Homilía VI Domingo/A

 

VI Domingo/A

Mi Padre les dará otro Paráclito

“Yo le pediré al Padre que les envíe otro Paráclito, que esté siempre con ustedes” (Jn 14,16).

“Yo le pediré al Padre que les envíe otro Paráclito, que esté siempre con ustedes” (Jn 14,16).

Hemos escuchado en el Evangelio un pasaje de los sermones de despedida de Jesús, que el evangelista Juan nos ha dejado en el contexto de la Última Cena: “Yo le pediré al Padre que les envíe otro Paráclito, que esté siempre con ustedes” (Jn 14,16). El primer Paráclito es el mismo Jesús; el “otro” es el Espíritu Santo. Jesús promete a los discípulos la presencia continua del Espíritu como remedio a la tristeza provocada por su partida (cf. Jn 16, 6-8). Por su parte, también la primera lectura de hoy, donde se nos narra la venida del Espíritu Santo sobre la comunidad de Samaria por la oración y la imposición de las manos de Pedro y Juan, nos invita a todos nosotros a esperar y desear la venida del Espíritu Santo en Pentecostés.

Cristo en el Evangelio expresa al Espíritu Santo como el Paráclito o Consolador. El Espíritu Santo no sólo es luz y consejo. Ni tampoco es sólo fuerza. El hombre tiene necesidad sobre todo de consuelo para vivir. Muchas veces estamos inquietos, sentimos la soledad, el cansancio; el futuro nos da miedo y los amigos nos fallan.

Este consuelo de Dios se encarnó primero en Jesús. Pasó toda su vida pública consolando todo tipo de sufrimiento, físicos y morales, y predicando el consuelo de las bienaventuranzas: “Felices los pobres, los mansos, los misericordiosos, los hambrientos y sedientos, los sufridos…”. Y antes de partir de este mundo, Jesús le pidió a su Padre que nos mandara otro Consolador, que permaneciera con nosotros siempre como Dulce Huésped del alma. Este otro Consolador es el Espíritu Santo, el Espíritu de Jesús, tercera persona divina de la Santísima Trinidad, que mora dentro de nosotros consolando nuestras tristezas, curando nuestras heridas y ayudándonos a sufrir haciendo el bien (segunda lectura).

Por tanto, el Espíritu Santo es nuestro Paráclito, es decir, “aquel que es llamado en nuestra defensa”, aquel del que se busca el Consuelo. ¡Cuántas veces acudimos a otras fuentes de consuelo, a cisternas rotas como pueden ser las riquezas, los placeres, las distracciones mundanas y mil futilidades, o mendigamos consuelos humanos que no nos consuelan el alma y el corazón, sino que nos dejan más heridos y vacíos! El Espíritu Santo es el auténtico Consuelo que necesitamos en esta vida que a veces se nos presenta tan cruel, tan sin sentido, tan injusta. ¡Qué hermoso sería que después de llenarnos de ese Consuelo de Dios en la oración seamos también nosotros paráclitos para nuestros hermanos, es decir, que seamos personas que sepamos aliviar la aflicción, confortar la tristeza, ayudar a superar el miedo y disipar la soledad.

Los discípulos reciben de su Maestro y Señor la promesa de la presencia del Espíritu Santo y poco a poco van descubriendo el dinamismo de su presencia y asistencia en medio de todas las vicisitudes de una Iglesia que inicia sus caminos. A pesar de los riesgos que los apóstoles corrían cuando Jesús los dejó “solos”, siguieron conservando su identidad y su tarea porque contaban con la fuerza del Espíritu Santo. Cada paso, cada nueva crisis, siempre es resuelta con la presencia de Jesús y con la asistencia del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo es la presencia viva de Dios en la Iglesia. Es quien hace andar a la Iglesia, el que hace caminar a la Iglesia. El Espíritu Santo, con sus dones, guía a la Iglesia. No se puede entender la Iglesia de Jesús sin el Paráclito, que el Señor nos envía para eso. Y toma decisiones ¡impensables! El Espíritu Santo es quien actualiza la Iglesia y la hace avanzar.

