Homilía Domingo III de adviento/B

 

Domingo III de Adviento/B

(Is 61, 1-2.10-11; 1 Tes 5, 16-24; Jn 1, 6-8.19-28)

DOS PROPUESTAS

     …toda la historia humana es una larga espera…

Estamos ya en el tercer domingo de Adviento. Hoy la liturgia recuerda la invitación del apóstol Pablo: “Estén siempre alegres en el Señor; se lo repito, estén alegres… El Señor está cerca” (Fil 4, 4-5). La madre Iglesia, mientras nos acompaña hacia la santa Navidad, nos ayuda a redescubrir el sentido y el gusto de la alegría cristiana, tan distinta a la del mundo.

A este Domingo de Adviento la Iglesia por esto lo llama “Domingo Gaudéte”, es decir, “Estén siempre alegres en el Señor, se lo repito, estén alegres” Flp 4, 4.5). La verdadera alegría en la vida es Jesús que con su nacimiento viene a disipar las tinieblas del pecado y envolvernos en su luz maravillosa. “LA ALEGRÍA DEL EVANGELIO llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría” (EG 1).

El Papa Francisco ha dicho que “El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien. Los creyentes también corren ese riesgo, cierto y permanente. Muchos caen en él y se convierten en seres resentidos, quejosos, sin vida. Ésa no es la opción de una vida digna y plena, ése no es el deseo de Dios para nosotros, ésa no es la vida en el Espíritu que brota del corazón de Cristo resucitado.

El Evangelii Gaudium en Papa invita a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque «nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor». Al que arriesga, el Señor no lo defrauda, y cuando alguien da un pequeño paso hacia Jesús, descubre que Él ya esperaba su llegada con los brazos abiertos. Éste es el momento para decirle a Jesucristo: «Señor, me he dejado engañar, de mil maneras escapé de tu amor, pero aquí estoy otra vez para renovar mi alianza contigo. Te necesito. Rescátame de nuevo, Señor, acéptame una vez más entre tus brazos redentores». ¡Nos hace tanto bien volver a Él cuando nos hemos perdido! Insisto una vez más: Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia. Aquel que nos invitó a perdonar «setenta veces siete» (Mt 18,22) nos da ejemplo: Él perdona setenta veces siete. Nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez. Nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este amor infinito e inquebrantable. Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría. No huyamos de la resurrección de Jesús, nunca nos declaremos muertos, pase lo que pase. ¡Que nada pueda más que su vida que nos lanza hacia adelante!

En eso es en lo que consiste la verdadera alegría: sentir que nuestra existencia personal y comunitaria es visitada y colmada por un gran misterio, el misterio del amor de Dios. Para alegrarnos, necesitamos no sólo cosas, sino amor y verdad: necesitamos a un Dios cercano, que calienta nuestro corazón, y responde a nuestros anhelos más profundos. Este Dios se ha manifestado en Jesús, nacido de la Virgen María. Por eso el Niño, que ponemos en la cabaña o en la cueva, es el centro de todo, es el corazón del mundo.

Pensemos ¿Vivo alegre en mi vida cristiana? ¿Quién es la fuente de mi alegría? ¿He abierto de par en par las puertas de mi existencia a la luz de Cristo o tengo algunas ventanas cerradas donde no ha entrado todavía esta luz de Cristo? ¿Cuáles: afectividad, voluntad, sentimientos, éxitos, fracasos…?

Oremos para que cada persona, como la Virgen María, pueda acoger como centro de su propia vida al Dios que se ha hecho Niño, fuente de la verdadera alegría.

 Señor, lléname de tu alegría y de tu luz. Señor, que sea portador a mi alrededor de tu alegría y de tu luz. Que mi alegría sea honda y profunda, fundamentada en Ti.

‘Con Jesús la alegría es de casa’ (Cfr. Papa Francisco)

                          III Domingo de adviento/B

Desde hace dos semanas el Tiempo de Adviento nos ha invitado a la vigilancia espiritual para preparar el camino al Señor, del Señor que viene. En este tercer domingo la liturgia nos propone otra actitud interior para vivir la espera del Señor, o sea la alegría. La alegría de Jesús, como dice ese cartel, la alegría de Jesús es de casa. O sea que nos propone la alegría del Jesús.

El corazón del hombre desea la alegría, todos nosotros aspiramos a la alegría. Cada familia, cada pueblo aspira a la felicidad. ¿Pero cuál es la alegría que el cristiano está llamado a vivir y testimoniar? Es la que viene de la cercanía de Dios, de su presencia en nuestra vida. Desde que Jesús entró en la historia, con su nacimiento en Belén, la humanidad ha recibido el germen del Reino de Dios, como un terreno que recibe la semilla, promesa de la futura cosecha. ¡No necesitamos buscar en otras partes! Jesús vino a traer la alegría a todos y para siempre.

No se trata de una alegría solamente esperada o desplazada al paraíso, ‘aquí en la tierra estamos tristes pero en el paraíso estaremos alegres’, no, no es esto. Pero una alegría ya real y que se puede sentir ahora, porque el mismo Jesús es nuestra alegría, es nuestra casa. Con Jesús la alegría está en casa, y sin Jesús hay alegría? ¡No! Jesús está vivo, es el resucitado, y opera en nosotros, especialmente con la palabra y los sacramentos.

Todos nosotros bautizados, hijos de la Iglesia, estamos llamados a acoger siempre nuevamente la presencia de Dios en medio de nosotros y a ayudar a los otros a descubrirla, o a redescubrirla si la hubiéramos olvidado. Es una misión bellísima, similar a la de Juan el Bautista: orientar la gente a Cristo –no a nosotros mismos– porque Él es la meta hacia la cual tiende el corazón del hombre cuando busca la alegría y la felicidad.

