). Y damos a conocer la misericordia de Dios por medio del servicio generoso e incansable como el que requiere el cuidado de la salud de los enfermos y la investigación médica realizada con entrega perseverante.

En este día del Señor en que celebramos la expresión más plena de la abundante misericordia de Dios la cruz y resurrección de Cristo, alabemos a nuestro Dios que es rico en misericordia. E imitando su gran amor, perdonemos a todo el que nos haya ofendido del modo que sea. Con la Bienaventurada Madre de Dios, proclamamos la misericordia de Dios que se extiende de generación en generación.

 

Homilía Domingo XXIII/A

Domingo XXIII/A (Jr 33, 7-9; Rm 13, 8-10; Mt 18, 15-20)

La corrección fraterna

Insultar no es cristiano (Cfr. Papa Francisco)

          Insultar no es cristiano (Cfr. Papa Francisco)

Hoy Dios nos invita a la corrección fraterna. Somos vigías y centinelas (primera lectura) que debemos avisar si se acerca algún peligro para nuestra salvación y la salvación de nuestros hermanos, pues Dios nos pedirá cuenta de nuestro hermano. Cristo, en el Evangelio, nos da pautas para esta corrección: primero en particular y en privado; después con ayuda de otro hermano como testigo para que el corregido se dé cuenta que la cosa es seria e importante; y si tampoco el corregido hace caso, hay que decirlo a la comunidad eclesial para decirle que ese hermano no quiere pertenecer a la comunidad. Esta corrección fraterna tiene que estar motivada por el amor (segunda lectura), síntesis de toda la ley, y con humildad.

La corrección fraterna parece una de las constantes de la pedagogía de Dios ya en el Antiguo Testamento. ¡Cuántas veces tuvo Moisés que corregir, en nombre de Dios, a ese pueblo de dura cerviz, y los mismos profetas! Dios “golpea” para que aprendamos (cf. Jr 2, 30; 5, 3; Ez 6, 9), o para purificarnos (cf. Is 1, 24), o para expiar nuestras culpas (cf. Mi 7, 9). ¡Feliz el hombre a quien corrige Dios! (cf. Job 5, 17). Dios al que ama, reprende (cf. Deut 8, 5; Prov 3, 11). El mismo Dios pide corregir al prójimo (cf. Lev 19, 17).

La corrección fraterna la ejercitó Jesús con sus apóstoles, con los jefes religiosos y políticos de su tiempo, y con la turba. Jesús corrige a sus discípulos sus miras raquíticas, horizontalistas, humanas, ambiciosas. Jesús corrige la hipocresía de los jefes religiosos, y por querer manipular a Dios. Jesús corrige los desmanes, injusticias y abusos y corrupción de los jefes políticos y les dice que la autoridad es servicio y no dominio. Jesús corrige de la turba su inconstancia, sus caprichos, sus intereses egoístas; muchos le siguen para arrancar curaciones y pan, sin las debidas disposiciones de fe y confianza en Él. Jesús corrige porque ama y porque quiere la salvación de todos.

También nosotros deberíamos poner en práctica esta corrección fraterna. Amar al prójimo no es siempre sinónimo de callar o dejarle que siga por malos caminos, si en conciencia estamos convencidos de que es este el caso. Amar al hermano no sólo es acogerle o ayudarle en su necesidad o tolerar sus faltas; también, a veces, es saberle decir una palabra de amonestación y corrección para que no empeore en alguno de sus caminos. Al que corre peligro de extraviarse, o ya se ha extraviado, no se le puede dejar solo.

Si tu hermano peca, no dejes de amarle: ayúdale. Corrección fraterna, primero en nuestra familia, corrigiendo al esposo o esposa, a los hijos, puntos objetivos que tienen que superar. Después, entre nuestros amigos, si nos consta que caminan por malos caminos. Más tarde, en nuestros trabajos, si vemos que hay corrupción, malversación de fondos o engaños. El obispo o el párroco deben ejercer su guía pastoral en la diócesis o parroquia, respectivamente. Y lógicamente también en nuestros grupos y comunidades eclesiales y parroquiales, para que no nos corroan la envidia, la murmuración y las ambiciones. “Cuando alguno incurra en alguna falta, ustedes, los espirituales, corríjanle con espíritu de mansedumbre, y cuídate de ti mismo, pues también tú puede ser tentado” (Gal 6, 1).

Pero no olvidemos que, cuando se corrija, hemos de procurar usar de una gran bondad, mansedumbre y miramiento, y de un hondo sentido de la justicia y la equidad. Pero, por otra parte, si somos corregidos alguna vez –pues también nosotros estamos sometidos a toda clase de debilidades–, no nos rebelemos ni tomemos a mal la corrección, sino con buen ánimo, con humildad y sencillez, según las palabras del autor sagrado: “Hijo mío, no menosprecies la corrección del Señor y no te abatas cuando seas por Él reprendido; porque el Señor reprende a los que ama, y castiga a todo el que por hijo acoge” (Hb 12, 5-6; Prov 3, 11-12).