Los cristianos debemos pedir al Señor la gracia de la docilidad y el consuelo al Espíritu Santo. La docilidad a este Espíritu que nos habla en el corazón, que nos habla en las circunstancias de la vida, que nos habla en la vida eclesial y en las comunidades cristianas, que nos habla siempre. También pidamos al Padre “que nos unja para que seamos plenamente hijos suyos, cada vez más conformados con Cristo, para sentirnos todos hermanos y así alejar de nosotros rencores y divisiones, y poder amarnos fraternamente. Así nos lo pide Jesús en el Evangelio: ‘Si me aman, guardarán mis mandamientos. Yo le pediré al Padre que les dé otro Paráclito, que esté siempre con ustedes’” (Jn 14,15-16). Y San Pablo nos llama a ser consoladores unos de otros, con estas palabras: “Consuélense mutuamente” (1Tes 5, 11).

María, unida en oración a los Apóstoles en el Cenáculo, nos acompañe especialmente durante estas semanas antes de Pentecostés, y nos obtenga una nueva efusión del Espíritu Santo, que consuele e inflame nuestros corazones.

 

 

Homilía V Domingo de Pascua/A

V Domingo de Pascua/A (He 6, 1-7; 1 Pe 2, 4-9; Jn 14, 1-12)

Sin Cristo que es Camino, nos extraviamos.

     Sin Cristo que es Camino, nos    extraviamos.

El Evangelio de este quinto domingo de Pascua nos relata que Jesús, prediciendo su muerte inminente, anuncia que irá a preparar un lugar para los discípulos a fin de que también ellos estén donde él se encuentre; y especifica: “Y a donde voy ya saben el camino” (Jn 14, 4). Entonces Tomás interviene diciendo: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?” (Jn 14, 5). Estas palabras de Tomas ofrecen a Jesús la ocasión para pronunciar la célebre definición de sí: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6).

Sin Cristo que es Camino, nos extraviamos. Sin Cristo que es Verdad, caemos en la mentira y en la ideología. Sin Cristo que es Vida, nos alcanzará la muerte. Sin Cristo que es Piedra angular, el edificio de la Iglesia se derrumba.

Cristo no sólo enseña la verdad, sino que es la Verdad encarnada. Desde la Encarnación Cristo Verdad acampa entre nosotros. Así dice san Agustín: “Esta verdad se vistió de carne por nosotros y nació de María virgen para que se cumpliera la profecía: la Verdad brotó de la tierra”. Cristo, la verdad eterna, se hizo verdad en el tiempo. En un mundo plagado de mentiras aberrantes, mentiras en el campo social, en la política, en lenguaje de medias verdades y sofismas, que tantas veces disfrazan la cobardía, sigamos siempre la verdad plena que es Cristo. No pequemos contra Cristo.

Cristo no sólo tiene vida, sino que es la Vida. Mediante la Encarnación, la Vida eterna que es Dios, se hizo carne entre nosotros. “Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia”. ¿Qué significa que Cristo es Vida? Que anhela hacerse vida nuestra, que anhela vivificar nuestro ser. Dicha vida fue introducida en nuestros corazones el día del bautismo. Pero dicha vida en nosotros tiene que estar en crecimiento, al modo de una semilla que apunta a su plenitud, que tiene a hacerse árbol. Las flores y los frutos de la gracia y de esa vida divina en nosotros son las virtudes cristianas, las teologales y las cardinales. Lo que mataría esta vida de Cristo en nosotros es el pecado. Por tanto, mantengámonos lejos, no sólo del pecado, que esclaviza, sino de la mediocridad, que es como una arterosclerosis del espíritu, porque impide el paso triunfal de la savia divina por las venas de nuestra alma.

Cristo no es un camino entre muchos otros, sino “el” Camino, el único camino para la salvación, para la felicidad. Cristo se hizo camino también por medio de la Encarnación. San Agustín nos dice: “Siguiendo el camino de su humanidad, llegarás a la Divinidad. Él te conduce a Él mismo. No andes buscando por donde ir fuera de Él. Si Él no hubiera tenido la voluntad de ser camino, extraviados anduviéramos siempre. Se hizo, pues, camino, por donde ir. Por tanto no te diré: Busca el camino. El camino mismo es quien viene a ti. ¡Levántate y anda! Anda con la conducta, no con los pies. Muchos andan bien con los pies y mal con la conducta. Y aun los hay que andan bien, pero fuera del camino. Corren, más no por el camino, y cuanto más andan, más se extravían, pues se alejan más del camino… Preferible, sin duda, es ir por el camino, aun cojeando, a ir bravamente fuera del camino” (Sobre el evangelio de san Juan, XIII).