Nuevamente san Pablo en la liturgia de hoy nos indica las condiciones para ser “misioneros de la alegría”: rezar con perseverancia, dar siempre gracias a Dios, seguir su Espíritu, buscar el bien y evitar el mal. Si esto será nuestro estilo de vida, entonces la Buena Noticia podrá entrar en tantas casas y ayudar a las personas y familias a descubrir que en Jesús está la salvación. En Él es posible encontrar la paz interior y la fuerza para enfrentar cada día las diversas situaciones de la vida, mismo las más pesadas y difíciles.

Nunca se oyó de un santo triste o de una santa con la cara fúnebre, nunca se ha oído, sería un contrasentido. El cristiano es una persona que tiene el corazón colmo de paz, porque sabe poner su alegría en el Señor, incluso cuando atraviesa momentos difíciles en la vida. Tener fe no significa no tener momentos difíciles, pero tener la fuerza de enfrentarlos sabiendo que no estamos solos. Y esta es la Paz que Dios dona a sus hijos.

Con la mirada dirigida a la Navidad que está cerca, la Iglesia nos invita a dar testimonio que Jesús no es un personaje del pasado: Él es la palabra de Dios que hoy sigue iluminando el camino del hombre, sus gestos, los sacramentos, son la manifestación de la ternura, de la consolación y del amor del Padre hacia cada ser humano. La Virgen María ‘causa de nuestra alegría’ nos vuelva siempre alegres en el Señor, que viene a liberarnos de tantas esclavitudes interiores y exteriores.

Pensemos ¿Vivo alegre en mi vida cristiana? ¿Quién es la fuente de mi alegría? ¿He abierto de par en par las puertas de mi existencia a la luz de Cristo o tengo algunas ventanas cerradas donde no ha entrado todavía esta luz de Cristo? ¿Cuáles: afectividad, voluntad, sentimientos, éxitos, fracasos…?

Oremos para que cada persona, como la Virgen María, pueda acoger como centro de su propia vida al Dios que se ha hecho Niño, fuente de la verdadera alegría.

 Señor, lléname de tu alegría y de tu luz. Señor, que sea portador a mi alrededor de tu alegría y de tu luz. Que mi alegría sea honda y profunda, fundamentada en Ti.

 

Homilía 12 de diciembre Solemnidad de nuestra Señora de Guadalupe

 

12 de diciembre Nuestra señora de Guadalupe

         Nuestra Señora de Guadalupe

Hoy es un día especial para todos los mexicanos. Es la fiesta de nuestra Madre, Madre del Verdadero Dios por quien se vive. Ella nos ha convocado a esta celebración; nos sentimos hermanados en la misma fe, en la misma Iglesia. Al escuchar la palabra de Dios que hoy se proclama, de manera particular en el evangelio, en el cual se narra la visita de la Virgen María a santa Isabel, inmediatamente lo asociamos con la visita que nos hizo nuestra Señora de Guadalupe en el mes de diciembre de 1531.

Después de haber recibido el anuncio del arcángel Gabriel y de haber concebido en su seno al Hijo de Dios, María siente la necesidad de ir en ayuda de su parienta, quien en edad avanzada está también en cinta. Así, se pone en camino hacia la casa de su prima por la región montañosa de Judea:”La Virgen tierna y pura no caminaba sola, llevaba al Hijo de Dios en el trono de su corazón…” (Friedrich von Spee). Toda la persona de María está llena de Dios y de su obra. 

Ante la presencia de María y de Jesús en su vientre purísimo, Isabel llena del Espíritu Santo exclama:”Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?… ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!”. 

Aquel glorioso 12 de diciembre de 1531, María se encamina presurosa hacia las montañas del Tepeyac, a visitar a este pueblo que estaba sufriendo, pero no vino sola, nos trajo al Hijo de Dios. En la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe, ella aparece con una cinta negra alrededor de la cintura, una prenda que usaban las mujeres aztecas cuando estaban esperando. Ella, nos trae no solo consuelo, alegría, esperanza, sino ante todo nos trae al Hijo de Dios, pues ella la siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios, por quien se vive. María, quiere atendernos, escucharnos, aliviar nuestros males, solucionar nuestros problemas, alcanzarnos la salvación por medio de su Hijo, por ello nos dice con tanta ternura y amor: ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo?…”

     ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre?

Estas palabras encierran el misterio de nuestra predilección: ¡María es nues­tra Madre! ¡María es Madre singularmente amorosa de los me­xicanos! María es nuestra Madre porque lo fue de Cristo, y nos ama con el mismo amor con que amó a su Hijo. El cristianismo es armonioso y bello, porque junto a la figura de Cristo aparece la dulce, la tierna, la celestial figura de María… en el corazón inmenso de maría todos los corazones caben, en él todos somos predilectos; somos predilectos de María; el amor de María es como el de Dios, no busca el bien ni la hermosura ni la grandeza, sino que busca hacer el bien a sus hijos que tanto ama.

Que nobleza tan singular a la que nos ha elevado María; pero, también es cierto que nobleza obliga; es decir, amor con amor se paga. María nos ama con predilección, y nos quiere buenos y grandes: cristianos de peso completo, no cristianos que se queden a medio camino; nos quiere personas realizadas, audaces y extraordinarias; nos quiere felices.

¡Oh Virgen Inmaculada Madre del verdadero Dios y Madre de la Iglesia! Tú, que desde este lugar manifiestas tu clemencia y tu compasión a todos los que solicitan tu amparo; te pedimos por todos los obispos y sacerdotes, para que conduzcan a los fieles por senderos de intensa vida cristiana, de amor y de humilde servicio a Dios y a las almas.

Contempla esta inmensa mies, e intercede para que el Señor infunda hambre y sed de Él a todo el Pueblo de Dios, y otorgue abundantes las vocaciones de sacerdotes y religiosos, hazlos fuertes en la fe y celosos dispensadores de los misterios de Dios.

Concede a nuestros hogares la gracia de amar y de respetar la vida que comienza, con el mismo amor con el que concebiste en tu seno la vida del Hijo de Dios. Virgen Santa María, Madre del Amor Hermoso, protege a nuestras familias, para que estén siempre muy unidas, y bendice la educación de nuestros hijos.