La segunda idea del evangelio de hoy se refiere al gran poder que dio el Señor a los apóstoles. Ellos y sus sucesores (el Papa y los obispos, auxiliados por los sacerdotes) tienen la misión de procurar que los hombres se liberen del pecado. La manera de hacerlo es a través de la predicación y, sobre todo, por el sacramento de la Penitencia o confesión, donde pueden realmente perdonar los pecados en nombre de Dios.

El último tema nos dice que Jesús promete estar con aquellos que le invocan a través de la oración, y que las peticiones serán más eficaces si entre varias personas suplican a Dios en nombre de su Hijo Jesucristo. Apreciemos la oración en familia, pues la familia que reza unida se mantiene unida y fuerte en la fe.

Los conflictos interpersonales son una de las cruces más pesadas que llevamos, porque es difícil perdonar cuando las ofensas y los desaires se van acumulando. Señor, corrígeme con cariño y ternura. Señor, que sepa corregir a mis hermanos con recta intención y por amor. Señor, doy permiso a mis hermanos para que me corrijan lo que en mí vean torcido y no acorde a tu santa voluntad.

Domingo XXIII/A (Jr 33, 7-9; Rm 13, 8-10; Mt 18, 15-20)

Insultar no es cristiano (Cfr. Papa Francisco)

La corrección fraterna

              La corrección fraterna

El evangelio de este domingo, del capítulo 18 de Mateo, presenta el tema de la corrección fraterna en la comunidad de los creyentes. O sea: como yo tengo que corregir a otro cristiano cuando hace una cosa que no es buena.

Jesús nos enseña que si mi hermano cristiano comete una culpa contra, hacia mi persona, me ofende, yo tengo que usar la caridad con él y antes de todo hablarle personalmente, explicándole que cuanto ha dicho o hecho no es bueno. ¿Y si el hermano no me escucha?

Jesús sugiere intervenir progresivamente: primero volver a hablarle con otras dos o tres personas, para que sea más consciente del error que cometió. Si a pesar de esto no recibe la exhortación, es necesario decirlo a la comunidad. Y si no escucha ni siquiera a la comunidad, es necesario hacerle percibir la fractura y la separación que él mismo ha provocado, haciendo venir a menos la comunión con los hermanos en la fe.

Las etapas en este itinerario indican el esfuerzo que el Señor pide a su comunidad para acompañar a quien se equivoca, para que no se pierda. Es necesario ante todo evitar el clamor de la crónica y los chismes en la comunidad. Esto es lo primero que hay que evitar.

‘Ve, amonéstalo, tú y él solos’. La actitud es de delicadeza, prudencia, humildad, atención hacia quien cometió una culpa, evitando las palabras que puedan herir y asesinar al hermano.

Porque ustedes saben que las palabras matan. Cuando hablo mal y hago una crítica injusta, cuando descarno a un hermano con mi lengua, esto es asesinar la reputación del otro. También las palabras asesinan.

Al mismo tiempo esta discreción, de hablarle estando solo, tiene la finalidad de no mortificar inútilmente al pecador. Se habla entre los dos, ningún otro escucha y todo acaba aquí.

Y a la luz de esta exigencia se entiende también la serie de sucesivas intervenciones, que prevé involucrar a algunos testimonios y después a la misma comunidad. La finalidad es ayudar a la persona a darse cuenta de lo que ha hecho, y que con su culpa ha ofendido no solamente a uno, sino a todos.

Pero debemos ayudarnos también a librarnos de la ira y del resentimiento que hace solamente mal. Esa amargura del corazón, que trae la ira y el resentimiento y que llevan a insultar y a agredir. Es muy feo ver salir de la boca de un cristiano un insulto o una agresión. Nunca insultar. Insultar no es cristiano.

En realidad delante de Dios somos todos pecadores y necesitados de perdón. Todos. La corrección fraterna es un aspecto del amor y de la comunión que debe reinar en la comunidad cristiana, es un servicio recíproco que podemos y debemos darlo los unos a los otros.

Corregir al hermano es un servicio. Y es posible y eficaz solamente si cada uno se reconoce pecador y necesitado del perdón del Señor. La misma conciencia que me hace reconocer el error del otro, antes aún me recuerda. que yo mismo me he equivocado y me equivoco tantas veces.

Por esto al inicio de la misa, cada vez estamos invitados a reconocer delante del Señor que somos pecadores, expresando con palabras y con gestos el sincero arrepentimiento del corazón. Y decimos: ten piedad de mi Señor, soy pecador y confesamos nuestros pecados. Todos somos pecadores y necesitamos del perdón del Señor.

Es el Espíritu Santo que habla a nuestro espíritu y nos hace reconocer nuestras culpas a la luz de la palabra de Jesús. Y es Jesús mismo que nos invita a todos, santos y pecadores a su mesa, recogiéndonos en las encrucijadas de los caminos y de las diversas situaciones de la vida. Y entre las condiciones que llevan a los participantes a la celebración eucarística, hay dos condiciones fundamentales. Todos somos pecadores, y a todos, Dios nos da su misericordia.

Pidamos la intercesión de la bienaventurada Virgen María, que ella nos enseñe a corregir y ser corregidos.