Al respecto, el Papa Francisco dice que “el conocimiento de Jesús es el trabajo más importante de nuestra vida”. Pero, “¿cómo podemos conocer a Jesús? Alguno dirá: ‘Estudiando. ¡Se debe estudiar mucho!’ ¡Eso es verdad! Debemos estudiar el catecismo, es verdad”, pero el estudio por sí solo no basta para conocer a Jesús”. Para conocer a Jesús es necesario abrir tres puertas. “Primera puerta: rezar a Jesús. Sepan que el estudio sin oración no sirve. Rezar a Jesús para conocerlo mejor.  Con el estudio y con la oración nos acercamos un poco… Pero sin oración nunca conoceremos a Jesús. Segunda puerta: celebrar a Jesús. No basta la oración, es necesaria la alegría de la celebración. Celebrar a Jesús en sus Sacramentos, porque allí nos da la vida, nos da la fuerza, nos da el alimento, nos da el consuelo. Sin la celebración de los sacramentos, no llegamos a conocer a Jesús. Esto es propio de la Iglesia: la celebración. Tercera puerta: imitar a Jesús. Tomar el Evangelio: qué ha hecho Él, como era su vida, qué nos ha dicho, qué nos ha enseñado e intentar imitarlo”. Así encontraremos el camino para ir a la verdad y a la vida”.

Pensemos, cómo va la puerta de mi oración, la oración del corazón, ¡no es la repetición! Ha de hacerse con el corazón. ¿Cómo y cuándo celebro los sacramentos…? ¿Y cómo imito a de Jesús en mi vida? Pensemos en estas tres puertas y cómo están en nuestra vida, nos hará bien.

 

Homilía IV domingo de Pascua

IV domingo de Pascua (Jn 10, 1-10)

En este domingo la liturgia propone la figura de Cristo como Buen Pastor (evangelio)

    En este domingo la liturgia propone la figura de  Cristo como Buen Pastor (evangelio)

En este domingo la liturgia propone la figura de Cristo como Buen Pastor (evangelio). En este día tiene lugar la jornada mundial de oración por las vocaciones, por aquellos que serán pastores según el corazón de Jesús. Jesús es el Buen Pastor prometido por Dios, es la única Puerta de salvación y nosotros somos el rebaño de su pertenencia, abierto a la conversión (primera lectura) y a la imitación del Pastor (segunda lectura).

Jesús se aplica a sí mismo esta imagen (cf. Jn 10, 6), arraigada en el Antiguo Testamento y muy apreciada por la tradición cristiana. Cristo es el buen pastor que, muriendo en la cruz, da la vida por sus ovejas. Se establece así una profunda comunión entre el buen Pastor y su grey. Jesús, escribe el evangelista, “a sus ovejas las llama una por una y las saca fuera. (…) Y las ovejas le siguen, porque conocen su voz” (Jn 10, 3-4). Una costumbre consolidada, un conocimiento real y una pertenencia recíproca unen al pastor y sus ovejas: él las cuida, y ellas confían en él y lo siguen fielmente: “Yo soy el Buen Pastor. Conozco mis ovejas y las mías Me conocen”. Es el Buen Pastor porque es el Camino, la Verdad y la Vida.

Upastor tiene su rebaño; el rebaño es su vida. Nosotros somos rebaño de Cristo Pastor. Esta comparación no tiene nada de negativo en la Biblia, al contrario, está cargada de ternura. Rebaño que es objeto de disputa y de conquista por fuerzas opuestas, mediante silbidos cautivadores, pero falsos. Debemos distinguir entre mil voces que seducen y la voz de Cristo nuestro Pastor. La voz de Cristo es tan distinta a la voz de los falsos pastores. Es una voz que pacifica el alma, que ilumina la mente, que purifica el corazón y la afectividad, que fortalece la voluntad. Es una voz que nos invita al amor, a la justicia, a la verdad, a la solidaridad, a la pureza y a la paz.

Cristo nos ha hecho partícipe de su tarea de pastor a todos nosotros. Porque pastor es el Papa que apacienta y gobierna toda la Iglesia con el cayado de Cristo. Pastor es el obispo que cuida su diócesis. Pastor es el sacerdote que se desvive por su parroquia. Pastores son los papás de familia que día y noche se ocupan y se preocupan de sus hijos. Pastor es ese gobernante al frente de una nación. Pastor es el maestro de escuela que forma no sólo la mente, sino también el corazón de sus alumnos. Pastor es el jefe de una empresa al cuidado de sus empleados. Pastor es el catequista encargado de la transmisión de la fe. Pastor es el que está al frente de una comunidad o de un movimiento eclesial como servidor humilde.