Esperanza nuestra, míranos con compasión, enséñanos a ir continuamente a Jesús y, si caemos, ayúdanos a levantarnos, a volver a Él, mediante la confesión de nuestras culpas y pecados en el sacramento de la penitencia, que trae sosiego al alma. Te suplicamos que nos concedas un amor muy grande a todos los santos sacramentos que son como las huellas que tu Hijo nos dejó en la tierra.

Así, Madre Santísima, con la paz de Dios en la conciencia, con nuestros corazones libres de mal y de odios, podremos llevar a todos la verdadera alegría y la verdadera paz, que vienen de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que con Dios Padre y con el Espíritu Santo, vive y reina por los siglos de los siglos. Amén (México, enero de 1979, IOANNES PAULUS PP II).

 

Homilía II Domingo de Adviento/B

 

Domingo II de Adviento/B (Is 40, 1-5.9-11; 2 Pe 3, 8-14; Mc 1, 1-8

Dos propuestas

II Domingo de Adviento

Las Lecturas de este Segundo Domingo de Adviento nos invitan a prepararnos para la celebración de la venida de Jesús, al celebrar su cumpleaños en esta Navidad.

El Evangelio nos presenta a San Juan Bautista, uno de los principales personajes bíblicos de este Tiempo de Adviento, que es tiempo de preparación a la venida de Cristo.  La Liturgia de estos días nos recuerda las cosas que hacía y que decía el Precursor del Señor.  Este personaje ya había sido anunciado en el Antiguo Testamento como “una voz que clama en el desierto” y que diría: “Preparen el camino del señor… Rellénense todas las quebradas y barrancos, aplánense todos los cerros y colinas; los  caminos torcidos con curvas serán enderezados y los ásperos serán suavizados” (Is. 40, 1-5).

El Evangelio de Marcos describe la personalidad y la misión del Precursor de Cristo (cfr Mc 1,2-8). Empezando por el aspecto exterior, Juan es presentado como una figura muy ascética: vestido de piel de camello, se nutre de langostas y miel silvestre, que encuentra en el desierto de Judea (cfr Mc 1,6). Jesús mismo, una vez, lo contrapone a aquellos que “están en los palacios del rey” y que “visten con lujo” (Mt 11,8). El estilo de Juan Bautista debería llamar a todos los cristianos a optar por la sobriedad como estilo de vida, especialmente en preparación de la fiesta de Navidad, en la que el Señor –como diría san Pablo– “de rico que era, se hizo pobre por nosotros, para que nosotros nos hiciéramos ricos por medio de su pobreza” (2 Cor 8,9).

Por lo que se refiere a la misión de Juan, fue un llamamiento extraordinario a la conversión: su bautismo “está vinculado a un llamamiento ardiente a una nueva forma de pensar y actuar, está vinculado sobre todo al anuncio del juicio de Dios” (Jesús de Nazaret, I, Madrid 2007, p. 36) y de la inminente aparición del Mesías, definido como “aquél que es más fuerte que yo” y que “bautizará en Espíritu Santo” (Mc 1,7.8). La llamada de Juan va por tanto más allá y más en profundidad respecto a la sobriedad del estilo de vida: llama a un cambio interior, a partir del reconocimiento y de la confesión del propio pecado. Mientras nos preparamos a la Navidad, es importante que entremos en nosotros mismos y hagamos un examen sincero de nuestra vida. Dejémonos iluminar por un rayo de la luz que proviene de Belén, la luz de Aquél que es “el más Grande” y se ha hecho pequeño, “el más Fuerte” y se ha hecho débil.

Los cuatro evangelistas describen la predicación de Juan Bautista refiriéndose a un pasaje del profeta Isaías: “Una voz grita: «En el desierto preparad el camino al Señor, allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios»“(Is 40,3). Marcos inserta también una cita de otro profeta, Malaquías, que dice: “Mira, envío mi mensajero delante de ti, el que ha de preparar tu camino” (Mc 1,2; cfr Mal 3,1). Estas alusiones a las Escrituras del Antiguo Testamento “hablan de la intervención salvadora de Dios, que sale de lo inescrutable para juzgar y salvar; a É hay que abrirle la puerta, prepararle el camino” (Jesús de Nazaret, I, p. 37).

Revisemos nuestra vida ¿Me reconozco pecador? ¿Estoy arrepentido de mis pecados de pensamiento, de palabra, de obra, de omisión…de mi niñez, adolescencia, juventud, edad madura y vejez…de mis pecados ocultos y desconocidos? ¿Acudiré en este Adviento al sacramento de la reconciliación para encontrarme con ese Padre lleno de misericordia y ternura para que me perdone, me purifique y así poder llegar lo menos indignamente preparado para la santa Navidad?

A la materna intercesión de María, Virgen de la espera, confiamos nuestro camino al encuentro del Señor que viene, mientras proseguimos nuestro itinerario de Adviento para preparar en nuestro corazón y en nuestra vida la venida del Emmanuel, el Dios-con-nosotros.

 

‘¡Déjense consolar por el Señor!’ (Cfr. Francisco, Mc 1, 1-8)

Este domingo marca la segunda etapa del Tiempo de Adviento, un tiempo estupendo que despierta en nosotros la espera del regreso de Cristo y el recuerdo de su venida histórica. La liturgia de hoy nos presenta un mensaje lleno de esperanza. Es la invitación del Señor expresada por boca del profeta Isaías: ‘Consuelen, consuelen a mi pueblo, dice su Dios’ (40,1). Con estas palabras se abre el Libro de la Consolación, en el que el profeta dirige al pueblo en el exilio el anuncio gozoso de la liberación. El tiempo de tribulación ha terminado; el pueblo de Israel puede mirar con confianza al futuro: le aguarda finalmente el regreso a casa. Y por eso, la invitación a dejarse consolar por el Señor.