San Agustín comentando el capítulo 34 de Ezequiel dice: “Si existen buenas ovejas, hay también buenos pastores, porque de las buenas ovejas se hacen los buenos pastores. Pero todos los buenos pastores coinciden en uno, son uno. Cuando ellos apacientan, Cristo apacienta… es él mismo quien apacienta cuando ellos apacientan; el Señor dice: Yo apaciento; porque en ellos está su voz, en ellos está su amor”.

Pero el título de Puerta, Cristo lo ha reservado sólo para Sí, porque es el único mediador entre Dios y los hombres. Una sola es la Puerta de la Salvación: Jesús. “El que entra por mí se salvará”. Entramos por esa puerta el día de nuestro bautismo, formando parte de su Cuerpo Místico, que es la Iglesia. Ciertamente que la misericordia de Dios puede alcanzar a algunos la salvación por caminos ocultos y extraordinarios.

En este domingo recordemos a Dios a los pastores de la Iglesia y a quienes se están formando para ser pastores. Los invito, por tanto, a una oración especial por el Papa, los obispos, por los párrocos, por todos aquellos que tienen responsabilidades en la guía del rebaño de Cristo, para que sean fieles y sabios al desempeñar su ministerio. En particular, recemos por las vocaciones al sacerdocio en esta Jornada mundial de oración por las vocaciones, para que no falten nunca obreros válidos en la mies del Señor.

Nos dirigimos ahora a María, Madre de Cristo, el buen Pastor. Que María santísima, Madre del Buen Pastor, interceda por todos los sacerdotes, sus hijos predilectos, y extienda su amorosa protección a todos los fieles de la Iglesia en Irapuato, en esta Parroquia y en todo el mundo. ¡María, Madre de Jesucristo, sumo y eterno Sacerdote, ruega por nosotros!

 

Homilía III domingo de Pascua

III domingo de Pascua (He 2, 14.22-33; 1 Pe 1, 17-21; Lc 24, 13-35)

Jesús caminaba junto a dos hombres que sólo iban a Emaús.

    Jesús caminaba junto a dos hombres que sólo iban a Emaús.

Hoy, Domingo III de Pascua, continúa la Liturgia en tono de júbilo, porque Cristo ha resucitado. El “Aleluya” sigue resonando como un grito de celebración victoriosa, pues Jesús ha vuelto de la muerte a la Vida, para comunicarnos esa Vida a nosotros. En el Evangelio (Lc. 22, 13-35) vemos el famoso pasaje de un camino, el camino entre Jerusalén y un poblado situado a unos once kilómetros de distancia, llamado Emaús.

Jesús caminaba junto a dos hombres que sólo iban a Emaús. Estos andaban un camino muy corto; Aquél resucitado acababa de comenzar con su vida y con su entrega a la muerte un camino mucho más largo y ambicioso, el camino del hombre, de todo hombre hacia el Reino de Dios. En efecto, en los dos de Emaús estamos representados todos los cristianos.

El mensaje que nos quiere dar este relato es que reconozcamos a Jesús resucitado en nuestra vida, pero sobre todo en la eucaristía: al escuchar la Palabra del resucitado y al partir el Pan; que, al mismo tiempo, implica la misión de anunciarlo a los demás. Esta enseñanza tiene lugar, en un día como hoy, “el primer día de la semana”, Día del Señor, es un día destinado a que los ojos se nos abran después de participar en la escuela de la Palabra y en la fracción del pan: comiendo el pan de la Palabra y el Cuerpo y la Sangre del Resucitado.

Por tanto, las vías de acceso para encontrar de forma viva y personal a Jesús son a) la Palabra. “Les explicó las Escrituras… ¿no ardía nuestro corazón mientras nos hablaba?”, b) la Eucaristía: “Se les abrieron los ojos y lo reconocieron… y contaron cómo le habían reconocido al partir el pan”, c) la comunidad: “Y se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los once con sus compañeros, que les dijeron: es verdad, ha resucitado el Señor”.

Los cristianos tenemos un momento en el que partimos el pan y oímos las Escrituras: es la Misa…; en ella, Jesús se nos hace presente y se nos ofrece como alimento. Finalmente nos levantamos y volvemos al lugar de donde hemos venido, nos disponemos a rehacer el camino, a vivirlo con nueva ilusión, a anunciar a los demás la alegría de haber visto al Señor.

Qué importante es que participemos en plenitud de la Misa para salir con el corazón enardecido, reanimados para vivir la experiencia del encuentro con Jesús durante la semana y hacerla vida propia. Pero esto, a condición que nos encontremos con Cristo en la fracción del pan, alimentados con la Eucaristía…

Por tanto, intentemos seriamente, sacerdotes y laicos, vivir el encuentro semanal con Cristo como algo trascendente para nuestra vida cristiana, como el momento más importante del día, ese momento que deje en cada uno de nosotros, la misma impresión indeleble, que el encuentro con Cristo, dejó en los discípulos de Emaús.

No nos dejemos atrapar por la indiferencia y el pesimismo. Renovemos semanalmente el impulso que nos hace seguir a Jesucristo. Que salgamos con el deseo de contarle a los que no han venido la gran nueva que los de Emaús dieron a los discípulos de Jerusalén: es cierto que Jesucristo ha resucitado. Con esta conciencia de la presencia de Jesús entre nosotros podremos superar el pesimismo y el desaliento, y decirle con el corazón al Divino Caminante: Porque anochece ya, porque es tarde, Dios mío, porque temo perder las huellas del camino, no me dejes tan solo y quédate conmigo. Porque he sido rebelde y he buscado el peligro y escudriñé curioso las cumbres y el abismo, perdóname, Señor, y quédate conmigo. Porque ardo en sed de ti y en hambre de tu trigo, ven, siéntate a mi mesa, bendice el pan y el vino. ¡Qué aprisa cae la tarde! ¡Quédate al fin conmigo!

La compañía de Jesús eucarístico es siempre santificadora; la Eucaristía, por más desolados que estemos, tiene una eficacia insospechada. “Quédate con nosotros, Señor, porque ya es tarde”. Con Jesús eucarístico todo se ilumina, los fantasmas y temores huyen. ¡Es Jesús, pero transfigurado! Jesús quiere que pasemos de una visión materialista a una visión de fe.

Pensemos: ¿por qué a veces nos pasa en la celebración de la Eucaristía dominical que nuestros ojos no se abren para reconocer a Jesús y nuestro corazón no arde cuando escuchamos las Escrituras? ¿Por qué regresamos a casa con el corazón angustiado como cuando vinimos? ¿No será porque no hemos reconocido al Señor en las Escrituras y al partir el pan?

Que María encienda nuestro corazón, de forma que se abran igualmente nuestros ojos, y reconozcamos a Jesús al partir el pan.

 

Modelo A de Homilía Fiesta de la Divina Misericordia: tocar sus llagas

Modelo A de Homilía

II Domingo de Pascua

Fiesta de la Divina Misericordia: tocar sus llagas

Señor de la divina Mesericordía

Señor de la divina Misericordia, en ti confío

En el centro de este domingo, con el que se termina la octava de pascua, y que Juan Pablo II quiso dedicar a la Divina Misericordia, están las llagas gloriosas de Cristo resucitado. Él las enseño por primera vez cuando apaareció a los apoóstoles, la misma tarde del primer día de la semana, el día de la resurrección. Pero Tomás aquella tarde, lo hemos escuchado, no estaba; y, cuando los demás le dijeron que habían visto al Señor, respondió que, mientras no viera y tocara aquellas llagas, no lo creería. Ocho días después, Jesús se apareció de nuevo en el cenáculo, en medio de los discípulos, y Tomás también estaba; se dirigió a él y lo invitó a tocar sus llagas. Y entonces, aquel hombre sincero, aquel hombre acostumbrado a comprobar personalmente las cosas, se arrodilló delante de Jesús y dijo: “Señor mío y Dios mío”.

También nosotros podemos entrar en las llagas de Jesús, podemos tocarlo realmente; y esto ocurre cada vez que recibimos los sacramentos. San Bernardo, en una bella homilía, dice: “A través de estas hendiduras, puedo libar miel silvestre y aceite de rocas de pedernal, es decir, puedo gustar y ver qué bueno es el Señor”.

Es precisamente en las heridas de Jesús que nosotros estamos seguros, ahí se manifiesta el amor inmenso de su corazón. Tomás lo había entendido. San Bernardo se pregunta: ¿En qué puedo poner mi confianza? ¿En mis méritos? Pero “mi único mérito es la misericordia de Dios. No seré pobre en méritos, mientras él no lo sea en misericordia. Y, porque la misericordia del Señor es mucha, muchos son también mis méritos”. Esto es importante: el coraje de confiarme a la misericordia de Jesús, de confiar en su paciencia, de refugiarme siempre en las heridas de su amor.