Isaías se dirige a gente que ha pasado por un período oscuro, que ha sufrido una prueba muy dura; pero ahora ha llegado el tiempo de la consolación. La tristeza y el miedo pueden dejar lugar a la alegría, porque el Señor mismo guiará a su pueblo en el camino de la liberación y la salvación. ¿Cómo se hará todo esto? Con el cuidado y la ternura de un pastor que cuida de su rebaño. De hecho, Él dará unidad y seguridad al rebaño, lo hará pastar, reunirá en su redil seguro a las ovejas dispersas, prestará especial atención a las más frágiles y débiles (v. 11). Esta es la actitud de Dios hacia nosotros sus criaturas. De ahí que el profeta invita a quien le escucha –incluyéndonos a nosotros, hoy– a difundir entre el pueblo este mensaje de esperanza. El mensaje es que el Señor nos consuela, y dejar espacio al consuelo que viene del Señor.

Pero no podemos ser mensajeros de la consolación de Dios si nosotros primero no experimentamos la alegría de ser consolados y amados por Él. Esto sucede especialmente cuando escuchamos su Palabra, el Evangelio que tenemos que llevar en el bolsillo. No olvidaros de esto. El Evangelio, en el bolsillo, en el bolso, para leerlo continuamente. Y esto nos da consuelo. Cuando permanecemos en la oración silenciosa en su presencia, cuando nos encontramos con Él en la Eucaristía o en el Sacramento del Perdón. Todo esto nos consuela.

Dejemos entonces que la invitación de Isaías –“Consuelen, consuelen a mi pueblo“– resuene en nuestro corazón en este tiempo de Adviento. Hoy se necesitan personas que sean testigos de la misericordia y de la ternura del Señor, que sacude a los resignados, reanima a los desalentados, enciende el fuego de la esperanza. ¡Él enciende el fuego de la esperanza! ¡Nosotros, no! Muchas situaciones requieren nuestro testimonio consolador. Ser personas alegres, consoladas. Pienso en aquellos que están oprimidos por sufrimientos, injusticias y abusos; a los que son esclavos del dinero, del poder, del éxito, de la mundanidad. Pobrecillos. Tienen consuelos falsos. No, el verdadero consuelo del Señor. Todos estamos llamados a consolar a nuestros hermanos, testimoniando que sólo Dios puede eliminar las causas de los dramas existenciales y espirituales. ¡Él puede hacerlo! ¡Es poderoso!

El mensaje de Isaías, que resuena en este segundo domingo de Adviento, es un bálsamo sobre nuestras heridas y un estímulo para preparar diligentemente el camino del Señor. El profeta, de hecho, habla hoy a nuestro corazón para decirnos que Dios olvida nuestros pecados y nos consuela. Si nos confiamos a Él con corazón humilde y arrepentido, Él derribará los muros del mal, llenará los hoyos de nuestras omisiones, allanará los baches de la soberbia y de la vanidad, y abrirá el camino del encuentro con Él. 

Es curioso pero tantas veces tenemos miedo de la consolación, de ser consolados, es más nos sentimos más seguros en la tristeza y en la desolación. ¿Saben por qué? Porque en la tristeza nos sentimos casi protagonistas… En cambio, en la consolación, es el Espíritu Santo el protagonista. Es Él el que nos consuela, es Él el que nos da la valentía de salir de nosotros mismos, es Él el que nos lleva a la fuente de toda verdadera consolación, es decir, al Padre. Y esto es la conversión. Por favor, ¡dejaos consolar por el Señor! ¡Dejaos consolar por el Señor!

La Virgen María es el ‘camino’ que Dios mismo se ha preparado para venir al mundo. Encomendamos a ella la esperanza de la salvación y la paz para todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

 

Homilía I Domingo de Adviento

 

Domingo 1 de Adviento/B

(Is 63, 16-17.19; 64, 2-7; 1 Co 1, 3-9; Mc 13, 33-37)

El significado de la expresión “adviento”, quiere decir simple y propiamente “visita”; en este caso se trata de una visita de Dios: Él entra en mi vida y quiere dirigirse a mí.

Desde hoy hasta el día del Bautismo del Señor, el domingo siguiente a la Epifanía, recorreremos con la fe y el amor seis semanas litúrgicas de “tiempo fuerte” en que celebramos la Buena Noticia: la venida del Señor. Adviento es un tiempo anual para contemplar la venida de Cristo al mundo, esperarla, desearla, prepararla en nuestras vidas. La venida histórica de Cristo, que conmemoramos en la Navidad, deja en nosotros el anhelo de una venida más plena.

Por eso decimos que el Adviento celebra una triple venida del Señor: (1) la histórica, cuando asumió nuestra misma carne para hacer presente en el mundo la Buena Noticia de Dios; (2) la que se realiza ahora, cada día, a través de la Eucaristía y de los demás sacramentos, y a través de tantos signos de su presencia, comenzando por el signo de los hermanos y hermanas (3) y finalmente, la venida definitiva, al final de los tiempos, cuando llegará a plenitud el Reino de Dios en la vida eterna. ¿Qué necesitamos? Estar atentos y vigilantes en la esperanza, preparar y limpiar el corazón, y acogerlo con alegría, como Juan Bautista, como María y José. ¡Ven, Señor Jesús, y no tardes!

¡Alertas! ¡Velen! Porque nuestro Amo, que se ha ido de viaje y a quien vemos con la fe, puede volver a casa en cualquier momento. Nosotros, servidores de este Amo, debemos estar preparados (evangelio) para recibirle cuando llegue y darle cuenta de la administración de sus bienes y dones (segunda lectura) que nos confió con tanta confianza y amor. No endurezcamos nuestro corazón, alejándonos de sus mandamientos y consignas dadas para la fiel administración de estos bienes (primera lectura).