San Bernardo llega a afirmar: “Y, aunque tengo conciencia de mis muchos pecados, si abundó el pecado, más desbordante fue la gracia”. Tal vez alguno pudiese pensar: mi pecado es tan grande, mi lejanía de Dios es como la del hijo menor de la parábola, mi incredulidad es como la de Tomás; no tengo las agallas para volver, para pensar que Dios pueda acogerme y que me esté esperando precisamente a mí. Pero Dios te espera precisamente a ti, te pide sólo el coraje de regresar a Él (Papa Francisco).

Cuántas veces se oye decir: “Padre, tengo muchos pecados”; y la invitación siempre es esta: “No temas, ve con Él, te está esperando, Él hará todo”. Cuántas propuestas mundanas sentimos a nuestro alrededor. Dejémonos sin embargo aferrar por la propuesta de Dios, la suya es una caricia de amor. Para Dios no somos números, somos importantes, más aún, somos lo más importante que tiene; aun siendo pecadores, somos lo que más le importa.

Adán después del pecado sintió vergüenza, se ve desnudo, siente el peso de lo que ha hecho; y sin embargo Dios no lo abandona: si en ese momento, con el pecado, inicia nuestro exilio de Dios, hay ya una promesa de vuelta, la posibilidad de volver a Él. Dios pregunta enseguida: “Adán, ¿dónde estás?”, lo busca. Jesús quedó desnudo por nosotros, cargó con la vergüenza de Adán, con la desnudez de su pecado para lavar nuestro pecado: sus llagas nos han curado.

Acordémonos de lo que dice san Pablo: ¿De qué me puedo enorgullecer sino de mis debilidades, de mi pobreza? Precisamente sintiendo mi pecado, mirando mi pecado, yo puedo ver y encontrar la misericordia de Dios, su amor, e ir hacia Él para recibir su perdón.

En mi vida personal, he visto muchas veces el rostro misericordioso de Dios, su paciencia; he visto también en muchas personas el coraje de entrar en las llagas de Jesús, diciéndole: Señor estoy aquí, acepta mi pobreza, esconde en tus llagas mi pecado, lávalo con tu sangre. Y he visto siempre que Dios lo ha hecho, ha acogido, consolado, lavado, amado.

Queridos hermanos y hermanas, dejémonos cubrir por la misericordia de Dios; confiemos en su paciencia que siempre nos concede tiempo; tengamos el valor de volver a su casa, de habitar en las heridas de su amor dejando que Él nos ame, de encontrar su misericordia en los sacramentos. Sentiremos su ternura, tan bella, sentiremos su abrazo y seremos también nosotros más capaces de misericordia, de paciencia, de perdón y de amor. La Madre de la Misericordia nos acompañe y nos introduzca en las llagas de su Hijo (Papa Francisco).

 

Modelo B de Homilía Fiesta de la Divina Misericordia

Modelo B de Homilía

II Domingo de Pascua

Fiesta de la Divina Misericordia

“Deseo que la fiesta de la Misericordia sea un recurso y un refugio para todas las almas y sobre todo para los pobres pecadores.

“Deseo que la fiesta de la Misericordia sea un recurso y un refugio para todas las almas y sobre todo para los pobres pecadores.

“La paz con vosotros” (Jn 20, 19). Con este saludo Cristo resucitado se dirige a sus discípulos que todavía estaban asustados por los tristes acontecimientos de la crucifixión y muerte de su Maestro. A este día san Juan Pablo II llamó el domingo de la Misericordia, porque del corazón de Jesús lleno de ternura brotaron estos dones como rayos y reflejos de su Resurrección: la paz, los sacramentos y la última bienaventuranza donde Cristo nos confirma la fe en quienes creemos en Él (segunda lectura) y en quienes sufren las dudas del apóstol Tomás (evangelio).

Jesús nos saluda hoy, al término de la solemne semana pascual, con este deseo de esperanza y de gozo. Nos da su paz, mostrando las señales de su pasión dolorosa. De sus manos traspasadas y de su costado abierto brota el don precioso de la paz y de la divina misericordia para toda la humanidad.

Con la celebración del domingo de la Misericordia concluimos la Octava de Pascua, es decir, de esta semana que la Iglesia nos invitó a considerar como un solo Día: “el Día en el cual actuó el Señor”. El evangelio de hoy nos relata la aparición de Jesús Misericordioso a sus discípulos, el día mismo de su resurrección, en que les derramó y confió el tesoro de su Paz y de sus Sacramentos, y confirmó nuestra fe y la fe de todos los “Tomases” del mundo que están llenos de dudas y con ansias de certezas (evangelio). Esa paz nos llevará después a vivir mejor la Eucaristía, a rezar con más fervor y practicar la caridad con nuestros hermanos (primera lectura).

Cristo Misericordioso y Resucitado nos da su Paz, en hebrero Shalom, que significa un deseo de salud, armonía, paz interior, calma y tranquilidad para aquel o aquellos a quienes está dirigido el saludo. Paz como bienestar entre las personas, las naciones, y entre Dios y el hombre. Los apóstoles la habían perdido, después de la muerte de Cristo en el Calvario. Estaban realmente con la paz, la fe y la esperanza quebradas.

Esa oscura turbación de los discípulos se ve disipada por la luz de la victoria del Señor, que llena sus corazones de serenidad y de alegría. San Agustín definía la paz como “la tranquilidad del orden”. Y puesto que hay un doble orden, el imperfecto de la tierra y el acabado del cielo, hay también una doble paz: la de la peregrinación y la de la patria. La insistencia de esta palabra “paz” en el Canon Romano de la misa es clara: la Iglesia ha recibido la misión de extender hasta los confines del mundo la paz de Cristo Resucitado y Misericordioso.

Cristo ya nos había regalado el Jueves Santo el sacramento de la Eucaristía. Ahora, de su corazón misericordioso saca este otro tesoro: el sacramento de la Reconciliación. Cristo envía a sus apóstoles con la misión de prolongar la suya propia: perdonar los pecados. La paz con Dios y con nuestros hermanos, don primero que comentamos, se perdió por culpa del pecado. Con el sacramento de la Reconciliación recuperamos esa paz que rompimos con el pecado.

La Iglesia, después de la Resurrección de Cristo, es el instrumento mediante el cual el Señor va reduciendo todo bajo la soberanía de su reinado, el instrumento por el que se comunica la gracia divina, cuyo cauce ordinario son los sacramentos, ordenados a la reconciliación de los hombres con Dios, mediante la conversión.

Otro de los regalos de la Resurrección de Jesús fue la confirmación de nuestra fe. La fe en la resurrección de Cristo es la verdad fundamental de nuestra salvación. “Si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación y vana también vuestra fe…Todavía estáis en vuestros pecados”, dirá san Pablo. A la luz de la Resurrección cobran luminosidad todos los misterios que Dios nos ha revelado y confiado.

También estamos preparándonos a la Fiesta de Nuestra Señora de la Soledad, que no es algo añadido a estos misterios de la misericordia divina y de la canonización de Juan Pablo II y del Papa Juan XXIII, sino que María tiene mucho qué decirnos sobre, porque ¿quién conoce más profundamente que María, la Madre del Crucificado y Resucitado, el misterio de la misericordia divina? María conoce su precio, su grandeza y su valor. Por esa razón, la “llamamos también Madre de la misericordia: Virgen de la misericordia o Madre de la divina misericordia”.

¡Oh María, Madre de misericordia!, Señora nuestra, de la soledad profunda y del llanto sin consuelo…. Tú conoces como nadie el corazón de tu divino Hijo. Inspíranos con respecto a Jesús la confianza filial que vivieron los santos Juan Pablo II Y Juan XXIII, la confianza que animó a la beata Faustina Kowalska, gran apóstol de la misericordia divina en nuestro tiempo.

Mira con amor nuestra miseria; arráncanos, oh Madre, de las contrastantes tentaciones de la autosuficiencia, del abatimiento, del egoísmo y de la tibieza espiritual y apostólica, y alcánzanos la abundancia de la misericordia que nos salva.

 

 

Homilía II Domingo de Pascua Fiesta de la Divina Misericordia

II Domingo de Pascua

Fiesta de la Divina Misericordia: tocar sus llagas

podemos entrar en las llagas de Jesús, podemos tocarlo realmente; y esto ocurre cada vez que recibimos los sacramentos.

…podemos entrar en las llagas de Jesús, podemos tocarlo realmente; y esto ocurre cada vez que recibimos los sacramentos.