¡Alertas y velen!, preparémonos para la Parusía, que será la manifestación gloriosa del Señor al fin de los tiempos. ¡Maranatha, ven, Señor Jesús! Era el grito de los primeros cristianos, proclamando su fe y esperanza en Jesús resucitado junto con el deseo de que el Señor se mostrara públicamente como Rey de la Iglesia, de las naciones y del universo, como juez que da la victoria a los buenos y permite el derrumbe de los malos. La Iglesia, y nosotros con ella, espera este acontecimiento con impaciencia, anhela ansiosamente el Adviento final, la redención consumada, el retorno en gloria, el día del Señor, el fin dela peregrinación y la entrada definitiva en la eternidad. La Iglesia-esposa nunca deja de suspirar por sus bodas eternas, nunca se cansa de anhelar su encuentro definitivo con el Esposo, tal como lo proclama la liturgia del Adviento: no tardes, ya se acerca, ya está ahí. ¿Con qué actitudes debemos prepararnos para este Adviento final? Con la esperanza gozosa, fijos nuestros ojos en la eternidad, agradecidos en el corazón por todos los bienes que Dios ha puesto en nuestras manos y con el esfuerzo en cuidarlos y hacerlos producir en obras de caridad, justicia, humildad y pureza (primera lectura).

¡Alertas y velen!, preparémonos para conmemorar de forma viva y personal la Natividad de nuestro Redentor. Primero, firmes en la fe para no dejarnos llevar por el oleaje de las falsas ideologías y los errores del tiempo (ideología del género, manipulación del lenguaje genético, confusión doctrinal deliberada, proclive al inmanentismo y al mito del progreso indefinido y del paraíso en la tierra…) y no perder nunca de vista la patria definitiva. Y segundo, siendo sobrios y vigilantes para usar y no abusar del uso de las cosas de este mundo, no echar raíces demasiado profundas en esta tierra, porque la figura de este mundo desaparece. Así pasaremos por los bienes temporales sin perder los eternos.

¡Alertas y velen!, preparémonos para descubrir la venida escondida de Cristo en el hermano que encontramos en nuestro camino o que toca la puerta de nuestra casa; en ese hermano que nos hirió, en esa cruz de la enfermedad que se clavó en nuestro cuerpo, en esa noche oscura de nuestra alma cuando no vemos perspectiva en la vida o no sentimos a Dios. ¿Con qué actitudes prepararnos para descubrir la venida de Cristo aquí? Estemos con los ojos de buenos samaritanos abiertos, con el corazón sensible que capta como un sismógrafo los latidos del necesitado y con las manos abiertas a la caridad efectiva y generosa.

¿Cómo debo vivir el Adviento y ayudar a vivir el Adviento a mis familiares y amigos? ¿Qué regalo quiero llevar a Cristo en Navidad que le haga sonreír y no que le haga llorar?

 

Homilía Solemnidad de Jesucristo Rey del Univeso

 

Solemnidad de Jesucristo, Rey del universo. (Ap 1,5-8)

Solemnidad de Cristo Rey (Cfr. Papa Francisco)

Dos propuestas

La liturgia de hoy nos invita a fijar la mirada en Jesús como Rey del Universo. La hermosa oración del prefacio nos recuerda que su reino es ‘reino de verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz’. Las lecturas que hemos escuchado nos muestran como Jesús ha realizado su reino, como lo realiza durante la historia, y qué nos pide a nosotros.

Sobre todo, cómo Jesús ha realizado el reino: lo ha hecho con cercanía y ternura hacia nosotros. Él es el pastor del cual ha hablado el profeta Ezequiel en la Primera lectura. Todo este párrafo se encuentra entrelazado de verbos que indican la premura y el amor del pastor hacia su rebaño: buscar, controlar, reunir a los dispersos, conducir al prado, hacer reposar, buscar a la oveja perdida, reconducirla, vendar la herida, curar a la enferma, pastorear. Todas estas actitudes se volvieron realidad en Jesucristo: Él realmente es el ‘gran pastor de las ovejas y cuidador de nuestras almas’.

Y todos los que en la Iglesia estamos llamados a ser pastores, no podemos apartarnos de este modelo, si no queremos volvernos mercenarios. Sobre esto el pueblo de Dios posee un olfato infalible para reconocer los buenos pastores y distinguirlos de los mercenarios.

Después de su victoria, o sea después de su Resurrección, ¿cómo Jesús realiza su reino? El apóstol Pablo, en la Primera carta a los Corintios dice: ‘Es necesario que Él reine hasta que no haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies’. Es el Padre que poco a poco somete todo al Hijo, y al mismo tiempo el Hijo somete todo al Padre. Jesús no es un rey como los de este mundo. Para Él reinar no es mandar, pero obedecer al Padre, entregarse a Él, para que se cumpla su designio de amor y salvación. Así hay plena reciprocidad entre el Padre y el Hijo. Por lo tanto el tiempo del reino de Cristo es el largo tiempo de la sumisión de todo al Hijo y de la entrega de todo al Padre.

‘El último enemigo a ser aniquilado será la muerte’. Y al final, cuando todo habrá sido puesto bajo la realeza de Jesús, y todo, también el mismo Jesús, habrá sido sometido al Padre, Dios será todo en todos. (cfr 1 Cor 15, 28).

El Evangelio nos dice lo que nos pide el reino de Jesús: nos recuerda que la cercanía y la ternura son la regla de la vida también para nosotros, y sobre esto seremos juzgados. Este será el protocolo de nuestro juicio. Es la gran parábola del juicio final de Mateo 25.

El rey dice: ‘Vengan benditos de mi Padre, reciban en herencia el reino preparado para ustedes desde la creación del mundo, porque tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber, era un extranjero y me acogieron, estaba desnudo y me vistieron, enfermo y visitado, en la cárcel y me visitaron. Los justos preguntarán: ¿cuándo hemos hecho todo esto? Y Él responderá: ‘En verdad yo les digo: todo lo que han hecho a uno solo de estos mis hermanos más pequeños lo han hecho a mí’. (Mt 25,40).