En el centro de este domingo, con el que se termina la octava de pascua, y que Juan Pablo II quiso dedicar a la Divina Misericordia, están las llagas gloriosas de Cristo resucitado. Él las enseño por primera vez cuando apareció a los apóstoles, la misma tarde del primer día de la semana, el día de la resurrección. Pero Tomás aquella tarde, lo hemos escuchado, no estaba; y, cuando los demás le dijeron que habían visto al Señor, respondió que, mientras no viera y tocara aquellas llagas, no lo creería. Ocho días después, Jesús se apareció de nuevo en el cenáculo, en medio de los discípulos, y Tomás también estaba; se dirigió a él y lo invitó a tocar sus llagas. Y entonces, aquel hombre sincero, aquel hombre acostumbrado a comprobar personalmente las cosas, se arrodilló delante de Jesús y dijo: “Señor mío y Dios mío”.

También nosotros podemos entrar en las llagas de Jesús, podemos tocarlo realmente; y esto ocurre cada vez que recibimos los sacramentos. San Bernardo, en una bella homilía, dice: “A través de estas hendiduras, puedo libar miel silvestre y aceite de rocas de pedernal, es decir, puedo gustar y ver qué bueno es el Señor”.

Es precisamente en las heridas de Jesús que nosotros estamos seguros, ahí se manifiesta el amor inmenso de su corazón. Tomás lo había entendido. San Bernardo se pregunta: ¿En qué puedo poner mi confianza? ¿En mis méritos? Pero “mi único mérito es la misericordia de Dios. No seré pobre en méritos, mientras él no lo sea en misericordia. Y, porque la misericordia del Señor es mucha, muchos son también mis méritos”. Esto es importante: el coraje de confiarme a la misericordia de Jesús, de confiar en su paciencia, de refugiarme siempre en las heridas de su amor.

San Bernardo llega a afirmar: “Y, aunque tengo conciencia de mis muchos pecados, si abundó el pecado, más desbordante fue la gracia”. Tal vez alguno pudiese pensar: mi pecado es tan grande, mi lejanía de Dios es como la del hijo menor de la parábola, mi incredulidad es como la de Tomás; no tengo las agallas para volver, para pensar que Dios pueda acogerme y que me esté esperando precisamente a mí. Pero Dios te espera precisamente a ti, te pide sólo el coraje de regresar a Él (Papa Francisco).

Cuántas veces se oye decir: “Padre, tengo muchos pecados”; y la invitación siempre es esta: “No temas, ve con Él, te está esperando, Él hará todo”. Cuántas propuestas mundanas sentimos a nuestro alrededor. Dejémonos sin embargo aferrar por la propuesta de Dios, la suya es una caricia de amor. Para Dios no somos números, somos importantes, más aún, somos lo más importante que tiene; aun siendo pecadores, somos lo que más le importa.

Adán después del pecado sintió vergüenza, se ve desnudo, siente el peso de lo que ha hecho; y sin embargo Dios no lo abandona: si en ese momento, con el pecado, inicia nuestro exilio de Dios, hay ya una promesa de vuelta, la posibilidad de volver a Él. Dios pregunta enseguida: “Adán, ¿dónde estás?”, lo busca. Jesús quedó desnudo por nosotros, cargó con la vergüenza de Adán, con la desnudez de su pecado para lavar nuestro pecado: sus llagas nos han curado.

Acordémonos de lo que dice san Pablo: ¿De qué me puedo enorgullecer sino de mis debilidades, de mi pobreza? Precisamente sintiendo mi pecado, mirando mi pecado, yo puedo ver y encontrar la misericordia de Dios, su amor, e ir hacia Él para recibir su perdón.

En mi vida personal, he visto muchas veces el rostro misericordioso de Dios, su paciencia; he visto también en muchas personas el coraje de entrar en las llagas de Jesús, diciéndole: Señor estoy aquí, acepta mi pobreza, esconde en tus llagas mi pecado, lávalo con tu sangre. Y he visto siempre que Dios lo ha hecho, ha acogido, consolado, lavado, amado.

Queridos hermanos y hermanas, dejémonos cubrir por la misericordia de Dios; confiemos en su paciencia que siempre nos concede tiempo; tengamos el valor de volver a su casa, de habitar en las heridas de su amor dejando que Él nos ame, de encontrar su misericordia en los sacramentos. Sentiremos su ternura, tan bella, sentiremos su abrazo y seremos también nosotros más capaces de misericordia, de paciencia, de perdón y de amor. La Madre de la Misericordia nos acompañe y nos introduzca en las llagas de su Hijo (Papa Francisco).