La salvación no inicia por la confesión de la realeza de Cristo, sino de la imitación de las obras de misericordia mediante las cuales Él ha realizado el Reino. Quien las cumple demuestra de haber acogido la realeza de Jesús, porque ha hecho espacio en su corazón a la caridad de Dios. En el ocaso de la vida seremos juzgados sobre el amor, sobre la proximidad y la ternura hacia nuestros hermanos. De esto dependerá nuestro ingreso o menos en el reino de Dios, nuestra colocación en uno o en otro lado. Jesús con su victoria nos ha abierto su reino, pero depende de cada uno de nosotros entrar, ya iniciando en esta vida. El reino inicia ahora, haciéndonos concretamente cercanos al hermano que nos pide pan, vestido, acogida y solidaridad. Y si realmente amaremos a aquel hermano, a aquella hermana, seremos empujados a compartir con él o con ella lo que tenemos de más hermoso, o sea Jesucristo y su Evangelio.

En esta perspectiva, el interrogante importante que hay que hacerse en la solemnidad de Cristo Rey no es si reina o no en el mundo, sino si reina o no dentro de mí; no si su realeza está reconocida por los Estados y por los gobiernos, sino si es reconocida y vivida por mí. ¿Cristo es Rey y Señor de mi vida? ¿Quién reina dentro de mí, quién fija los objetivos y establece las prioridades: Cristo o algún otro? Según san Pablo, existen dos modos posibles de vivir: o para uno mismo o para el Señor (Rm 14, 7-9). Vivir «para uno mismo» significa vivir como quien tiene en sí mismo el propio principio y el propio fin; indica una existencia cerrada en sí misma, orientada sólo a la propia satisfacción y a la propia gloria, sin perspectiva alguna de eternidad. Vivir «para el Señor», al contrario, significa vivir por Él, esto es, en vista de Él, por y para su gloria, por y para su reino.

La Virgen María, nuestra Madre y Modelo, es la más humilde de todas las criaturas, es la más grande a sus ojos y se sienta, como Reina, a la derecha de Cristo Rey. A su intercesión celestial queremos encomendarnos una vez más con confianza filial, para poder cumplir nuestra misión cristiana en el mundo.

SOLEMNIDAD DE CRISTO REY DEL UNIVERSO

                    ¡Que viva mi Cristo…!

“Vengan ustedes, benditos de mi Padre; hereden el reino preparado para ustedes desde la creación del mundo” (Mt 25, 43), Hemos escuchado estas palabras hace poco, en el Evangelio de la solemnidad de hoy, Jesucristo Rey del Universo. El Hijo del hombre pronunciará estas palabras cuando, como rey, se encuentre ante todos los pueblos de la tierra, al fin del mundo. Entonces, cuando “El separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras” (Mi 25, 32), a todos los que se hallen a su derecha, les dirá las palabras: heredad el reino”.

Jesucristo desea reconocer a sus ovejas por las obras de caridad, incluso por una sola de ellas, incluso por el vaso de agua dado en su nombre (cf. Mc 9, 41); desea reunir a sus ovejas en un solo redil definitivo, para colocarlas “a su derecha” y decir: “hereden… el reino preparado para ustedes desde la creación del mundo”!

Y, sin embargo, en la misma parábola, Cristo habla de las cabras que se hallarán “a la izquierda”. Son los que han rechazado el reino. Han rechazado no sólo a Dios, considerando y proclamando que su reino aniquila el indiviso reino del hombre en el mundo, sino que han rechazado también al hombre: no le han hospedado, no le han visitado, no le han dado de comer ni de beber.

Cuando pensamos en el regreso de Cristo y en su juicio final, no debemos tener miedo, sino más bien para el corazón del cristiano ha de constituir un gran motivo de consolación y de confianza, pues será el momento en el que finalmente seremos juzgados, dispuestos para ser revestidos de la gloria de Cristo, como con un vestido nupcial, y ser conducidos al banquete, imagen de la plena y definitiva comunión con Dios.

Un segundo motivo de confianza nos lo da la constatación de que, en el momento del juicio, no estaremos solos. Jesús mismo, en el Evangelio de Mateo, anuncia cómo, al final de los tiempos, quienes le hayan seguido tendrán sitio en su gloria, para juzgar juntamente con Él (cf. Mt 19, 28). El apóstol Pablo, luego, al escribir a la comunidad de Corinto, afirma: “¿Han olvidado que los santos juzgarán el universo? (…) Cuánto más, asuntos de la vida cotidiana” (1 Cor 6, 2-3). Qué hermoso es saber que en esa circunstancia, además de Cristo, nuestro Paráclito, nuestro Abogado ante el Padre (cf. 1 Jn 2, 1), podremos contar con la intercesión y la benevolencia de muchos hermanos y hermanas nuestros más grandes que nos precedieron en el camino de la fe, que ofrecieron su vida por nosotros y siguen amándonos de modo indescriptible. Los santos ya viven en presencia de Dios, en el esplendor de su gloria intercediendo por nosotros que aún vivimos en la tierra. ¡Cuánto consuelo suscita en nuestro corazón esta certeza! La Iglesia es verdaderamente una madre y, como una mamá, busca el bien de sus hijos, sobre todo de los más alejados y afligidos, hasta que no encuentre su plenitud en el cuerpo glorioso de Cristo con todos sus miembros.

Una ulterior sugestión nos llega del Evangelio de Juan, donde se afirma explícitamente que «Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. El que cree en Él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios» (Jn 3, 17-18). Entonces, esto significa que el juicio final ya está en acción, comienza ahora en el curso de nuestra existencia. Tal juicio se pronuncia en cada instante de la vida, como confirmación de nuestra acogida con fe de la salvación presente y operante en Cristo, o bien de nuestra incredulidad, con la consiguiente cerrazón en nosotros mismos. Pero si nos cerramos al amor de Jesús, somos nosotros mismos quienes nos condenamos.

La salvación es abrirse a Jesús, y Él nos salva. Si somos pecadores —y lo somos todos— le pedimos perdón; y si vamos a Él con ganas de ser buenos, el Señor nos perdona. Pero para ello debemos abrirnos al amor de Jesús, que es más fuerte que todas las demás cosas. El amor de Jesús es grande, el amor de Jesús es misericordioso, el amor de Jesús perdona. Pero tú debes abrirte, y abrirse significa arrepentirse, acusarse de las cosas que no son buenas y que hemos hecho.

No nos cansemos, por lo tanto, de vigilar sobre nuestros pensamientos y nuestras actitudes, para pregustar ya desde ahora el calor y el esplendor del rostro de Dios —y esto será bellísimo—, que en la vida eterna contemplaremos en toda su plenitud. Adelante, pensando en este juicio que comienza ahora, ya ha comenzado. Adelante, haciendo que nuestro corazón se abra a Jesús y a su salvación; adelante sin miedo, porque el amor de Jesús es más grande y si nosotros pedimos perdón por nuestros pecados Él nos perdona. Jesús es así. Adelante, entonces, con esta certeza, que nos conducirá a la gloria del cielo.

 

Homilía Domingo XXXIII del tiempo ordinario/A

 

Domingo XXXIII/A (Prov 31, 10-13.19-20.30-31; 1 Tes 5, 1-6; Mt25, 14-30)

(Cfr. Papa Francisco, Ángelus, 16/11/2014)

...las riquezas que el Señor Jesús nos ha dejado en herencia para que las hagamos fructificar

El Evangelio de este domingo es la parábola de los talentos. Habla de un hombre que, antes de salir de viaje, convoca a sus siervos y les confía su patrimonio en talentos, monedas antiguas de un grandísimo valor. Ese amo confía al primer siervo cinco talentos, al segundo dos, al tercero uno. Durante la ausencia del amo, los tres siervos deben hacer rendir este patrimonio. El primer y el segundo siervo duplican cada uno el capital inicial; el tercero, en cambio, por miedo a perder todo, entierra el talento recibido en un hoyo. Al regreso del amo, los primeros dos reciben el elogio y la recompensa, mientras el tercero, que devuelve solamente la moneda recibida, es reprendido y castigado.

El significado de esto es claro. El Señor de la parábola representa a Jesús, los siervos somos nosotros y los talentos son el patrimonio que el Señor nos confía. ¿Cuál es el patrimonio? Su Palabra, la Eucaristía, la fe en el Padre celeste, su perdón… en definitiva, tantas cosas, sus más preciosos bienes. Este es el patrimonio que Él nos confía. ¡No sólo para custodiar, sino para multiplicar y compartir! Mientras en el lenguaje común el término “talento” indica una notable cualidad individual – por ejemplo, talento en la música, en el deporte, etcétera –,  en la parábola los talentos representan los bienes del Señor, que Él nos confía para que los hagamos rendir.

El hoyo excavado en el terreno por el “siervo malo y perezoso” (v. 26) indica el miedo del riesgo que bloquea la creatividad y la fecundidad del amor. Porque el miedo de los riesgos en el amor nos bloquea. ¡Jesús no nos pide que conservemos su gracia en una caja fuerte! No nos pide esto Jesús, sino que quiere que la usemos para provecho de los demás.

Todos los bienes que hemos recibido son para darlos a los demás, y así crecen. Es como si nos dijese: ‘Aquí está mi misericordia, mi ternura, mi perdón: tómalos y úsalos abundantemente’. Y nosotros ¿qué hemos hecho con ellos? ¿A quién hemos “contagiado” con nuestra fe? ¿A cuántas personas hemos animado con nuestra esperanza? ¿Cuánto amor hemos compartido con nuestro prójimo? Son preguntas que nos hará bien hacernos. Cualquier ambiente, también el más lejano e impracticable, puede convertirse en un lugar donde hacer rendir los talentos. No existen situaciones o lugares excluidos a la presencia y al testimonio cristiano. El testimonio que Jesús nos pide no está cerrado, está abierto, depende de nosotros.

Esta parábola nos estimula a no esconder nuestra fe y nuestra pertenencia a Cristo, a no sepultar la Palabra del Evangelio, sino a hacerla circular en nuestra vida, en las relaciones, en las situaciones concretas, como fuerza que pone en crisis, que purifica, que renueva. Así como el perdón, que el Señor nos dona especialmente en el Sacramento de la Reconciliación: no lo tengamos encerrado en nosotros mismos, sino dejémoslo que desate su fuerza, que haga caer los muros que nuestro egoísmo ha levantado, que nos haga dar el primer paso en las relaciones bloqueadas, retomar el diálogo donde no hay más comunicación… Y así sucesivamente. Hacer que estos talentos, estos regalos, estos dones que el Señor nos ha dado, sean para los demás, crezcan, den fruto, con nuestro testimonio.

Creo que hoy sería un bonito gesto que cada uno tomase el Evangelio en casa, el Evangelio de San Mateo, capítulo 25, versículos del 14 al 30, Mateo 25, 14-30, y leer esto, y meditarlo un poco: ‘Los talentos, las riquezas, todo aquello que Dios me ha dado de espiritual, de bondad, la Palabra de Dios, ¿cómo hago para que crezcan en los demás? ¿O solamente los custodio en una caja fuerte?’. 

Y además el Señor no da a todos las mismas cosas y del mismo modo: nos conoce personalmente y nos confía aquello que es justo para nosotros; pero en todos, en todos hay algo parecido: la misma, inmensa confianza. Dios se fía de nosotros, ¡Dios tiene esperanza en nosotros! Y esto es igual para todos. ¡No le defraudemos! ¡No nos dejemos engañar por el miedo, sino correspondamos confianza con confianza!

La Virgen María encarna esta actitud del modo más bello y más pleno. Ella ha recibido y acogido el don más sublime, Jesús en persona, y a su vez lo ha ofrecido a la humanidad con corazón generoso. A Ella pidámosle que nos ayude a ser “siervos buenos y fieles”, para participar en el gozo de nuestro Señor.

 

Homilía Domingo XXII del tiempo ordinario/A

 

Domingo XXXIII/A (Mt 25, 1-13)

Parábola de las vírgenes prudentes

…Es una imagen feliz, con la que sin embargo Jesús enseña una verdad que nos hace cuestionarnos: de aquellas diez chicas cinco entran en la fiesta…

El Evangelio de hoy es una célebre parábola, que habla de diez jóvenes invitadas a una fiesta de bodas, símbolo del Reino de los cielos, de la vida eterna (Mt 25,1-13). Es una imagen feliz, con la que sin embargo Jesús enseña una verdad que nos hace cuestionarnos: de aquellas diez chicas cinco entran en la fiesta, porque, a la llegada del esposo, tienen aceite para encender sus lámparas; mientras que las otras cinco se quedan fuera, porque, descuidadas, no han llevado suficiente aceite.

Ya viene el esposo, salgan a su encuentro”: ¿Qué significa esta imagen del esposo y la esposa? Con esta imagen esponsal se quiere subrayar la unidad de Cristo y de la Iglesia. El tema de Cristo esposo de la Iglesia fue preparado por los profetas y anunciado por Juan Bautista (cf. Jn 3, 29). El Señor se designó a sí mismo como “el Esposo” (Mc 2, 19; cf. Mt 22, 1-14; 25, 1-13). El apóstol presenta a la Iglesia y a cada fiel, miembro de su Cuerpo, como una Esposa ‘desposada’ con Cristo Señor para ‘no ser con él más que un solo Espíritu’ (cf. 1 Co 6,15-17; 2 Co 11,2). Ella es la Esposa inmaculada del Cordero inmaculado (cf. Ap 22,17; Ef 1,4; 5,27), a la que Cristo “amó y por la que se entregó a fin de santificarla” (Ef 5,26), la que él se asoció mediante una Alianza eterna y de la que no cesa de cuidar como de su propio Cuerpo (cf. Ef 5,29).

Así, pues, Como cabeza Cristo se llama ‘esposo’ y como cuerpo ‘esposa’. San Pablo presenta a la única Iglesia de Dios como “esposa de Cristo” en el amor, un solo cuerpo y un solo espíritu con Cristo mismo. En efecto, la Iglesia es el Cuerpo de Cristo, es ‘Iglesia de Dios’, “campo de Dios, edificación de Dios, (…) templo de Dios” (1 Co 3, 9.16).

En la segunda carta a los Corintios el apóstol San Pablo compara a la comunidad cristiana como a una novia, cuando dice: “Celoso estoy de ustedes con celos de Dios. Pues os tengo desposados con un solo esposo para presentaros cual casta virgen a Cristo” (2 Co 11, 2); y en la carta a los Efesios desarrolla esta imagen, precisando que la Iglesia no es sólo una esposa prometida, sino esposa real de Cristo. Él, por así decirlo, la ha conquistado para sí, y lo ha hecho al precio de su vida: como dice el texto, “se ha entregado a sí mismo por ella” (Ef 5, 25).

En la oración, el discípulo espera atento al Esposo, Jesús, que “es y que viene”, en el recuerdo de su primera venida en la humildad de la carne, y en la esperanza de su segundo advenimiento en la gloria. En comunión con su Maestro, la oración de los discípulos es un combate, y velando en la oración es como se espera al esposo para cuando llegue.

Por otra parte, ¿Qué representa este ‘aceite’, indispensable para ser admitidos al banquete nupcial? San Agustín (cfr Discursos 93, 4) y otros autores antiguos leen en él un símbolo del amor, que no se puede comprar, pero se recibe como regalo, se conserva en la intimidad y se practica en las obras. Verdadera sabiduría es aprovechar la vida mortal para realizar obras de misericordia, porque, tras la muerte, eso ya no será posible. Cuando nos despierten para el juicio final, este se basará en el amor practicado en la vida terrena (cfr Mt 25,31-46). Y este amor es don de Cristo, infundido en nosotros por el Espíritu Santo. Quien cree en Dios-Amor lleva en sí una esperanza invencible, como una lámpara con la que atravesar la noche más allá de la muerte, y llegar a la gran fiesta de la vida.

Esto es lo que esperamos: ¡que Jesús vuelva! ¡La Iglesia esposa espera a su esposo! Sin embargo, debemos preguntarnos con mucha sinceridad: ¿somos realmente testigos luminosos y creíbles de esta esperanza?, ¿Nuestras comunidades, nuestras familias, viven aún en el signo de la presencia del Señor Jesús y en la espera calurosa de su venida, o aparecen cansadas, entorpecidas, bajo el peso del cansancio y de la resignación?, ¿También nosotros corremos el riesgo de terminar el aceite de la fe, el aceite de la alegría, el aceite del amor! (Audiencia, S.S. Francisco, 15 de octubre de 2014).

El año litúrgico se encamina a su término y la Palabra de Dios nos invita este domingo a dirigir la mirada de la fe hacia “las cosas últimas”. Es de sabios meditar en las cosas venideras (primera lectura). Esta dimensión del más allá (escatológica) tiene que estar siempre en nuestro presupuesto existencial: ¿tendremos a la hora de la muerte la lámpara de nuestra fe encendida, las cuentas exactas y saldadas, y con el aceite de la caridad a tope para alimentar la lámpara y no quedarnos a medio camino? Después de la muerte, ya no podemos llenar la lámpara.

A santa María… pidamos que nos enseñe la verdadera sabiduría, la que se ha hecho carne en Jesús. Él es el Camino que conduce de esta vida a Dios, al Eterno. Él nos ha hecho conocer el rostro del Padre, y así nos ha donado una esperanza plena de amor. Aprendamos de Nuestra Madre a vivir y morir en la esperanza que no defrauda.